Ella dice que él está dando una versión inexacta de la realidad y que el impacto de su mensaje es enorme. Él cree que su punto de vista es el correcto, que puede hacer todo lo que la libertad de expresión le permite y que en tal caso es ella la que no está haciendo lo suficiente. Ella admite problemas -que él rápidamente refrenda-, pero agrega que la influencia de él empeora las cosas. Entonces ella le pregunta si sabe que hay mucha gente que lo detesta y él dice que sí, que no le importa, pero que es a ella a quien la gente odia y que ella ni siquiera lo sabe.

Fotograma de la entrevista de The Economist / Distribución libre vía YouTube
La escena dio vuelta al mundo desde su publicación, el 23 de julio último, pero además de su valor periodístico, si alguien hubiera querido representar metafóricamente el duelo entre dos culturas que conviven hoy en la comunicación no podría haberlo diseñado mejor. En ese teatro, él sería las redes sociales, los nuevos medios y lo personificaría alguien grande, que viste de negro, que se sienta erguido y tiene un tono de voz poco natural. Ella debería contrastar. Podría ser enjuta, de modos suaves y usar ropa de colores claros. Con actitud entre relajada y defensiva, se echaría para atrás sobre el respaldo de un sillón.
Presentemos a los actores.
El es Elon Musk, el hombre más rico del mundo y dueño de la red social X, entre otras tantas compañías. Difícilmente haya alguien que no sepa quién es. La empresa de comunicación es sólo una pequeña parte de su negocio, pero será el foco en la escena que traeremos a colación.
Ella es Zanny Minton- Beddoes y, a pesar de ser una de las mujeres más influyentes del planeta según Forbes, podría caminar por la calle sin que la mayoría la reconociera. Desde hace once años es la jefa de redacción de la revista británica The Economist, que en sus 180 años de existencia ha forjado su reputación de quintaesencia del periodismo tradicional. Minton-Beddoes dirige una redacción de 75 periodistas distribuidos por todo el mundo y, a pesar de que la revista mantiene la tradición de que los artículos salgan sin firma, son lectura obligada en los círculos informados. Un famoso aviso de los ‘90 mostraba a un pasajero de avión que lamentaba no haber leído el último número la revista cuando Henry Kissinger, el ex secretario de Estado de los Estados Unidos, se sentó a su lado. No sabría de qué hablar. Años más tarde, los publicitarios recrearon la escena en una nueva versión: un ascensor en el que un joven quedaba a solas con el entonces CEO de Google Eric Schmidt. Qué mejor ejemplo de cómo se fue corriendo el eje del poder.
X tiene 580 millones de usuarios. The Economist tiene un millón trescientos mil suscriptores. Pero Musk lee The Economist (en la escena de marras se sorprende cuando su contraparte le habla de un artículo que él no ha visto) y Minton- Beddoes le reconoce que es clienta del servicio de satélites Starlink (él le agradece automáticamente) y le hace varias referencias a sus empresas, con conocimiento y respeto. Claramente saben mucho uno del otro y se puede inferir que en cierta manera se temen y se admiran, aunque por razones muy diferentes.
Más detalles: hay micrófonos dicen The Economist, que es el medio representado por quien pregunta, pero el entorno es un oscuro galpón con autos, como sombras que observan la escena. Y los autos son Tesla, otra empresa de Musk.
Traemos un fragmento del duelo como anzuelo. Pero vale la pena ver la entrevista completa hasta ese final donde, anticipamos, luego de una hora veinticinco minutos él admitirá que no se aburrió y ella consentirá. Como dos contendientes profesionales.
ZMB: Con sus 240 millones de seguidores, usted tiene un poder en Europa de cuya magnitud e impacto creo que quizás no se da cuenta.
EM: Espero tener un gran impacto.
ZMB: ¿Por qué? ¿Por qué debería poder moldear la política europea? Ni siquiera vive allí.
EM: Yo lo pienso como algo colectivo, de Occidente.
ZMB: Pero, ¿ve por qué esto hace que la gente piense que este hombre, que tiene todo este poder, que es el más rico del mundo, cree que tiene derecho a influir en nuestra política? Empezamos esta conversación hablando de superlativos: es por eso que la gente lo detesta. Quiero decirle: hay gente que lo detesta.
EM: Sí, hay gente que sí.
ZMB: ¿Entiende por qué? ¿Cree que lo que está haciendo es útil para la democracia occidental?
EM: Quizás hay gente que me detesta. Probablemente sea cierto. No me importa. Pero el hecho de que, como señaló, 240 millones de personas me sigan, creo que significa que hay mucha más gente que me quiere que la que no. Y creo que mucha más gente de la que usted se da cuenta la detesta a usted y a los medios. ¿Sabía que los medios son despreciados? ¿Sabía que la visión favorable sobre los periodistas es como del 15%? El zapato está en el otro pie. La odian a usted. La odian mucho más de lo que me odian a mí.
ZMB: Creo que ciertamente hay una pérdida de confianza en el periodismo. Creo que en parte ha habido errores de los periodistas y del periodismo. Lo reconozco totalmente. Pero también creo que el tipo de ambiente polarizado, particularmente en las redes sociales, fomentado por el tipo de cosas que está impulsando en X, en realidad empeora esto.
EM: No lo creo, creo que usted es el problema. Hablando de odio, a usted la detestan mucho más de lo que me detestan a mí y ni siquiera parece darse cuenta de eso.
ZMB: Creo que muy poca gente sabe quién soy. No estoy el mismo juego.
EM: Hablo de usted, de todos los medios, colectivamente…


