Mónica Gutierrez / Redes sociales

Pocos periodistas de la televisión son tan respetados como Mónica Gutiérrez. Ese respeto se lo ganó a fuerza de inteligencia, de profesionalismo… y de carácter.

Supo ser fiel a las ideas que abrazó desde chica: que quería ser periodista, que lo sería a pesar de los pesares y que prefería renunciar a cualquier empleo, por bueno que fuera, antes que resignarse a admitir cosas que le parecían inadmisibles.

El portazo más espectacular de Mónica Gutiérrez, el que todos recuerdan, fue el que pegó en cámara, al aire, en vivo y en directo, en el programa periodístico de más rating que tuvo el canal estatal en toda su historia. Fue un portazo muy comentado, porque ella lo dio con gran estilo.

Recién comenzaba la democracia. Era 1987. La televisión pública se llamaba entonces Argentina Televisora Color, ATC, y en el ciclo “20 mujeres” se venían tocando temas de los que no se hablaba mucho en público todavía. Había una tribuna con veinte mujeres de diferente edad y extracción social -amas de casa, estudiantes, psicólogas, abogadas, empleadas-, y los invitados desfilaban ante ellas y contestaban sus preguntas.

“Lo conducíamos Fernando Bravo –cuenta Mónica hoy, a sus 71 años -. Yo hacía los temas políticos y Fernando los temas de sociedad y calidad de vida. Esto surgía de modo natural y nadie se peleaba por eso. El programa fue muy exitoso, porque se empezó a hablar de asuntos que eran muy tabú hasta ahí: sexualidad, las mujeres golpeadas, mucha temática nueva. Desde 1986, iba todas las tardes, pero a la mitad de la siguiente temporada a Fernando lo llaman para llevárselo al Canal 13, donde le ofrecían hacer ‘Con ustedes’, un programa parecido al nuestro.”

Hubo que buscar nuevo conductor y la producción, encabezada por Julio Moyano, eligió a Daniel Mendoza. “Me cuesta encontrar la palabra, pero trabajar con él no era fácil”, dice Mónica. Mendoza se suicidaría cinco años después, el 17 de agosto de 1992, a los 48 años. Su apellido paterno era Ruiz, pero había adoptado el de su padrastro, el actor Alberto de Mendoza, inolvidable para cualquier cinéfilo por su papel en “El jefe”, la película que dirigió Fernando Ayala.

“Por un lado, era súper inteligente, súper formado. Era súper exitoso. Era súper todo y estaba un poco perdido, creo que también por la droga. Tenía un montón de conflictos personales que lo tornaban agresivo por momentos. Era todo lo contrario de Fernando Bravo. Yo lo respetaba, porque era muy inteligente. Cuando vinieron a decirme que él iba a ser el conductor, dije: ‘Bueno, chicos, yo me voy a ahorrar esta experiencia, porque no tengo ganas de trabajar con Daniel. No va a andar, no va a andar…” Yo no tenía ganas de pasarla mal. Ya la había pasado mal con Daniel un par de veces, porque te salía con cada cosa… Era un viernes. Yo dije: busquen a otro o busquen a otra. Yo el lunes no arranco con Daniel. No arranco…

“Ese fin de semana fue una presión tras otra. De Daniel, del canal, de esto y de lo otro. Al final, me llamaron y me dijeron: ‘Bueno, el lunes vení a conducir, vamos a buscar a otro para que te acompañe.’ Okay. El lunes fui a conducir sola, porque Fernando ya se había ido. Pasó el primer bloque, pasó el segundo bloque, pasó el tercer bloque. En la última pausa del programa, antes de la despedida, cuando estoy volviendo del corte, se abre la puerta del estudio y entran el director del canal, el gerente de programación, abogados, fotógrafos, el productor… y Daniel. Se me acerca el productor, que era Gerardo Mariani, que ya murió, y me dice: ‘Moniquita, ahora presentalo a Daniel, que desde mañana…’

“Y ahí saltó la verdadera Moniquita. Yo estaba controlando el reloj, para llegar al último segundo, y cuando me lo traen a Daniel digo: ‘¡Ay, qué lindo, Daniel, qué bien, te sumás a este espacio tan exitoso. Yo te deseo toda la suerte del mundo. Te estoy dejando un programa maravilloso. Espero que lo puedas cuidar, que lo puedas conservar y que puedas halagar a toda nuestra audiencia con…’ No sé qué, no sé cuánto. Me di vuelta y me fui.

“Me corrieron por el pasillo hasta el camarín, que estaba en el fondo. Me gritaban: ‘¿Qué hacés, qué hiciste?’ Como yo además estaba en el noticiero de ATC, no era que me quedara del todo sin trabajo. Dejar eso para mí era muy fuerte, pero no lo sufrí. No sé cómo, pero, no lo sufrí. Me acuerdo de que Mariani me dijo: ‘Nunca pensé que serías capaz de abandonar tanta pantalla y tanta plata’.”

Mónica Gutiérrez es rosarina. Cuando terminó el secundario y le dijo a su mamá que iba a ser periodista, ella le contestó: “Muy bien, muy bien, pero ¿qué vas a estudiar?” Y le volvió a preguntar lo mismo cuando le dijo que en la Universidad Católica de Rosario había una carrera de Comunicación Social. No era suficiente. Todo bien, hacé esa carrera, pero ¿qué vas a estudiar?

“Mis padres fueron una pareja muy atípica. Mi madre tenía tres títulos universitarios y mi papá solo había terminado la primaria. Él era muy amoroso, dulce y honesto. Mamá, en cambio, era la del mandato. Me decía: nada de casarte y que te metan adentro de una casa. Vos tenés que formarte y encontrar tu lugar en el mundo.”

Así que para contentarla Moniquita eligió Derecho entre las humanísticas consolidadas de ese momento. Cursó en la Universidad Nacional de su ciudad las materias que sentía que le iban a servir cuando se hiciera periodista: derecho público, derecho penal, derecho constitucional. Y al mismo tiempo se anotó en Comunicación en la Católica. En los turbulentos años 70 participó de sentadas callejeras para que incluyeran Comunicación Social en la currícula de la universidad estatal, y lo consiguió. En 1975 consiguió su primer trabajo de periodista.

¿Nunca dudaste? ¿Siempre tuviste claro lo que querías ser?
Sí, sí, ya desde los 12 años yo decía que quería ser periodista. En séptimo grado era la directora del diario del colegio. Lo hacíamos con una máquina de escribir y papel carbónico. En la secundaria, yo era la que hacía los audiovisuales, con diapositivas y recortes de fotos color. Hacer esos montajes me encantaba. Me daba mucha adrenalina ver los noticieros cuando Mónica (Mihanovich, luego Cahen D’Anvers) y Andrés (Percivale) hacían “Telenoche”. Lo que me atraía era ver que alguien estaba transmitiendo lo que pasaba. Ese vértigo me resultaba excitante, burbujeante. Yo no empecé esta carrera para cambiar el mundo ni porque pensara que los periodistas estamos acá para cumplir una misión de nada. Para mí era un juego maravilloso.”

A los 19 años, la emplearon en el Canal 5. La televisión todavía era en blanco y negro y a los que aparecían en cámara los maquillaban con verde y rojo: verde para sombras y cejas y rojo para suavizar arrugas y manchas de la piel. “Yo estaba allí sentada y en un momento escucho que alguien grita: ‘Uy, uy, uy!’ Todos salieron al pasillo. Había llegado Moria Casán y todos corrían para verla.”

Mónica también corría. De una facultad a otra, y de ellas al canal, donde participaba en un magazine que se llamaba “La botica del 5”. Le habían asignado una pequeña nota diaria en vivo, subrayando con toda intención la palabra “pequeña”. Un día vinieron legisladores para hablar de la ley de alquileres, justo el tema que Mónica estaba estudiando en Derecho. El productor le dio instrucciones: “Vos los presentás y que ellos hablen solos. Tenés tres minutos, no estamos para mucha otra cosa”.

Pero ella los ametralló con preguntas y el productor le dijo que no había entendido nada y que en consecuencia desde mañana pasaría a hacer el micro de moda.

“Y yo le digo: ‘No, no creo que me salga bien el micro de moda’.» Y él dice: ‘Es así. Desde mañana, micro de moda’. Y yo le digo: ‘Bueno, no me esperes mañana’. Yo había cumplido los 20 años en marzo y es el día de hoy y todavía me acuerdo de que cuando salí a la calle vi que el Monumento a la Bandera estaba dando vueltas alrededor mío…”

Cuando el monumento dejó de girar, ella había conseguido trabajo de columnista en una radio. Tempranísimo: de seis a siete de la mañana. Un día, al terminar, vio que el cantautor pampeano Alberto Cortez –entonces tan famoso como Serrat- iba a hacer un show en Rosario y daba una conferencia de prensa en un hotel del centro.

“Entonces, yo agarré mi grabador y me eyecté a hacerle una nota. De atrevida, porque no tenía por dónde pasarla. Me senté al lado de él, lo llené de preguntas y manejé la conferencia. Justo en ese momento entraba por el pasillo central Osvaldo García Conde, el gerente de programación del 3, el otro canal rosarino. Me vio, le gusté y me dijo que fuera a verlo. Fui al día siguiente y me ofreció conducir un programa en lugar de la periodista Martha Perin, que se iba con su novio de viaje.”

Para grabar la entrevista con Cortez, García Conde había llevado la primera videocasetera VHS que llegaba a Rosario. Ese aparato cambió la historia de la TV. Reemplazó al auricón, que era una cámara de cine con película de cine que había que editar después en moviola a las apuradas antes de mandar la nota al aire.

“Yo soy muy tech. La tecnología marcó toda mi trayectoria. Por ahí si trabajaste en un diario no fue tan fuerte el cambio tecnológico como en aquellos años en la televisión”, dice Mónica. Ya con su “máquina de mirar”, hizo por el 3, con Nacho Suriani, el exitoso “Telefamilia”. “En aquellos años muchos de los que conducíamos, por no decir todos, salíamos a hacer notas. Estábamos buena parte del día en la calle con la con la videocasetera. Volvíamos al canal y editábamos. Hacíamos todo. Y después salíamos al aire para presentar la información. Eso te fogueaba mucho, porque vos en la universidad aprendías teoría de la comunicación, estudiabas con los libros del sociólogo Eliseo Verón y del lingüista Ferdinand de Saussure, pero a la hora de salir al aire tenías que salir y… ¡que Dios te amparara!”

Cuando vino a Buenos Aires, Mónica entró en el noticiero de ATC. También trabajó en muchas radios: Belgrano, El Mundo, Rivadavia con Héctor Larrea, Del Plata con José Ignacio López antes de que fuera el vocero de Alfonsín. “Ya era un periodista increíble”, dice. Cubrió, desde la calle o como conductora en estudios, episodios paradigmáticos en los primeros años de la era democrática.

“En el juicio a las juntas militares no se podía transmitir en vivo. Se dispuso que no, por muchos motivos. Los testimonios eran demasiado fuertes, demasiado revulsivos, y ponerlos al aire durante todo el día podría haber generado reacciones políticas y militares. Entonces, a mí me tocó ir a presenciar las audiencias. Iba todos los días a la sala y preparaba un compacto, un resumen personal de lo ocurrido. Era de verdad muy intenso. Yo trataba de ser lo más fiel y objetiva posible, pero no podía evitar que se filtraran también mis sensaciones y opiniones.”

Después vinieron las asonadas militares de Rico y Seineldín, comenzando por la Semana Santa de 1987. “Esos años fueron muy duros para los periodistas. Fue una época de amenazas, de intimidaciones. No era un presidente puteando a los periodistas, como ahora. Eran mensajes que tiraban por debajo de la puerta de tu casa. Eran seguimientos, era la mano de obra desocupada. El gobierno de Alfonsín recibió una lista de personas que estas fuerzas de resistencia militar que se expresaban a través de los carapintadas habían condenado a muerte. Yo figuraba entre los periodistas, junto con los miembros de la Conadep, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, y algunos jueces. Para serles franca, esto no me conmovía.

¿No tenías miedo?
No, no tenía miedo, por una cuestión fundamental: todavía no tenía hijos ni nadie que dependiera de mí. Tenía una edad en la que descubrir la vida en democracia había sido maravilloso, y tenía la adrenalina que te da esta profesión.

Hubo un debate entre los periodistas: ¿darles o no micrófonos a los carapintadas? “La esencia de nuestra profesión, a la que yo adhiero, es que tenemos que entrevistar hasta a la última de las basuras, al último de los asesinos. Pero esto se podía llevar puesta a la democracia. Yo estaba en el canal oficial, pero era un sentimiento compartido por muchos periodistas de medios privados: no había que darles espacio a los carapintadas, porque nuestra consigna era consolidar la democracia, no ponerla en riesgo.”

Esa Semana Santa, Mónica y su compañero en ATC vivieron atrincherados en el canal. Ese compañero era Carlos Campolongo, que había trabajado en la campaña de Ítalo Luder, el rival de Alfonsín. Ella lo propuso, sabiendo, por supuesto, que era del partido opositor, y los oficialistas lo aceptaron. “Nos pasábamos consignas: por dónde escapar, no olvidar nunca el pasaporte, tener algo de ropa a mano, por las dudas, ese tipo de cosas. Los del Gobierno nos llamaban para averiguar qué sabíamos. El domingo, yo estaba en pantalla cuando Alfonsín volvió de Campo de Mayo y dijo Felices Pascuas. Yo lloraba como una loca, y si lo veo ahora me largo a llorar de nuevo. Obviamente también sabía que algo se había entregado. No es que fuera inocente y me creyera lo de que la casa está en orden. La casa no estaba en orden y a partir del día siguiente toda esa primavera alfonsinista se fue nublando.”

Aunque ella dice que la grieta más cruel, la grieta fuerte, comenzó mucho después, en 2008, con el conflicto entre Néstor y Cristina Kirchner por el aumento de las retenciones al campo, ya había algún indicio de lo que vendría cuando se produjo la transición de 1989. Alfonsín se fue antes de tiempo y asumió Carlos Menem. Mónica (y también Campolongo) perdieron el empleo.

“Un día antes del recambio presidencial, llegó Emilio Giménez Zapiola, que era un tipo de la televisión, pero que venía con el peronismo. Nos convocó y me dijo: ‘Bueno, desde mañana no sos más conductora del noticiero. Sos cronista de calle’.”

Como era de esperar, Mónica pegó otro portazo: “Mirá, no -le contesté-. Yo me voy a casa. Piénsenlo. Si ustedes quieren, me pueden despedir, pero no me van a degradar”.

¿Cuándo comenzaste a sentir el efecto grieta en la televisión?
Podría citar un momento preciso: 12 de marzo de 2008. Yo trabajaba ya en el noticiero de América. Me llama una de las productoras y me dice: “Mónica, están cortando la ruta, en Entre Ríos”. Yo encendí la tele, vi lo que estaba pasando y le dije: “Anita, esto es un punto de inflexión que va a cambiar toda la historia”. No sé, me salió de adentro. Volví a Buenos Aires y empezó el conflicto, que duró varios meses. Después vi la misma grieta en Venezuela cuando me mandaron a cubrir el ataque chavista contra Globovisión. Ahí empezó la escalada. No había modo de ser objetivos. Decían: “O estás con nosotros o sos la nada”. Y Néstor Kirchner nos decía: “¿Y a vos quién te manda?”

¿Qué dirías de tu relación con los funcionarios kirchneristas?
Había algunos con los que se podía hablar y hasta generar buenas condiciones de relación. Para mí era una fuente Alberto Fernández cuando era jefe de gabinete. Yo lo iba a ver a la Casa de Gobierno. Hablaba mucho con él. Pero se fue poco después, agotado por todo. A mí me gustaba generar debates en mis programas, pero llegó un punto en que ya no se podía debatir, porque solo te venían los de uno de los dos bandos. No te venían más los kirchneristas. Empezó una escena que hoy está recontra consolidada, que es que algunos van a unos medios y otros a otros. Algunos van a C5N y otros van a La Nación+.

¿Se parecía a lo que pasa ahora con el mileísmo?
Néstor y Cristina no decían “no odiamos lo suficiente a los periodistas”. Nos odiaban, lisa y llanamente. Y no desde el 2008: desde el primer día, aunque de a ratos lo disimulaban. En el 2006 fui a cubrir la tercera visita presidencial de Néstor a España, y a los periodistas no nos daban la agenda del Presidente. No sabíamos dónde iba, si tenía reunión, si no tenía reunión, si iba a ir o no a la Moncloa. Néstor y Cristina estaban en el Palacio del Pardo y el Corcho, Alfredo Scoccimarro, que era el coordinador de los periodistas en el viaje, nos mandó a la puerta de atrás cuando todos los que venían a las reuniones entraban por la de adelante. Uno de nosotros dijo: “No, chicos, nos vamos de acá. Basta”. Hasta los del Canal 7 se fueron. Yo lo llamé a Scoccimarro y le dije: “Mirá, Corcho, nos vamos, bancatelá. No podemos estar acá perdiendo el tiempo.” Nos tuvo que correr para pedirnos que volviéramos.

Cuando cumplió 38 años, Mónica comenzó a pensar en formar una familia. Conoció al arquitecto y empresario Alejandro Gawiansky. Dijo: es ahora o nunca y tuvo tres hijos: la primera, Greta, a los 39 años. La segunda, Azul, a los 40 y el tercero, Ian, a los 43. El de Greta fue un embarazo de riesgo.

«El año antes de que ella naciera, yo había firmado un contrato con Radio del Plata para hacer un programa de cuatro horas. Después de haber firmado me dijeron que lo iba a hacer con el periodista rosarino Quique Pessoa. Hicimos la primera reunión de preproducción en su casa. Nos miramos, hablamos, intercambiamos dos o tres cosas y me fui con el feeling de que no iba a ser fácil. Le dije: ‘Nosotros dos no podemos trabajar juntos. Yo no voy a trabajar con vos, porque no tengo ganas y porque sé que no la vamos a pasar bien. No voy a venir cuatro horas acá para pasarla mal.’ A mí no me da lo mismo trabajar con cualquiera. Es una cuestión de piel. Es obvio que la piel tiene que ver con alguien con quien compartís o no valores. Él y yo sentíamos lo mismo. Fue un matrimonio que no se hizo por común acuerdo.”

“¡No puede ser!” El director de la radio, Alberto Veiga, se agarraba la cabeza. Lo pensó, la llamó a Mónica y le dijo que conduciera el programa ella sola. Ella volvió a negarse. “Mi idea no ha sido desplazar a nadie”, le dijo. “No, no, sos vos, tenés que ser vos”, insistió Veiga. Entonces aceptó, pero a los pocos días comenzó a tener pérdidas de sangre, supo que el embarazo corría riesgo y renunció de nuevo. “¿Por qué no rompemos este contrato? Es mi última oportunidad de intentar un hijo”, le dijo. Y él contestó: “Imposible. El programa ya está vendido con tu nombre”. Le mandó los equipos a la casa para que hiciera el programa desde allí. “Sentada. Iba de la cama al living. Trataba de caminar lo menos posible. Venía Joaquín Morales Solá e iban pasando él y los otros columnistas durante cuatro horas. Para colmo, en la mitad del embarazo mi mamá se enfermó de cáncer y se murió, en Rosario.”

¿Y Greta nació bien?
Sí. Yo tengo mucha disciplina. Soy un milico. Me tomaba la presión en todos los cortes comerciales. El 7 de septiembre de 1994 a la mañana estaba entrevistando a Chacho Álvarez y a Jorge Domínguez en el último tramo del programa. Cuando me tomé la presión, tenía 14-9. Lo llamé al médico, que era muy amigo, y le dije: “Mira, me está pasando que tengo 14-9. ¿Qué hacemos con esto?” Y me dice: “Vos seguí haciendo el programa”. Estoy en eso y de pronto veo que se abre la puerta. Entra Alejandro, pasa al cuarto, se queda un rato y a las 12:30 lo veo salir con un bolso. Termino el programa a las 13. Suena el teléfono. Era el médico, y me dice: “Ahora pedí un remise y andá vas a la clínica. Ya conseguí quirófano.» Greta nació a las cuatro de la tarde. Nació bien, sí. Y los otros dos fueron embarazos fabulosos.

Vos tenés un estilo muy personal que no ha mutado con los años. ¿Fue decisión premeditada, o alguien te enseñó a actuar así?
No, mi estilo no me lo generó nadie. Mi estilo soy yo. Yo soy la misma persona en cámara que fuera de cámara. Lejos de que alguien me haya diseñado, yo aborté todos los pretendidos diseños. Al principio de mi carrera me decían que me tiñera de rubio y que no hiciera tanto despliegue de palabras. “Ahorrate vocabulario. Apuntamos a una audiencia muy masiva, simplificada”, me decían. No soy de hablar difícil, pero sí tengo mucho vocabulario. ¿Qué querían que hiciera?

¿Cuántas otras veces dijiste que no?
Desde que dejé de hacer el noticiero diario en América, me han hecho las propuestas más insólitas que se les ocurran, como estar en MasterChef…

¿Sabes cocinar?
No, ni me interesa. Yo cocino acá, en casa. No voy a ir a cocinar en la televisión. También me han invitado a todo tipo de programas de entretenimiento, de reality shows. De todo. Hasta aparecer disfrazada para bailar en una edición con famosos en el programa de Marcelo Tinelli. Yo tenía que haber bailado con Miguel Ángel Cherutti. ¡No, no, no!

¿En 2019 te fuiste de América TV porque estabas en desacuerdo con la línea política de sus dueños, el grupo Vila-Manzano?
Posiblemente. Lo cierto es que venía el apoyo a un proyecto del cual yo no quería ser la cara visible. En América estuve 22 años conduciendo el noticiero, y también me fui sin un peso. Siempre fue difícil América, pero no existe un lugar en el que todo sea color de rosa.

Durante la pandemia, en 2020, Mónica trabajó de enero a marzo conduciendo un programa sobre casos policiales que se llamó “Crónicas de la  tarde”, en Canal 13. “La verdad, la pasé muy mal, muy mal, porque la tele abierta es una presión brutal. Si había presión en América, ahí era estar dentro de una multiprocesadora. Ojo: la gente me trató de maravillas. Los de Mandarina, que era la productora, fueron un amor conmigo, pero la presión del rating era bestial.”

¿Te sentís cómoda con los nuevos formatos periodísticos?
No, no siempre me siento cómoda, pero los exploro. Hablo de los formatos periodísticos, nada más. No voy a programa de entretenimiento, ni a cocinar, ni a jugar juegos de competencia. No, porque tengo un enorme aprecio por el tiempo personal mío. Tiempo es lo único que tenemos, ¿no?

¿Y cómo ves el periodismo que se hace hoy en la televisión?
Creo que la tele está corriendo dentro de los ritmos de este ecosistema digital. Las audiencias están tan polarizadas como las conducciones y las producciones. Les exigen a los conductores que sigan una línea. Si estás en un canal que expresa a la derecha o al libertarianismo, tu audiencia no quiere que lleves a Axel Kiciloff ni a Miriam Bregman. Y si los llevás, los tenés que destrozar. Y si no tu audiencia se enoja. Los medios convencionales empiezan a fundirse con las redes. Y es interesante que eso ocurra, pero en la transición hay una confusión enorme, donde la gente no logra discriminar lo verdadero de lo falso. Va a ser cada vez más difícil discriminar lo verdadero de lo falso. Incluso para los periodistas.

¿Ves alguna salida?
Lo único que nos puede salvar es el espíritu crítico. Eso que deberíamos tener siempre, que es la duda. Dudar de todo, cruzar la información con lo que dicen otros medios. Por eso me parece que hay que reivindicar la figura del periodista profesional. Porque es cierto que hay mucha corrupción en el oficio y que hay mucha gente que monta operetas. Pero también es cierto que sin apuntalar un periodismo profesional se pierden todos los marcos de referencia. La democracia pierde su sostén si no tenemos medios que sigan siendo creíbles. Y, como la televisión, los medios gráficos también han caído en una noche bastante oscura. Están muy condicionados por los likes, por el click bite. Eso cada vez se va a complicar más porque las mediciones permiten incluso saber hasta qué párrafo se leyó un determinado artículo.

¿Tenés una visión pesimista?
No, ni optimista ni pesimista. El vértigo de los cambios es interesantísimo. Lo que pasa que cuando se producen estas disrupciones, atrás de la disrupción tecnológica de golpe viene un lado luminoso que nadie había imaginado. Les voy a dar un ejemplo: la baja de la natalidad en el mundo. La natalidad baja no como dijo Milei porque la gente se hace abortos. Eso es una ignorancia supina del Presidente, una falta de información total. Está bajando en todo el mundo por diversos motivos: cambios culturales, dificultades económicas, expectativas, todo lo que ustedes quieran. Eso está produciendo un desfasaje que va a significar que pronto van a ser muchos más los mayores de 60 y de 70 que los jóvenes en edad de laburo. Ya no de los niños. De los niños olvidémonos. Pónganme una mujer embarazada por la calle y es como ver un diario de papel. Es una cosa rara. Pero eso puede traer una oportunidad.

¿Cuál sería esa oportunidad?
Que los pocos que vayan naciendo tengan acceso a una mejor educación, a una formación más calificada. Hay un demógrafo muy interesante, Rafael Rofman, que dice que la reducción de la natalidad es una gran oportunidad para la educación. Rofman trabaja para el Cippec, el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento. Menos niños y más docentes que se dediquen a reformatear la educación de esos niños, y a ver cómo les preparan el espíritu crítico para saber elegir la información que reciben. ¿Cómo lo podría decir? Es un cambio de paradigma, directamente. En algún momento habrá un nuevo equilibrio. Hay que pensar que sí, porque si no sería creer que la humanidad va a optar por autoeliminarse.

Podés encontrar a Mónica Gutiérrez aquí:

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