Foto de Julio Lopez con licencia Unsplash

“Los tipos más comunes de piratería informática son: falsificación (duplicación, distribución o venta ilegal de software y su empaque, imitando el producto original para que parezca legítimo), piratería en Internet (descarga o distribución no autorizada de programas, música, películas o libros a través de la red) y piratería de usuario final, que ocurre cuando un individuo o empresa utiliza una copia de un programa sin la licencia adecuada o instala un software en más equipos de los permitidos por el fabricante.”

Eso dice la inteligencia artificial de Google. Obvio: no va a decir que las principales piratas del mundo digital son ella y sus hermanas, primas y cuñadas, cada día más que el día anterior. No lo va a decir, pero lo son.

Es el aspecto más pedestre y material del mundo lo que se ha abierto con esta octava maravilla tecnológica: ¿quién paga por los datos que alimentan a nuestra nueva tía sabelotodo? Es como el vino: para hacerlo se necesitan uvas y el vino es mejor cuando las uvas tienen más calidad. Para eso hace falta invertir muchísimo dinero. Excepto que uno sea una corporación de inteligencia artificial, que hasta el momento no invierte casi nada en uvas.

Y no que no invierta por falta de recursos. Lo dijo el director de The New York Times, Arthur Sulzberger, en Marsella, durante el congreso de 2026 de la WAN, World Association of News Publisher, la asociación mundial de medios de prensa.

“La valoración conjunta de las seis principales empresas de IA asciende a once billones de dólares, más del triple del PBI de Francia. La inversión privada en IA en Estados Unidos alcanzó casi 350.000 millones de dólares en 2025 y se prevé que aumente en 2026. Por lo tanto, el robo de propiedad intelectual no se produce por falta de financiación”, dijo Sulzberger.

El tema de la piratería “atravesó la mayoría de los debates del congreso”, según la propia WAN. “La prioridad de la industria periodística ya no es incorporar inteligencia artificial a sus redacciones, sino definir con claridad cómo se protege el contenido que esas redacciones producen, cómo se remunera su uso por parte de terceros y cómo se construyen métricas internas para gobernar una tecnología que avanza más rápido que las regulaciones”, sostuvo en sus conclusiones.

Fueron a Marsella 1100 profesionales de medios de más de 60 países. Todos escucharon sin distraerse el larguísimo discurso de Sulzberger, lo aplaudieron y dijeron que los había expresado cabalmente en su conjunto. Pese a que el editor del NYT admitió que la inteligencia artificial podría ser un auxiliar fabuloso del periodismo, no fue nada retórico con sus reclamos. “El pecado original que impulsa los productos de la IA es un descarado robo de propiedad intelectual a una escala sin precedentes. Los gigantes tecnológicos explotan los sitios web de noticias sin permiso ni compensación. Reempaquetan estos bienes robados como propios, desviando las audiencias y los ingresos que de otro modo irían a parar a las organizaciones de noticias que crearon los contenidos. Y esto sucede no solo una vez durante el proceso de entrenamiento, sino innumerables veces al día”, dijo.

Pidió más plata: “Si bien los acuerdos de licencia con las editoriales no son públicos, dado el reducido tamaño de los acuerdos que se han dado a conocer, parece que menos del 0,5 % de esa inversión se destina a compensar a las personas y empresas que generan los datos de los que se nutre la IA”.

Más o menos lo mismo dijo desde Marsella el director de La Nación, Fernán Saguier. “La apropiación de contenidos por parte de la inteligencia artificial es una de las preocupaciones centrales de editores de todo el mundo”, escribió en una columna para el diario. Encontró el siguiente antídoto para la desesperanza: “La IA depende del periodismo mucho más de lo que el periodismo depende de la IA”.

También relató que hubo un panel con responsables de ChatGPT.  Parece que intentaron una suerte de descargo sin fortuna, al menos en la evaluación de Saguier: “Los representantes de ChatGPT dijeron presente aquí en un panel, el segundo más concurrido después de la aparición de Sulzberger. No faltó nadie, ansiosos todos por saber cómo responderían. Fue un canto a la irrelevancia, una hora de palabras al viento para eludir la exigencia generalizada de una platea impaciente.”

Imagen creada con AI

Mientras tanto, en la Argentina, país políticamente acostumbrado a la extravagancia, causó revuelo una polémica entre Javier Milei y el historiador israelí Yuval Noah Harari sobre si es bueno que la IA deje ser mera herramienta y pase a la condición de entidad no humana con personería jurídica, capaz de poseer activos, contratar empleados, presentar demandas en Tribunales y financiar campañas electorales.

En una nota para el Financial Times, el presidente Milei había redoblado su idea de que la IA debe desarrollarse libremente, sin responder a control estatal alguno. El autor de “Nexus” y “Sapiens” le salió al cruce en el mismo diario: “No será fácil disuadir a la IA de participar incluso en actividades directamente ilegales, porque la amenaza de ir a la cárcel no la atemoriza”, dijo. Milei intentó tranquilizarlo: “Querido @harari_yuval, ya estoy preparando mi respuesta para ver si podemos calmar tus temores”.

No sabemos si contestó el propio Presidente o la IA.

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