En un libro clarividente, el académico Fernando Ruiz analizó en 2018 pros y contras de la profesión que se fueron cumpliendo y recordó hitos tan insólitos del pasado como la ovación que recibieron los periodistas en la Plaza de Mayo por su valentía en tiempos de la fiebre amarilla.
En el comienzo fue el papel. Los periódicos, los diarios, las revistas. Después, la radio y la televisión. Desde hace ya unos cuantos años, hoy es el “ciberperiodismo”. Se habla de streaming, de plataformas como YouTube y Twich, de las redes sociales como fuentes informativas y foros en los que se debaten las noticias: Instagram, TikTok, Twitter (ahora, X), Threads y Facebook. Se habla de podcasts. De newsletters, que llegan por e-mail. De Pinpoint y de Otte, que transcriben en un suspiro las entrevistas grabadas. Y se habla, sobre todo, de inteligencia artificial, que ya no solo lee, supervisa y corrige los textos de los redactores, sino que también los redacta por cuenta propia, y cada día mejor, y que si sigue así podría terminar con el oficio de los periodistas para siempre.

Fernando Ruiz
Fotografía: Alejandro Leiva
El académico Fernando Ruiz estudió el periodismo argentino desde su génesis. Lo transformó en personaje literario que cuenta su propia historia en un libro fascinante que se titula “Cazadores de noticias”, con la bajada “Doscientos años en la vida cotidiana de los periodistas, 1818-2018”. El libro fue publicado ese último año, el 2018, y en consecuencia la investigación de Ruiz se detiene allí. Notable que no haya perdido nada de actualidad ni de clarividencia sobre el futuro.
Ruiz es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Católica Argentina y doctor en Comunicación Pública por la Universidad de Navarra. Desde 1993 desarrolla su actividad docente en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral, como profesor e investigador de las relaciones entre periodismo y democracia.
“Me gusta definirme no como periodista, sino como profesor de periodismo. Para mí el futuro es una obsesión, porque yo recibo a chicos de 18 años que van a ejercer la profesión dentro de cuatro, cinco o seis años. Mis dos últimos dos libros fueron sobre el futuro, aunque no lo parezca: ‘Cazadores de noticias’ (Ariel) y ‘Guerras mediáticas’ (Sudamericana). En ellos, trato de descubrir qué cambió y qué se mantiene en la historia del periodismo. Si soy capaz de transmitirles a los alumnos lo que no cambia, los estoy preparando para el periodismo que vendrá. No sé cómo será ese periodismo. Cuando se conecte la inteligencia artificial con la realidad virtual, no sé qué va a pasar, no tengo idea, y eso va a ocurrir en el 2029, 2030 o 2032. Pero sí sé que algunas cosas van a ser similares a las de hoy y también a las de principios del siglo XIX.”
Ruiz dice que en “Cazadores de noticias” se propuso “sacarle seis fotos al periodismo, como si yo me sacara seis fotos a mí y a mis hijos. La foto de cuando eran bebés, la foto de cuando entraron a primer grado, la foto del secundario, la foto de cuando salían de la universidad y la foto de cuando se casaron. Desplegadas, esas fotos me muestran los cambios que hubo, y también las permanencias”.
Dos siglos en seis hitos
El recorrido empieza ocho años después de la Revolución de Mayo y abarca algo más de un siglo. He aquí los seis hitos principales, según el autor del libro:
1818: Ese año en La Gazeta de Buenos Aires, fundada por Mariano Moreno el 7 de junio de 1810, se publican los primeros avisos clasificados. Las pautas de marketing eran, naturalmente, muy distintas: “Se vende la negra Dolores, de 16 años, con cría de dos a tres meses. Precio: 300 pesos”.
Moreno había muerto en alta mar en 1811 y el nuevo director de aquella publicación pionera era Julián Álvarez, político, jurista y… periodista. La Gazeta no era un diario, sino un periódico, porque no salía cada 24 horas sino solo dos veces por semana. Uno de sus redactores fue Pedro Agrelo, el primer periodista argentino que cobró un sueldo. Ganaba dos mil pesos al año, cuando Cornelio Saavedra, el presidente de la Primera Junta, había ganado 8000 desde la Revolución. Antes, en el epílogo de la era colonial, el virrey Cisneros había recibido 12.000 pesos anuales, y lo mismo cobraría después, en 1818, el director supremo Juan Martín de Pueyrredón.
Las breaking news llegaban con demora. La victoria del general San Martín en Maipú ocurrió el 5 de abril de 1818, pero se publicó el 20, dos semanas después. Simón Bolívar se enteró casi al fin del invierno de aquel triunfo crucial para la independencia sudamericana y ordenó que se publicara de inmediato. La noticia salió en El Correo del Orinoco el 22 de agosto de 1818.
El director Pueyrredón, hoy avenida porteña de doble mano, fue muy ambivalente en materia de libertades públicas. Como el financista casi excluyente de los medios era el gobierno, y en consecuencia eran oficialistas, apoyó la creación de un periódico opositor, El Censor. Eso por un lado. Por el otro, y como han hecho los presidentes argentinos del siglo XXI, denunció un intento de golpe presuntamente organizado por la prensa y mandó al destierro a todos los redactores de La Crónica Argentina. La Gazeta aprobó la medida. Dice Ruiz en su libro, adoptando la postura oficial: “Yo sé que lo que más le molesta a Pueyrredón de la prensa es que no dé margen de error alguno a los gobernantes, a pesar de que actúan en las condiciones más difíciles”. Ayer igual que hoy: no odiamos lo suficiente a los periodistas.
1871: Ya los periódicos eran propiamente diarios. El más vendido, por lejos, era La Tribuna, con la friolera de 5000 ejemplares por día. Los diarios defendían posiciones políticas enfrentadas y polemizaban entre ellos como lo siguen haciendo hoy, por ejemplo, Página/12 y La Nación, pero con más vigor y puntería. El director de La Tribuna era un gran personaje: Héctor el hijo del dirigente antirrosista y unitario Florencio Varela, nacido en Montevideo en 1832, después del exilio de su padre.
A Héctor Varela le decían Orión, porque, consciente de su importancia, firmaba sus artículos con el nombre del héroe de la mitología griega, un gigante que alumbra el cielo nocturno, ya convertido en constelación.
Este año, 1871, fue el pico de la horrible epidemia de fiebre amarilla y también el momento de máxima popularidad de los periodistas porteños. La enfermedad –provocada, como el Covid, por el mosquito Aedes aegypti- mató a alrededor de 15.000 personas, cerca del diez por ciento de los habitantes de la ciudad. Ante la falta de reacción del gobierno y mientras los diputados y los senadores huían del foco infeccioso, los periodistas impulsaron la creación de la Comisión de Salubridad Pública, presidida por el gran Orión, y convocaron a una manifestación popular en la Plaza de Mayo, que entonces se llamaba Plaza de la Victoria. Cuando terminó su discurso, Orión le pidió a la multitud que lo esperara y fue a reclamarle al presidente Sarmiento que autorizara el presupuesto para luchar contra la peste. Lo consiguió, y al volver a ocupar la tribuna fue recibido con una ovación.
1919: El diario La Prensa avanza como fuerza imperial. Fundado por el rico estanciero José C. Paz en 1869, tal era su poderío económico que en 1898 Ezequiel Pedro, el hijo y heredero de Paz, compró un gran terreno en Avenida de Mayo entre Perú y Bolívar y levantó allí el edificio más alto de la ciudad, y uno de los más suntuosos. Tenía, entre otras cosas, su propio telégrafo, la mayor biblioteca pública de Buenos Aires, consultorios médico, jurídico, químico y ganadero que eran gratuitos, observatorio meteorológico, salones para que el público pudiera organizar asambleas y fiestas, una sociedad oceanográfica y una escuela de música en la que se enseñaba piano, violín, viola, solfeo y canto. Hoy, aquellas viejas glorias se transmutaron en la Casa de la Cultura municipal de la ciudad autónoma.
La elección de este año como hito en el libro de Ruiz se debe, sobre todo, a la cobertura de la Semana Trágica. Ocurrió en enero del ‘19, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen, cuando cientos de huelguistas que reclamaban mejores condiciones laborales en los Talleres Metalúrgicos Vasena murieron por la represión policial.
Hubo reacciones periodísticas variadas por esas muertes. El diario anarquista La Protesta impulsó la idea de dinamitarlo todo: “Sin falta, trabajadores, vengad este crimen. Dinamita hace falta ahora más que nunca.” El antiyrigoyenista El Nacional tituló “La ciudad en poder de las turbas”. El Herald dijo, con ironía inglesa: “Buenos Aires tuvo ayer su primer bocado de bolchevismo”. El diario católico El Pueblo le exigió al Gobierno que cerrara La Protesta. En respuesta, Yrigoyen ordenó la detención de Emilio López Arango, director del diario, que además fue allanado y destruido. También clausuró Bandera Roja, que financiaban los obreros navales.
Se produjo, además, en nuestra capital el primer y único pogromo propiamente dicho en todo el ámbito sudamericano. Dado que para ellos todos eran lo mismo, los ultranacionalistas salieron por las calles del Once a cazar judíos, comunistas y rusos. Mataron a decenas. El periodista polaco Pedro Wald, del diario en idish Die Presse, fue falsamente acusado de ser el líder del “primer soviet argentino”. Muchos medios se hicieron eco de la falsa noticia y, en consecuencia, Wald y su esposa, Rosa Wainstein, fueron detenidos. La Nación, que también había publicado la fake, tuvo después la hidalguía de admitir que había sido una “confusión lamentable”.
Cuando lo dejaron en libertad, Wald publicó estas impresionantes líneas, que Ruiz reproduce en su libro: “Bajo los gritos de muerte a los judíos, muerte a los extranjeros maximalistas, ellos celebraban orgías y actuaban de una manera refinada, sádica, torturando a los transeúntes. He aquí que detienen a un judío y, después de los primeros golpes, de su boca emana sangre en abundancia. En esta situación, se le ordena cantar el himno nacional. No puede hacerlo y lo matan en el mismo lugar. No eran meticulosos cuando se trataba de ultimar a sus víctimas…”
1943: Radio Belgrano es la emisora número uno en la flamante era de la radio. Lo más escuchado son los noticieros, seguidos por los radioteatros y la música clásica, pero recién ahora se les comienza a reconocer la calidad de periodistas a quienes los redactan. Habían pasado 23 años desde la primera emisión radiofónica del país, el 27 de agosto de 1920. Una pista de la posición privilegiada del medio es la cantidad de ejemplares que vendía la revista Radiolandia, de la editorial Julio Korn: unos 400.000. En lo estrictamente periodístico, la radio demostró su capacidad de reacción en la cobertura del golpe militar del 4 de junio, que depuso al presidente Ramón Castillo.
Pero no todas eran flores. El influyente historiador nacionalista, rosista y peronista Pedro de Paoli estalló contra Jaime Yankelevich, el dueño de Belgrano, por permitir que pasaran tangos tan procaces como “Mi noche triste”, de Pascual Contursi: “Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida…” Otros intelectuales y artistas del después llamado “campo popular” también despreciaban el medio. El escritor Roberto Arlt, por ejemplo. Él abandonó el programa que tenía y explicó su renuncia así: “Los radioescuchas eran una muestra de la papanatería elevada a la enésima potencia. Viendo tanta estupidez, me puse furioso. Pensé en ir a la radio para preguntarles por micrófono qué les había puesto Dios bajo la bóveda craneana, si materia o aserrín. Y si las oyentes de los radioteatros eran mujeres o recluidas de algún establecimiento para retardadas mentales”.
Mientras tanto, la Segunda Guerra Mundial seguía, y no estaba todavía definida. Acá, el dueño y director del Deutsche La Plata Zeitung, Emilio Tjarks, era declaradamente nazi. Se publicaba una revista antisemita, Clarinada, cuyo dibujante se hacía llamar Matajacoibos, y había una agencia nazi de noticias en la Avenida de Mayo. Se llamaba Transocean. Al entrar se veían retratos de Hitler y Juan Manuel de Rosas.
1989: No todos los medios festejaron la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre. En general, los de izquierda la tomaron como una derrota. Ruiz subraya que Página/12 “hizo un escueto recuadro en tapa, titulado ‘Berlín: el muro se abrió’. Al día siguiente la noticia ya no era tapa”. En una suerte de espejo retroactivo, el libro dice que tampoco los diarios liberales argentinos habían tenido “un rol respetable” durante la última dictadura militar.
Pero la dueña de la pelota era la televisión, que cambió los usos y costumbres de la política criolla. En su campaña presidencial, Carlos Menem usó las notas de los diarios solo como plataformas de lanzamiento para que lo llamaran a participar en los programas televisivos de entretenimiento masivo. Candidatos, dirigentes políticos y público se alineaban con los dichos del politólogo florentino Giovanni Sartori en su célebre libro “Homo videns: la sociedad teledirigida”. Hoy parecen lugares comunes, cosas que se dan como supuestos, pero cuando apareció eran realmente novedosas. Fernando Ruiz glosa algunos párrafos: “La TV es capaz de generar opinión. La supuesta voz de la gente es mayormente la voz de los medios de comunicación en la gente”.
Pero la televisión, que era la reina, ignoraba que no le faltaba mucho para dejar de serlo, porque en Suiza, en el laboratorio de la Organización Europea para la Investigación Nuclear, el científico británico Tim Berners-Lee le terminaba de dar forma a la World Wide Web. La primera página en línea salió el 20 de diciembre de 1990. La Web se hizo pública el 6 de agosto de 1991 y la información, el periodismo y la vida humana en general volvieron a cambiar para siempre, como en tiempos de Gutenberg.
2018: Plena era digital, y los periodistas de las viejas y de las nuevas plataformas se acostumbran a hacer de todo –de redactores, fotógrafos, locutores y videastas- y comenzaban a correr otra carrera desesperada contra el tiempo.
Dice Ruiz: “Con las métricas, los scores que se construyen son cada vez más complejos y no incluyen solo los clicks que se hacen, sino el tiempo de lectura, el momento en que se la abandona, la viralización o socialización, a lo que se llama engagement, etcétera”.
En paralelo, las empresas periodísticas comienzan a regular sus costos en material humano. El periodismo de calidad sigue existiendo, pero debe pensar más intensamente en los costos. Ruiz recuerda un extremo increíble pero real: “Muchas radios y canales despidieron gente. Se instaló la costumbre de mandar cámaras y móviles sin cronistas. A fines de 2016, los movileros hicieron un llamado a la solidaridad de los entrevistados. Decían: ‘Les pedimos por favor a todos que no den notas y no hagan declaraciones a la cámara si no hay periodistas. Parece un delirio que les tengamos que pedir esto a ustedes, pero invocamos su solidaridad ante la crueldad de los empresarios y la indiferencia de las autoridades’.”
Pros y contras de la IA
Fernando, en tu investigación querías identificar lo que no cambia ni puede cambiar en el oficio periodístico. ¿A qué conclusiones llegaste?
Bueno, un punto esencial es que lo que gobierna al periodismo no son las plataformas, sino la información. El dato. Tenemos en las redacciones un montón de gente pensando en las plataformas, pero lo que realmente le da vida a los medios son los cazadores de noticias. Si revisan la política latinoamericana, verán que sigue estando gobernada por las primicias periodísticas. Y allí hasta es posible que el diario tradicional le gane a Twiter. Tal vez ya no haya que diferenciar plataformas. El mismo periodista que escribe para una plataforma, después difunde sus noticias por otra.
“Que en 1919 el diario La Prensa haya tenido como primicia la firma del tratado de Versalles hace grande a La Prensa. Genera tradición y aporta valor a la marca. Ésa es la importancia de la primicia, la potencia para cazar noticias. Y eso va a permanecer siempre, porque la inteligencia artificial no da primicias.
¿Qué otra cosa no cambia?
La ansiedad, la premura por comunicar las noticias. Como ahora, en el siglo XIX los periodistas pensaban que no tenían tiempo para nada, porque vivían en la sociedad de la información. La idea de estar viviendo un tiempo de máxima velocidad. Eso es permanente.
“Hay otro tema recurrente: desde su origen, la profesión periodística ha tenido que generar un entorno de entretenimiento para poder dar la información de modo que le interese al público. Eso es permanente. En lograr que la información sea atractiva van a tener que seguir pensando mis alumnos dentro de diez años. Y ya pensaban en eso hace dos siglos. Había un cronista que iba por las plazas, por las calles de Buenos Aires, y se sentaba a escuchar a la gente. En esa misma época se empiezan a publicar novelas como folletines en los diarios, para que fueran atractivos, para poder comunicar con éxito la posición política del diario. El entretenimiento, para ponerlo en una metáfora, es como viento en las velas de la información. Si no consigue que los alumnos le presten atención, un profesor puede recitar los diez mandamientos, o el Quijote de principio a fin, pero no servirá de nada. No es ilegítimo tratar de que el contenido sea entretenido, siempre que siga latiendo el corazón de la vocación periodística, que es la búsqueda de la verdad. Si no se mantiene, si falta ese motor, se muere el periodismo.
¿Las falsas noticias pueden matarlo?
Sin duda, pero yo no lo veo como una posibilidad real, porque los seres humanos siempre nos las hemos arreglado para sostener las instituciones. ¿Qué puede a pasar? Y, se puede reducir la información de calidad a islas más pequeñas, pero siempre va a haber profesionales que intenten sostener el régimen de la verdad. Para que el régimen de verdad de una sociedad sea lo mejor posible, obviamente todos estamos de acuerdo en que tiene que haber periodismo.
Todos le echan la culpa a los periodistas. Los tratan de corruptos, de operadores o directamente de golpistas. ¿Por qué?
Esa caza de brujas con respecto al periodismo también es histórica. Se la encuentra a lo largo del tiempo. Los periodistas son los culpables, los malos, los que mienten, los que operan. El general San Martín se quejaba por las publicaciones que afectaban sus campañas. Desde principios del siglo XX, la izquierda revolucionaria señala a la prensa mayoritaria como a un enemigo oligárquico. Cada manifestación del 1° de Mayo terminaba con ataques a La Prensa y La Nación, y como muchos eran anarquistas también terminaban atentando contra el diario socialista La Vanguardia. También Yrigoyen y Perón construyeron a la prensa como enemigos. Es un destino inevitable.
¿Son útiles las nuevas tecnologías para el oficio periodístico?
Yo estoy usando mucho la inteligencia artificial, y me está ayudando a mejorar los textos. Le pregunto qué errores conceptuales encuentra. Me da repuestas y alternativas y yo elijo entre ellas: ésta sí, ésta no… El otro día me dijo una respuesta extraordinaria. Yo había usado una cita que me parecía que venía como anillo al dedo y la inteligencia artificial me dijo: «Le estás dando a esta cita un sentido inverso al que se le da en el libro del que la extrajiste”. Cosas así, además de salvarme de dar pasos en falso, me dan más tiempo para trabajar, para leer.
“Pero con la IA, tengo algunos problemas con mis alumnos, porque no consideran valioso que sean ellos y no la inteligencia artificial los redactores. Yo les digo que es importante redactar porque es como la expresión de tu pensamiento. No solo la expresión, sino el reflejo, la propia producción de tu pensamiento. Estamos pensando cuando escribimos. Se nos están ocurriendo cosas. Si antes de escribir se nos habían ocurrido un par de ideas, mientras escribimos se nos ocurren cuatro más. En cambio, los alumnos cada vez más dicen: «No tiene sentido la etapa de la redacción.» Se la piden a la IA. Le cuentan las dos ideas que tienen y con eso ella redacta. Yo tengo que abrirme a sus argumentos, pero más adelante pueden ser una amenaza para el oficio, porque la IA va a mejorar, indefectiblemente. En algún momento va a escribir muy bien. Tengo un amigo periodista que trabaja en un medio principal. Le dijo a la IA que escribiera en rioplatense, con humor, pero no demasiado. Y lo hizo. El otro día, Daniel Hadad dijo en una entrevista: “Nosotros en Infobae estamos buscando voces. Si me gusta cómo escribe un periodista, cargo todas sus notas y la IA empieza a escribir notas como ese periodista”.
“A través de ese proceso de elaboración, de esa orfebrería del periodismo que es la redacción, uno va viendo el párrafo, va como matizando la idea. Para mí, eso es valioso. Quizás dentro de diez años habría que decir que no es valioso.”
¿Cómo ves a tus alumnos, qué expectativas te despierta?
A mí me encantan porque son tremendamente honestos. No son nada caretas. Me cuesta convencerlos de que lean más. Algunos son muy lectores, pero la mayoría no, y yo lo veo como un problema. No todos los profesores piensan lo mismo. Algunos dicen: “Bueno, hay otros métodos de aprendizaje, ¿no? Se puede aprender de otra forma”. Pero yo creo que enfrentarse a un libro de 800 páginas genera un aprendizaje único.
