Fotografía: Esther Vargas
Bajo licencia Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0)

Leila Guerriero, periodista multipremiada, ya no busca la verdad. “Yo me opongo un poco a la idea de la Verdad con mayúsculas. Pienso más bien en una mirada subjetiva, pero honesta” y miles de lectores ven a través de sus penetrantes ojos negros.

Dentro del género de no ficción que inició el norteamericano Truman Capote con su ¿investigación periodística o novela? A sangre fría, Leila Guerriero define su especialidad como “periodismo narrativo”, que hoy es “una fuerza, como el caudal de un río o una marea”, ilustra.

Pero en ese aluvión, su tipo de crónica es tan personal que se convierte en lectura obligada en cada medio donde colabora: la Rolling Stones de Argentina, El País de Madrid, Gatopardo, de México, Piauí, de Brasil, El Mercurio de Chile, L´Internazionale de Italia y Granta, del Reino Unido.

Además, sale al aire por la cadena de radio Ser, de España. Ha escrito diez libros y el más reciente, “La llamada” (Editorial Anagrama, 2024), ganó varios premios, entre ellos al mejor libro de no ficción extranjero en Francia. También edita libros para terceros, dirige talleres y da clases a quienes se adentran en ese género.

El periodismo narrativo se ha puesto de moda, cree Leila Guerriero. “Hoy hay mucha más gente haciendo este tipo de periodismo de largo aliento que hace 15 o 20 años”. Lo dice como si no fuera ella misma una de las causas de este fenómeno, como si no sembrara en legiones de lectores la afición a su observación aguda, la descripción casi palpable de lo que observa y la forma de sumergirse en historias y en vidas que no tienen su versión definitiva hasta que Leila las cuenta.

Ella describe el género así: «El periodismo narrativo es como un documental, pero escrito. Nada más: fundido a negro, voice-over, primer plano, plano americano, travelling, fade out, sonido alto, sonido bajo, sin sonido, música de fondo, etcétera. Si la forma y el fondo se pueden separar, hay algo que no funciona bien. Cuando funciona bien el periodismo narrativo, vos no podés separar la estética del contenido”.

Muchos escritores de su generación y de las siguientes la imitan, pero su pluma es imposible de copiar. ¿O no?
Le pedimos a la inteligencia artificial que definiera a Leila Guerriero como lo haría Leila Guerriero. En lo que tarda un parpadeo, la IA arrojó esto:

“Leila Guerriero nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1967, y eso -la provincia, la distancia, el campo visto desde una ventana de tren- tal vez explique algo, aunque ella desconfiaría de esa explicación. Escribe desde hace más de treinta años perfiles y crónicas que son, en realidad, preguntas sobre qué hace un ser humano con el tiempo que le toca. Publicó libros que son también, de algún modo, una sola pregunta repetida con distintas voces: “Los suicidas del fin del mundo”, “Frutos extraños”, “Una historia sencilla”. Trabaja despacio. Mira mucho. No cree en la objetividad pero sí en la precisión. Cuando entra a una habitación, anota el color de las paredes…”

Salvo los datos biográficos, se nota que la IA no conoce a Leila Guerriero, pero el texto tiene un aire de familia que algún desprevenido podría confundir con un original. Con algo de entrenamiento y más información, es posible que pueda hacer algo aún más parecido a un texto de Guerriero. Tardaría un poco más, tal vez hasta un minuto y medio.

La verdadera Leila Guerriero maneja completamente otros tiempos y nos cuenta, y muestra, su paciente trabajo.

Fotogracía: Alejandro Guyot

Primero, lee mucho desde hace mucho tiempo.
La última vez que ordenó su biblioteca, la redujo al mínimo posible, dice. Aun así, las paredes de su escritorio están llenas de estantes donde se alinean “estos libros que edité yo (señala marcando un sexto, aproximadamente, de la superficie). Todo el resto de la pared es no ficción, de varias editoriales y, de éstos, la mitad, son de periodismo narrativo. Cuando empecé, había cuatro libros de ese género. El primero fue uno de Martín Caparrós. De aquel lado (en la otra pared), es todo ficción, excepto ese estante, que es poesía”.

Busca temas siempre siempre siempre.
“Esto de colaborar con medios de afuera me habituó a pensar 24 horas los 7 días de la semana. Desde que escribo columnas tengo el radar encendido siempre. Colecciono frases, situaciones y estoy viendo qué puedo transformar en un escrito. De pronto, un día salgo a correr y se arma la nota. Y corro todos los días Es un poco difícil de entender porqué me interesan algunos temas y otros no, es como entender que te empiece a gustar alguien. El objeto del amor es algo que no lo podés racionalizar.”

Los libros no saben que serán libros.
“En todos los libros que publiqué, desde el primero, yo había ido a ver a la gente para hacer un artículo en un medio de prensa. Es como una autotrampa que me hago, nunca pienso que va a ser un libro hasta que empiezo a investigar».

Graba demasiadas horas.
“Grabo todo el tiempo, hasta cuando vamos caminando por la calle con el entrevistado. Pero nunca le pongo el grabador en la boca, porque es horrible.. así que soy la reina del grabar mal”.

Pasa mucho tiempo con el entrevistado.
“Mi abuelo, que era sirio, decía que para conocer a alguien había que comer una bolsa de sal con esa persona. Lo que mi abuelo quería decir es que había que pasar el tiempo suficiente como para, de a puñaditos, comer juntos una bolsa de 20 kilos. Pueden ser años.

«La pretensión de que uno va a conocer a alguien a fondo es una pretensión, nada más. Pero por otro lado, eso tiene que balancearse con la ambición de querer conocer al otro completamente, porque si no fuera así no pondrías un pie fuera de tu casa.”

Desgraba ella misma las entrevistas, todas juntas, de un tirón.
“Eso me permite reproducir el estado emocional del momento, aunque hayan pasado muchos meses desde la grabación. Por ejemplo, si hago entrevistas en octubre para una nota que voy a entregar en marzo, desgrabaré en febrero todo junto y para mí será como si volviera a ser octubre. Se reactiva la memoria emocional que se fue drenando con el tiempo, los viajes y las interrupciones de saltar de una historia a otra. Para mí es súper importante la continuidad para tener la historia en la cabeza. Sólo después puedo empezar a escribir.“

No usa programas para desgrabar. Los probó una vez y no le gustaron.
“Imaginate si confunde palabras y no te das cuenta, si escucha “creyente” y el entrevistado había dicho “querellante”, por ejemplo. Puede ser que las aplicaciones vayan mejorando y alguna vez funciones, pero por ahora sigo desgrabando yo.”

Imprime las desgrabaciones
“Esto – dice y posa su mano sobre una caja de cartón abierta llena de papeles que podría ser para una mudanza o para la basura- son las transcripciones de las entrevistas que tomé para mi último libro. Son 1900 páginas sólo con los testimonios. Empecé a desgrabar en México en septiembre de 2022 y terminé en noviembre. Me puse a escribir en noviembre y terminé en marzo de 2023.”

Pone el resto de la vida en suspenso para escribir.
“Puedo hacer otras cosas mientras transcribo, puedo salir a hacer otra nota o viajar. Pero se para el tiempo cuando me pongo a escribir. Son 15 o 20 días para un artículo, y al menos tres meses para un libro. En ese momento no hago nada más. Y cuando digo nada significa nada. No tomo ningún compromiso, de ningún tipo. No doy clases, no hago entrevistas, no hago nada que no sea la escritura.”

Empieza a escribir siempre en el mismo lugar, en su casa.
“La base tiene que estar hecha acá, en mi casa, en mi escritorio, en mi silla. Un artículo puedo terminarlo en un viaje, en otro espacio. Una vez estaba en Menorca y, primera vez en la vida, me fui a un café y terminé una columna. Para mí fue algo totalmente exótico. Pero la idea ya estaba antes. Nunca hice algo así con un libro, no puedo escribir fuera de mi casa, necesito estar en un estado de suspensión del mundo.”

Enseña su trabajo a otros.
“Como desde el 2009 soy freelancer, los talleres son como tener una redacción. Así no extraño las mejores cosas de una redacción y no sufro las cosas más molestas. Hoy en día entrás a un diario y está lleno de gente. Pero la historia está afuera. Entonces, ¿qué hacen todos acá sentados, mirando una pantalla? Eso no lo puedo entender. En el primer trabajo que tuve, en Página/12, el director, Jorge Lanata, me dijo: ‘Para mí, una redacción llena es un fracaso’.”

Muy pocos periodistas y ningún programa de inteligencia artificial se tomarían semejantes molestias para hacer un artículo o incluso un libro. Pero para Leila Guerriero ésa es la diferencia entre redactar y escribir.

“La escritura es un bicho superpeligroso. Puede venir como la ola que te revuelca y te rompe el cuello. Si vos no la dominás, te domina ella a vos. Para eso la única técnica que tenés es escribir mucho, pero antes de eso leer mucho. No hay un buen escritor que no sea un gran editor de sí mismo.

“La redacción la puede hacer cualquiera, pero la escritura tiene que ser un animal vivo. Importa cada uno de los movimientos que hacés en un texto. No es lo mismo poner “cara” que poner “rostro”, no es lo mismo poner “edificio” que “construcción”, “hospital” que “nosocomio”. Tenés que identificar los matices de tu estilo, entender cuál es tu voz propia, buscar esa voz. Saber que ese estilo tiene que ser flexible y no camaleónico. Que tomen un texto tuyo y sepan quién lo escribió antes de leer la firma. Pero hay que saber que no es lo mismo escribir una crónica sobre, qué sé yo, la guerra de las Malvinas que sobre el pianista Bruno Gelber. Hay que dominar el lenguaje.

“En los talleres el primer defecto que salta a la luz es lo caótico. Rimas internas, repeticiones de palabras, catorce veces la preposición ‘para’ en la misma frase, el uso salvaje de la coma, como si fuera orégano salpicado sobre la pizza. El campeonato de sinónimos: una vez ‘dijo’, pero después ‘confesó’, ‘expresó’, ‘consideró’, ‘agregó’… ¡Por Dios, la gente “dice”! Es una palabra chiquita y noble. Pero a veces realmente necesitás que una persona ‘ahuyente’ o ‘exprese’ o ‘confiese’. Aunque ya te haya confesado veinte cosas por el camino, esa vez necesitás usar la palabra ‘confiesa’. Muchísimas veces se pierde el sujeto por el camino. O se pierde un incidental, o no hay concordancia verbal. Empezás a visibilizar las estructuras de los textos. Son la base sólida del edificio, que puede ser circular o cronológicamente lineal. Si usás siempre la misma estructura, resulta aburrido o revela que no tenés muchos recursos. Cuantos menos riesgos te atrevas a tomar, más se verá tu condición de autor de escasos recursos narrativos. Roland Barthes decía que el texto tiene que probarme que me desea. La escritura es una cosa que está viva, que trabaja, que tiene sangre, que tiene problemas. La redacción es un museo de cera.

“A todo esto se llega partiendo de la nave madre, que es el reporteo bien hecho. Si no sabés reportear, investigar y hacer trabajo de campo, todo lo demás será una carpa montada sobre la nada. Se la llevará el viento.”

¿Cómo te llevás con la tecnología?
No uso redes sociales, y el celular lo uso solo para hablar por teléfono. Los mensajes, por correo electrónico. Yo me eduqué de alguna manera pensando “en contra de”, tratando de hacerme un criterio propio, leyendo tres o cuatro diarios al día, poniendo todo en duda. Me parece que las realidades se vuelven más interesantes cuando son más inestables, cuando la gente no parece tan genial ni tan perversa, sino una mezcla. Desde hace varios años hay un hábito de falta de formación en el pensamiento crítico. Solo se pastorea en las redes.

¿Nunca se tocan la ficción y la no ficción?
Hay gente que lo hace, sí, pero a mí me gusta entender cuál es el pacto de lectura que hago como lectora y como alguien que escribe. Javier Cercas dice que una sola gota de ficción en un libro de no ficción lo transforma en un libro de ficción.
En el método con el que trabajo, si tuviera que meter alguna cosa de ficción sería por no haber trabajado bien, por no haber hecho bien el trabajo de investigación.

Digo eso sabiendo que cuando uno entrevista gente trabaja con una materia completamente engañosa, que es la memoria del otro. A veces el otro te engaña sin siquiera darse cuenta de que te está engañando. Pero ahí tenés una herramienta periodística básica, que es no contar solo con un testimonio, sino con 45, que puedan contradecirse, refrendarse, dar otra versión. Y si sos una persona honesta, se lo decís al entrevistado, le mostrás esas contradicciones, aunque sea incómodo.

“En ocasiones, la memoria cambia. Soy muy consciente de que trabajar con el recuerdo es deslizarse sobre una fina capa de hielo y hay que tomar muchísimas precauciones. También soy consciente de que los entrevistados siempre te van a querer manipular de alguna manera. Entonces, trato de que no me encadenen, Yo, primero que nada, dudo. Me sirve mucho. Después de haber pasado por una entrevista determinada y haber preguntado determinada cosa, vuelvo a preguntar lo mismo, a ver si no viene una versión distinta. Trabajo mucho con la reiteración, a riesgo de que el entrevistado me diga: «Ya te lo dije, no me estabas escuchando”.

¿Cuándo termina ese trabajo?
Cuando tenés que entregar un texto para una revista con la que te comprometiste, claro. Pero la mayor parte de las veces es una sensación de que tenés todas las preguntas que te hacías acerca de esa realidad respondidas, sin demasiado lugar a lecturas equívocas. A mí me pasa que hacia el final vuelvo sobre cosas que siento que todavía no están del todo despejadas, pero que ya he preguntado antes, y me voy metiendo en callejones sin salida. O no hay nada ahí o realmente nunca me lo va a decir.”

¿No temés por tu oficio con la competencia de la IA?
¿La gente iría a un museo repleto de cuadros pintados por inteligencia artificial? La no ficción es una tarea creativa. Lo que querés hacer es hacerla lo mejor posible, transitar ese camino tortuoso, complejo, que está lleno de curiosidades, de dificultades, de gente que no te da entrevistas, de gente que te las rechaza, de contradicciones, de mirar realidades muy complejas y salir del otro lado pensando: “He vencido”. Si todo lo hace la máquina, ¿qué decís? “¿He publicado?”

“Por supuesto hay una responsabilidad social en el hecho de contar historias de gente real y muchas veces viva, porque podés causar daño, pero hay un goce estético en el hecho de crear, de traer al mundo algo que no existía y que ahora existe. Termina siendo un reflejo, una especie de arqueología del presente. Yo no estoy pensando “con este libro voy a cambiar la conversación sobre los años ‘80 en la Argentina”, o “este libro va a sacar a la gente de la miseria”, “este libro va a hacer que la gente no se suicide nunca”. No. Yo lo cuento porque la historia me parece increíble. Sea lo que sea: arte, belleza, horror…»

Fotogracía: Alejandro Guyot
Publicaciones recomendadas
Comentario
  • Diego Bigongiari

    ¡Una foto de Leila Guerriero sonriendo! ¡Bravo Alejandro Guyot!

Deja un comentario