Jorge Guinzburg y Horacio Fontova
Fotogracía: Canal 13

No es que no hubiera periodistas que aceptaban sobornos antes del gobierno de Carlos Menem, pero fue entonces, a principios de la década del ’90, cuando se comenzó a hablar de ensobrados.

Entonces, los humoristas Jorge Guinzburg y Horacio Fontova hacían por Canal 13 “Peor es nada”, y en ese programa había un segmento políticamente incorrectísimo en el que ellos encarnaban a los periodistas Daniel Hadad y Marcelo Longobardi.

Les deformaban los apellidos: Tarad y Mongobardi.

Transmutado en Mongobardi, Guinzburg decía que nunca nadie había podido comprarlo. “Y sigo pensando lo mismo, Daniel…”

-También yo, Marcelo –decía el Tarad que hacía Fontova-. Ésta es una cuestión de principios. Lo reitero: nada nos va a hacer cambiar de opinión.

-¡Es cierto, Daniel, porque nuestras opiniones surgen de una profunda e inquebrantable convicción!

Hasta allí, los sobres llegaban de a uno y los periodistas se los metían discretamente en el saco. Pero de repente comenzaban a caer de a decenas, lanzados con fuerza y violencia contra Tarad y Mongobardi. Y ellos cambiaban su forma de pensar:

-¿Pero a quién se le ocurre la idea descabellada de investigar el patrimonio de los funcionarios, Marcelo?

-¡Solamente a locos golpistas que quieren desestabilizar el sistema democrático, Daniel! ¡Si hay algo minúsculo en este país, es la corrupción..!

Hadad y Longobardi
Fotografía:  Los periodistas condujeron el programa, «Hadad & Longobardi» en América TV entre 1993 y 1995

En la misma época, los verdaderos Hadad y Longobardi protagonizaron un ciclo muy comentado por América TV. Allí entrevistaron a un Raúl Alfonsín que ya había entregado el poder antes de tiempo a Menem, que ya negociaba con él el acuerdo de la reforma constitucional y que intentaba amigarse incluso con quienes habían contribuido a tumbarlo.

Lo intentaba. Sonreía.

Hasta que, irreprimible, le saltaba de adentro el gallego enojado que estaba conteniendo con esfuerzo.

Todo venía bastante bien hasta que Longobardi insistió en hacerle un par de últimas preguntas: ¿Había ordenado a los senadores radicales que aprobaran sin decir ni mu los pliegos de jueces propuestos por el Ejecutivo menemista? Y si había sido así, ¿para qué servía mantener un Congreso con tantos legisladores si alcanzaría con dos o tres delegados de los que los mandan?

-¡Pero usted no entiende ni siquiera las cosas más elementales de la democracia! –le contestó un Alfonsín súbitamente airado-. ¡No sabe nada y asume una actitud antidemocrática!

Por suerte, faltaba poco para el cierre y Alfonsín pudo recomponer el buen modo para la despedida. Después de haber dicho que había “un cierto coro en diversos medios de difusión para sostener lo mismo” y de haberse dado cuenta de que, a propósito, lo estaban toreando, dijo: “Como siempre, muy agradecido por la gentileza con que me han tratado…” Por si alguien no lo percibió, lo de la gentileza era irónico.

Después llegó el divorcio (con esporádicos “reencuentros”) entre los periodistas. En su libro “Los dueños de la Argentina”, el periodista Luis Majul denunció que Hadad y Longobardi recibían tres mil dólares mensuales de parte del empresario Benito Roggio. Y el ministro de Menem Domingo Cavallo denunció que bajo la mesa Hadad recibía plata del extinto empresario Alfredo Yabrán. Entonces Longobardi declaró: “Esto ya no da para más”. Pero dio…

Como podrían haber dicho Guinzburg y Fontova, los sobres son como las brujas. No existen. Pero que los hay, los hay.

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