En 1979, José Ignacio López, quien años después sería vocero del presidente Alfonsín, se animó a preguntarle por los desaparecidos al temible general Videla. Se declaró insatisfecho con su primera respuesta y forzó una segunda, que recorrió el mundo

Raul Alfonsin, Jose Ignacio Lopez, Pepe Eliaschev
Fuente: Efemerides-radicales
“Siempre decís que no te conocíamos, pero nosotros te conocíamos. Vos estabas con Magdalena y todos escuchábamos a Magdalena. ¿Cómo no te íbamos a conocer?”
Se hablaba, a la distancia, de noviembre del ‘83. “Nosotros” eran los radicales, que habían dado el batacazo en las elecciones del 30 de octubre. Magdalena era la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú, que en 1980 le había plantado cara al ministro del Interior del Proceso, el general Albano Harguindeguy, en la mismísima Casa Rosada. El que hablaba, el de la cita entre comillas era Horacio Jaunarena, primero subsecretario, después secretario y después ministro de Defensa de la democracia recién recuperada, el encargado de lidiar con los todavía temibles militares de los ‘80. Y “Vos” era José Ignacio López, Nacho, a quien el presidente Raúl Alfonsín le había ofrecido el puesto de vocero casi sin conocerlo.
Raro, porque de chico López había militado en la Acción Católica y como periodista se había especializado en la actualidad religiosa. Y los alfonsinistas eran en general laicos, y algunos abiertamente más que eso.
“No estoy seguro de cuándo lo vi a Alfonsín por primera vez en persona. Creo que fue una tarde de 1980 con mi colega Sergio Villarruel, cuando ambos trabajábamos en radio Continental.” Nacho dice que no fue nunca radical, pero también que jamás fue gorila, aunque rechazó la misma oferta de la vocería cuando se la hicieron, antes de las elecciones, de parte del candidato perdedor, Ítalo Argentino Luder.
¿Por qué lo convocaron los radicales, entonces?
Puede haber otras, pero la principal razón fue la valentía con la que López le preguntó y le repreguntó al tenebroso general Videla sobre los desaparecidos en la conferencia de prensa del 13 de diciembre de 1979. A tres años y pico del golpe, no era habitual verlo a Videla de saco y corbata en lugar de uniforme y gorra, y mucho menos común era que aceptara someterse a un cuestionario sin censura previa. Había miedo, y la mayoría eran preguntas fáciles, pases de gol frente al arco vacío. Pero hubo un par de preguntas incómodas. La del periodista y politólogo Oscar Muiño, que quiso saber qué pasaría con los que pensaran distinto. Y, sobre todo, la de Nacho López.
“El último domingo de octubre, el papa Juan Pablo II se refirió a la Argentina en la plaza San Pedro. Entre otras cosas, habló del tema de los desaparecidos y los detenidos sin proceso. Le quiero preguntar a usted, que varias veces se ha dirigido al Papa, si le ha contestado a esas expresiones de Juan Pablo II y si hay algunas medidas en estudio en el Gobierno.”
Alguien, un obsecuente cuyo nombre López elige olvidar, le dijo a la salida que cómo se le había ocurrido incomodar al Presidente con una pregunta tan impertinente. Era verdad: el Presidente se había sentido incómodo.
-Para empezar –tartamudeó Videla-, el Papa no habló de la Argentina. Habló como pastor, porque ése es su deber, y se refirió al mundo en su conjunto…
Hiló otras frases en torno de esa idea. Trabajosas, retóricas. Después lo miró a López y le dijo: “Bueno, no sé, creo que está contestada su pregunta”. Y López le dijo que no, que se había quedado sin saber “si había otras medidas que podía estar estudiando el Gobierno”. Y ahí vino la respuesta que recorrería el mundo, todo un acto fallido, casi una confesión:
“Frente al desaparecido, en tanto esté como tal, es una incógnita. Si el hombre apareciera, tendría un tratamiento equis, y si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tendría un tratamiento zeta. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial. Es una incógnita, es un desaparecido. No tiene entidad. No está… ni muerto ni vivo. Está desaparecido…”
Pregunta, repregunta y respuesta fueron eliminadas de la edición fílmica de la junta militar para noticieros y periódicos. Pasaron muchas décadas y hablamos muchas veces con Nacho, de muchísimos temas. Siempre nos llamó la atención su templanza. Creemos que es la mejor prueba, si no la única, de que se puede ser una persona sin malicia y un gran periodista. Cuando lo entrevistamos, y ya que hablábamos de Videla y del Proceso, quisimos provocarlo, ponerlo a prueba.
Tomate unos minutos para pensar: ¿podés hablarnos mal de alguien? De cualquier persona…
No sé, miren… A ver si esto les sirve. Yo algunas veces cuando me preguntan por la conferencia de prensa, digo que la repregunta la pude hacer porque Videla me la facilitó, me dio lugar a que repreguntara. Porque después de su primera respuesta, que fue cuando explicó que cuando el Papa habló no lo hizo para la Argentina sino para todos y que “nosotros hemos luchado por la doctrina social de la Iglesia”, agregó que no sabía si había contestado toda mi pregunta. Nadie tiene derecho a meterse en la cabeza del otro, pero pienso que a Videla lo traicionó su conciencia. Porque él sabía lo que yo le había preguntado y porque, además –lo habíamos conversado alguna otra vez off the record- conocía mi preocupación por lo que estaban haciendo con los derechos humanos. Me quedo más tranquilo pensando que a Videla lo traicionó su conciencia. Y yo la pregunta se la hice porque tenía que quedarme tranquilo con la mía.
Repreguntar es la herramienta básica de cualquier entrevista, pero los militares argentinos de los ‘70 no apreciaban ni el periodismo ni las entrevistas, y en cuanto a herramientas preferían los fierros. Nacho ya lo sabía en 1979, cuando hizo la repregunta que le mandaba la conciencia. Lo sabía porque algo más de tres años antes, el 10 de noviembre de 1976, alguien lo había marcado como amigo de los curas tercermundistas y sobre todo porque después le pusieron una bomba en la casa.
Cuando empezó el Proceso, Nacho ya había emigrado de La Nación a La Opinión, el “diario para una inmensa minoría” hecho a imagen y semejanza del parisino Le Monde. Lo dirigía Jacobo Timerman. La Opinión era un negocio impresionante en los años 1975 y 1976. Había sido un diario concebido para vender 40.000 ejemplares y estaba vendiendo de 100.000 a 120.000.
“Un día me lo encuentro a Jacobo en la entrada de la calle Lafayette –dice Nacho-. La entrada principal estaba en la avenida Vélez Sarsfield. Yo estaba por tomar el ascensor. Él me paró y me dijo: ‘Oíme, ¿vos viajaste con tu señora alguna vez?’ No, para el trabajo no, le contesté. ‘Bueno, yo te voy a invitar. ¿Sabés por qué? Porque vos escribís de Iglesia y tenés que ir al Vaticano para hacer allí tus propias fuentes.’
“Pasaron unos días y me llamó la secretaria: ‘Me dijo Jacobo que te arme un viaje a Italia. Con Lita, con tu mujer.’ Fuimos. El 10 de noviembre llegamos al hotel en Roma. Cuando nos presentamos, me dan las llaves y un télex de Jacobo: ‘Mirá, estalló un petardo en tu casa. No te preocupes, que están todos bien’. No era un petardito, era una bomba. La pusieron en la puerta del garaje y se rompieron vidrios de toda la cuadra.
Hubo destrozos, pero se lastimó solamente un vecino. “En mi casa estaban nuestros cinco hijos, con mi mamá y una amiga, Margarita Corbellini. El auto que estaba en el garaje no era el mío, porque yo lo había dejado en el taller: era el de Margarita. No quedó nada de ese auto. El garaje se vino abajo. Nuestra hija mayor, Ana, tenía 13 años y Nachito estaba por cumplir tres. Lita consiguió hablar por teléfono con los cinco. Las dos semanas que nos quedamos en Roma fueron un parto para Lita. Peor todavía para ella que para mí, porque yo estaba entusiasmado con el trabajo, haciéndome fuentes en serio. Mientras tanto, Jacobo le dijo a mi hermano Fernando: ‘Arreglen todo y mándenme las boletas al diario’.”
En ese momento no, pero tiempo después Nacho comprendió que Timerman, parte de una raza casi extinguida de editores que cuidaban a sus cronistas, lo había mandado lejos no por las fuentes, sino para protegerlo sacándolo del medio, porque sabía, o intuía, que corría peligro. Pero tal vez no haya llegado a pensar en una bomba, porque no solo la pareja matrimonial sino toda su prole se salvó de milagro.
“Normalmente, cuando nuestros hijos se quedaban con ella, mamá dormía en una cama que estaba justo arriba del garaje, donde fue la explosión. La cama estaba al lado de la puerta del escritorio, y esa puerta salió despedida por el estallido. Por suerte, esa noche Nacho lloriqueó y mi mamá le dijo: vamos a hacer una travesura, vámonos a dormir los dos juntos a la cama de mamá y papá.”
Pocos meses más tarde, el propio Timerman fue detenido, acusado de sionismo por el general Ramón Camps. Lo “desaparecieron”, lo torturaron y después lo soltaron. Volvió al diario, pero en 1977 quedó envuelto en el caso Graiver, el banquero de los Montoneros. Ese año los militares crearon la Comisión Nacional de Responsabilidad Patrimonial (Conarepa), ante la que sindicalistas, políticos y hombres de empresa sospechados de complicidad con la guerrilla debían explicar de dónde habían sacado su dinero.
Dice López: “Los militares empezaron a meter en la Conarepa a todas las empresas que supuestamente eran de Graiver o se habían comprado con la guita de los montos. Según la teoría de ellos, entre esas empresas estaba La Opinión. Nosotros no sabíamos que así fuera, pero yo tengo, sí, constancia de que algún vínculo existía, porque en el primer viaje que hice a Nueva York Jacobo me pidió que llevara un fajo de ejemplares de La Opinión y me dijo que iban a pasar a buscarlos por el hotel”.
Con La Opinión metida ya en la Conarepa, la conciencia de Mario tuvo que mediar nuevamente. Un día lo llamó el general Ricardo Flouret y le dijo que habían intervenido el diario y habían nombrado interventor a un coronel que también era profesor en la Universidad de Belgrano. Se llamaba José Ignacio Goyret.
Lo primero que hizo Goyret cuando llegó a la redacción fue reunirse con López y con su colega y amigo Mario Diament. Fue, nos dijo Nacho, “una conversación entre los tres en la que él no ocultaba su intención de que Diament se fuera y que me quedara yo. No lo decía expresamente, pero era muy evidente. Tal vez desconfiaban de Diament porque era judío. Después Goyret me llamó aparte y me dijo: ‘Le ofrezco la dirección del diario’. Yo le contesté: No, yo no trabajo en un diario intervenido. ‘Pero López, usted va a quedar marcado como amigo de Timerman…’ Yo soy amigo de Timerman, le dije. Y nos fuimos los dos, Mario y yo”.
No era la primera vez que López se iba de un diario. Ya se había ido antes de La Nación, donde trabajó de 1961 a 1975. Ahí había aprendido que escribir bien es importante, pero que el periodista además debe tener conciencia si quiere que le crean, y que eso significa decir que no cada vez que se pone en juego su autoestima. Desde la era Milei se habla sin demasiadas salvedades de los sobres y de los ensobrados, pero no es buena idea generalizar, ya que el que mucho abarca aprieta poco.
“En mis comienzos, pasé por la sección Agropecuarias, donde me tocó cubrir el nonagésimo aniversario de la Sociedad Rural Argentina. Allí tuve mi primera experiencia de rechazar un sobre con guita. A Faustino Fano, que era el presidente de la Rural. No sé si como premio porque le había gustado mi trabajo, pero un día me dio un sobre con plata y yo se lo devolví. No era fácil: yo era un muchacho cualquiera y él era el presidente de la Rural, íntimo de los directivos del diario…”
No sólo hay que evitar la tentación de los que sobornan. También hay que cuidarse del fuego amigo. En la vieja Nación había un secretario general de Redacción que lo tenía a Nacho entre ceja y ceja. Se llamaba Octavio Hornos Paz y era tan poco periodístico que le objetaba a su joven cronista López que tuviera tan buena relación con el ministro de Economía de la Nación, José Ber Gelbard, aunque gracias a esa relación estuviera obteniendo excelentes primicias para el diario sobre la política económica del tercer gobierno peronista.
“Creo que Hornos decía más cosas de mí, como que yo era tercermundista. Creo que la cosa venía tal vez más por la columna religiosa, que yo había comenzado a escribir, que por Gelbard. Yo no era tercermundista, pero es verdad que hacía piruetas con los curas del Tercer Mundo. Para obtener información, porque después del Concilio Vaticano II la Iglesia estaba cambiando mucho. El jefe de Editoriales, Salvador Mario Lozzia, me llamó y me dijo que tenía que hablar con el doctor Mitre porque él ya no podía seguir defendiéndome.”
Nacho habló con Bartolomé Mitre -el padre de Bartolito Mitre, último director de La Nación con ese apellido- y dice que Bartolo “no sabía qué carajo decirme”. ‘Pero no, no pasa nada, quédese tranquilo…’
“Mitre era un caballero. Yo me di cuenta de lo que pasaba y en ese mismo momento me tendría que haber ido, pero justo me enganchó Enrique Jara, el ladero de Jacobo. ‘Vos tenés que venir con nosotros’, me dijo. Y fui.”
En La Opinión, rodeado de profesionales más atléticos y audaces, Nacho aprendió que existía otra forma de hacer periodismo. Como dijimos, eso se terminó con los militares, pero fue el equipaje que se llevó a la vocería cuando fue providencialmente elegido. Ese equipaje seguía alimentándose con los contactos estrechos de López en la Iglesia. Nacho es un hombre de fe, un cristiano. En nuestros encuentros, habló con veneración de monseñor Vicente Zazpe. Le admira al arzobispo fallecido en 1984 su coraje y su impulso renovador. Fue su maestro y un amigo con altibajos de la mujer de la vida de José Ignacio, Remedios Díaz de López, que murió en junio de 2025 y a la que todo el mundo llamaba Lita. “Mi esposa Lita se confesaba con Zazpe, pero dejó de hacerlo. Lo dije el día de su velatorio. Dejó de confesarse con él porque Zazpe, que era muy jodón, la empezó a llamar Cafiaspirina en lugar de Remedios. ‘¿Cómo te va, Cafiaspirina?’ La ofensa se le pasó varios años después, cuando Lita supo de nuestra amistad…”
Por supuesto, Nacho fue también amigo del papa Francisco. “Conmigo se portó de modo espectacular”, dice, aunque reconoce que en la interna de la iglesia local, y sobre todo entre los jesuitas, muchos hablaban mal de Bergoglio porque les había hecho alguna jugada que habían entendido como sucia. “Él no era un tipo fácil…” Agrega, sí, que tanto para Francisco como para él el papa más importante del último siglo fue Paulo VI, más todavía que Karol Wojtyla, porque fue el gran promotor del Concilio.
Los cinco años y medio como vocero de Alfonsín fueron estimulantes y también, de tanto en tanto, amargos. Era un puesto sin muchos antecedentes en la política argentina. “Como vocero, yo no recibía instrucciones fijas. Algunas cosas las hacía y decía por mi propio criterio. Me movía con libertad. Nadie entraba al despacho del Presidente sin cita, salvo Guillermo Alfonsín, el hermano y secretario. Yo sí lo hacía sin que nadie me dijera nada, excepto cuando sabía que habría una reunión reservada. Nunca me pasó que Alfonsín me dijera: ‘Acá no venga…’ Al contrario, me llamaba: ‘Venga, venga’. Muchos temas delicados los conversaba conmigo y muchas veces las infidencias las hacía él. Le decía a los periodistas: ‘Se va a enojar conmigo José Ignacio porque les estoy contando esto…’.”
Una vez tuvo que actuar de consultor improvisado. Fue el 2 de abril de 1987, en la capilla Stella Maris, por una misa que dio el vicario castrense, monseñor José Miguel Medina. “A mí me rompió las pelotas –dice Nacho-, porque aludió a la corrupción del gobierno. A Alfonsín también le rompió las pelotas. Entonces le preguntó a Horacio Jaunarena, que era su ministro de Defensa: ‘Che, ¿puedo subir ahí?’ ‘¿Qué sé yo? Preguntale a José Ignacio’, le dijo Jaunarena. Yo estaba a un costado, me llamó con una seña y me preguntó lo mismo. Y yo le dije: ‘Sí, cuando termine la misa, puede ir ahí. Avísele al cura que está acompañando al vicario que cuando termine de celebrar la misa usted quiere ir al ambón”.”
El ambón es una plataforma elevada desde la que se proclama la palabra de Dios. El término se origina en la bimah judía y su presencia en el altar simboliza las “dos mesas” de la liturgia: la Palabra y la Eucaristía.
“Todo siguió así: terminó la misa, vino la homilía, que no fue una maravilla pero tampoco para enojarse tanto. Pero la bronca venía de antes. Entonces Alfonsín subió y dijo: ‘Aquí se ha hablado de corrupción delante del presidente de la República. Entonces yo voy a invitar a quien tenga algo para decir de mi gobierno que lo haga públicamente’. Se armó flor de quilombo. Para mí fue un orgullo, porque yo hubiera hecho lo mismo, de haber podido. Claro que era algo nunca visto. No solo el Presidente. Tampoco es habitual que un laico se anime a hacer una cosa así… Estuvo fenomenal, la verdad.”
No todas fueron flores. Para Nacho, las espinas más duras fueron las del 25 de octubre de 1985, cuando Alfonsín ordenó por decreto (el número 2049) el arresto de 12 hombres, militares y civiles, por “alimentar un clima de perturbación social”. Entre los militares presos estaba el general Guillermo Suárez Mason, comandante de centros clandestinos de detención. Entre los civiles había varios periodistas, el más notable de los cuales era Rosendo Fraga.
Según Nacho, no había ninguna necesidad de decretar el estado de sitio, porque el gobierno pasaba por su mejor momento. “A mí me disgustó ese episodio. Me lo comí, como había que comérselo, creo yo. Fue una calentura de Alfonsín y nada más. No lo pudimos parar. Pero la verdad es que ellos (los militares) también jodían. Yo con Rosendo tenía buena relación. Bueno, en la época de ellos no había muchas fuentes con las que se podía hablar. Estaba Ricardo Yofre o estaba Rosendo…”
Aún nadie hablaba de trolls ni existía la inteligencia artificial, pero ya había promotores de noticias falsas, de maliciosas fakes, mientras se edificaba la joven democracia. No es necesario ser Bill Gates para sembrar cizaña. También existe el boca a boca tradicional, y no todas las bocas son simpáticas. A Nacho López todavía lo subleva un rumor que sigue circulando después de tantos años y que señala a Margarita Ronco, la secretaria histórica de Alfonsín, como su amante, a despecho de la esposa de toda la vida del dirigente radical, que se llamó María Lorenza Barreneche.
Se decía que era un matrimonio de apariencia. Se hablaba de Margarita Ronco…
Sí, pero es una falsedad absoluta. La relación de Alfonsín y Margarita era como de un padre y una hija.
Eso quiere decir que las fakes no son invento nuevo. En los ’80, cualquier persona más o menos informada sabía o creía saber que Margarita era la amante del Presidente.
Y todavía hoy, todavía hoy. Miren: la kinesióloga que fui a ver el otro día me dijo que me conocía porque su ex marido había sido miembro de la custodia de Alfonsín. Me dijo que ese hombre había querido llegar a comisario y que entonces ella habló con Margarita. Y que, bueno, como Margarita… Entonces yo le dije: “No repitas eso, porque es una falsedad absoluta. ¡No es cierto, no es cierto!”

