Fotografía: Enrique García Medina

Entrevistamos a Diego Cabot el 4 de mayo de 2026, la noche antes de su declaración por los cuadernos de las coimas en los tribunales de Comodoro Py.

Cuando pautamos la nota, no sabíamos que iba a estar en las vísperas de un día agitado, así que cuando nos enteramos le propusimos una charla corta que continuaría en alguna ocasión más propicia, para que se fuera a descansar temprano.

Dos horas después seguíamos hablando.

Fuego amigo

“Las personas que más me criticaron no fueron ni los empresarios ni los funcionarios ni el kirchnerismo. Los más críticos fueron mis colegas, los periodistas”, nos dijo.

En 2018, Cabot consiguió “la mayor primicia de La Nación en toda su existencia”, como nos dijo el histórico ex secretario general de Redacción José Claudio Escribano. Y “toda su existencia” son casi 160 años.

Cabot pensaba que como la sesión del martes 5 empezaría bien temprano ya habría terminado al mediodía, pero esta vez no calculó bien, porque los jueces, la fiscal y, sobre todo, los defensores de los acusados lo tuvieron declarando hasta la medianoche. No hay demasiados ejemplos de declaraciones de este tipo que duren trece o catorce horas. Éste fue uno de ellos, si es que hubo otros.

En su edición del 6, el día siguiente, La Nación publicó una crónica discreta. Su autor, Federico González del Solar, destacó la presentación que hizo de sí mismo el declarante: “Diego Hernán Cabot. Soy periodista”, y consignó que la primera parte de su relato se ordenó a partir de los temas que le planteó la fiscal, Fabiana León, y que después vino la lluvia de preguntas –repetidas, capciosas, todos tratando de que pisara el palito- de los abogados defensores. También dice que la abogada de Baratta, la ex ministra Elizabeth Gómez Alcorta, le pidió al tribunal que le ordenara a Cabot que identificara a sus informantes. “Otras defensas se sumaron al pedido de Gómez Alcorta, se abrió un incidente y el tribunal, después de una hora de deliberación, resolvió en favor del periodista, que finalmente no tuvo que revelar sus fuentes.”

Esta victoria –previsible, ya que la reserva de fuentes periodísticas está garantizada en el artículo 43 de la Constitución- casi no fue consignada por los medios afines al kirchnerismo. En Ámbito, la periodista Vanesa Petrillo dijo que la “exposición” de Cabot “reavivó dudas sobre el origen del material, la falta de cadena de custodia y la construcción de la evidencia que dio inicio al expediente”.

Tanto Ámbito como Página/12 y El Destape cayeron sobre Cabot con argumentos muy bien sincronizados sobre estos ejes:

  • No hubo control judicial sobre los cuadernos, porque durante meses permanecieron en poder del periodista, quien admitió haber trabajado con los originales en su casa e incluso habérselos llevado con él cuando se fue de vacaciones.
  • Cabot le entregó el material directamente al fiscal Carlos Stornelli y al extinto juez Claudio Bonadío en lugar de llevarlo a la Cámara Federal para el correspondiente sorteo de jueces y dijo que lo eligió a Stornelli porque lo conocía “de la vida pública”.
  • Ante una pregunta del defensor de Cristina Kirchner, Carlos Beraldi, Cabot reconoció que en su libro “Los cuadernos”, en el que narró pormenores del caso, había usado licencias literarias que incluían “pasajes ficcionados”. En verdad, lo que declaró el periodista fue que había hecho “una reconstrucción periodística”, basada en los datos disponibles, pero organizada para hacer comprensible la historia”.
  • En los cuadernos de Centeno había tachaduras y correcciones, lo que impedía tomar en serio el resto de su contenido. La explicación de Cabot fue que esos borroneos “son propios de quien escribe a mano alzada”.

Mientras tanto, la crónica de Clarín, que firma Lucía Salinas, subraya la irónica precisión con la que Cabot respondió a las chicanas de sus inquisidores.

“‘¿Por qué le dio curiosidad ver los cuadernos?’, le preguntó la defensa de Baratta, a cargo de la ex ministra K de la Mujer Elizabeth Gómez Alcorta. Cabot no tardó en responder y, casi como una obviedad, le dijo: ‘Porque soy periodista’. Al avanzar con la declaración testimonial, Cabot contó que como había tantos empresarios mencionados en los cuadernos comenzó a reunirse con ellos. La defensa, nuevamente de Baratta, le preguntó por qué se había reunido con ellos. ‘Porque hice mi tarea de chequeo como periodista.  Yo hice mi chequeo. lo que hizo la Justicia después fue corroborar los hechos’, contestó Cabot.”

Pero las redes sociales y los lectores de los medios online son inmunes tanto a la delicadeza y a la buena educación como a la expresión civilizada de sus dudas. Van como ejemplo cuatro posteos de lectores de El Destape. Un tal García Massa dice sencillamente: “Preso”. La señorita o señora Romina Laura se extiende un poco más: “Jajaja ficciones que ni él se acordaba haber escrito…. Jajajaja”. Sin pruebas, pero seguro de sí mismo, Juan Torres dice: “Él escribió los cuadernos con Storneli y Bonadío”. Y Héctor Gallegos no quiere ser menos: “Ahora falta la ficción de la película…”

Es un caso extraño y espectacular por donde se lo mire. Tiene que ver con las coimas que grandes empresarios les pagaban a funcionarios del gobierno de Cristina Kirchner para quedarse con las obras públicas. Aquí vienen dos nombres importantes: Roberto Baratta y Oscar Centeno. Baratta era el segundo del ministro –de Obras Públicas, precisamente- Julio De Vido. A Baratta se lo acusa de pasar por las empresas a recaudar y de embolsar, literalmente, los billetes. Centeno era el chofer que lo llevaba, y era de consignarlo todo de puño y letra: anotaba a mano en cuadernos escolares dónde iba cada día, cuánto cobraba y a quién se lo llevaba después de cobrarlo.

Más complicaciones: al parecer, Centeno llegó a asustarse de sus propios apuntes, porque eran sobre gente realmente pesada, y se los dio en custodia a un anciano policía retirado, Jorge Bacigalupo. Se dice que Bacigalupo era muy crítico del peronismo en general y en particular del kirchnerismo y que admiraba a su vecino Diego Cabot. Entonces le ofreció los cuadernos. Era el 8 de enero de 2018.

Después hubo varias complicaciones: los cuadernos fueron y vinieron. Antes de que reaparecieran se habían hecho fotocopias.

Algunos de los cuadernos a los que tuvo acceso el periodista Diego Cabot.  (Foto:  La Nación)

El diario decidió chequear todo muy bien antes de publicarlo y Cabot redobló la cautela poniendo el caso en manos de la Justicia y haciendo la correspondiente denuncia.

El diario publicó su primicia el 1° de agosto de 2018, casi siete meses después de tenerla entre manos, lo cual debe de estar cerca del record mundial, si no es el record mismo. El juicio comenzó casi siete años más tarde, el 6 de noviembre de 2025. Hay 87 imputados: 22 ex funcionarios y 65 empresarios. Algunos se arrepintieron, decidieron colaborar con la investigación y después se desarrepintieron. Obviamente, entre ellos no estuvo la imputada principal, la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, acusada de ser la jefa de una asociación ilícita.

El juicio durará varios años, puesto que está todavía en la primera instancia. Son unas cuantas instancias y hay cientos de testigos que esperan turno para prestar declaración.

“Nada me gusta más que el periodismo, pero…”

Al llegar a su departamento de Libertador, encontramos a un Cabot sereno. Es un hombre cordial, amigable, que no adopta nada parecido a la pose de un campeón mediático. Al revés: muy racional, se siente dueño de sus palabras y toma distancia crítica de sus propios reveses. Pero después de un rato de conversación aparece otro Diego, más sanguíneo, y quien lo escucha comienza a preguntarse si el logro enorme de su descubrimiento periodístico fue un golpe de fortuna o un calvario.

La duda aumenta cuando dice que esperaba cualquier cosa -nada bueno, por supuesto- de los políticos y los empresarios implicados, pero que no esperaba que sus propios colegas lo evitaran y le hicieran experimentar alrededor suyo una sensación de vacío. No es que Cabot haya hecho su trabajo pensando en recompensas o premios, pero parece comenzar a preguntarse si las complicaciones en que se ha metido han valido realmente la pena.

Éste es el diálogo en sus partes centrales:

¿Qué te hizo llevar la causa de los cuadernos a la Justicia?
Yo siempre pensé que la Argentina debía resolver esto como es debido. Es decir, con un juicio justo, en el que todos tengan posibilidad de defenderse, para llegar después hasta donde la Justicia lo determine.”

¿Mantenés la confianza?
Yo la mantengo, pero si me preguntan si la Argentina está en condiciones de generar un juicio de este tipo, bueno… Hemos dado muestras de que le cuesta, ¿no? También le cuesta a nuestra sociedad canalizar un juicio semejante.

¿Qué pensaste al ver que varios arrepentidos se desarrepintieron?
A mí mucho no me preocupa eso. No se olviden de que la Argentina tiene un derecho penal constitucional que le permite al imputado mentir en las indagatorias. Entonces cada cual traza su estrategia judicial. Nadie puede condenar a una persona porque quiera salvarse, y está bien que lo intente. Me imagino que ante un proceso yo también trazaría la estrategia judicial que me pareciera más conveniente. Entonces, lo que en su momento les era funcional a estos arrepentidos, bueno, ahora no lo es, por diferentes razones. Yo puedo suponerlas. Por eso no me molesta tanto ni le doy tanta importancia porque, como les digo, en la primera fase del proceso el imputado puede negarse a declarar. Y si declara puede mentir.

Los medios kirchneristas aprovecharon estas contradicciones para demostrar que todo el caso es mentira. Unos y otros son tan enfáticos que es como si viviéramos en dos países distintos.
Yo tomé una decisión costosa desde los puntos de vista profesional y económico, que es no polemizar con nadie. No me habrán escuchado jamás salir al cruce de estas sospechas, ni siquiera con periodistas de La Nación, mi propio diario.

Pero ¿qué sentís cuando ves que esos desarrepentidos dicen que dijeron lo que dijeron porque los presionaban el ya fallecido juez Bonadío o el fiscal Stornelli?
Como les digo, pienso que es parte de una estrategia. No me suena creíble, obviamente, porque muchas de las cosas que dijeron cuando se arrepintieron me las habían contado a mí primero. En mi cobertura periodística de años –cuando fui jefe de la sección Economía, por ejemplo- tuve relación con muchos empresarios que terminaron procesados en esta causa. Ellos me contaron cómo era el asunto y yo ya lo había escrito en mis crónicas periodísticas y en mis libros. Les cuento una historia pequeña para ilustrarlos. Como periodista de La Nación, yo siempre cubría los coloquios anuales de IDEA, el Instituto para el Desarrollo Empresario de la Argentina. Una vez me invitaron a dar una charla ante los directores ejecutivos de las compañías más importantes del país. Fue al mediodía, en un almuerzo. Yo les dije a todos: ‘Vamos a empezar con un juego. Levante la mano el que se haya enterado por alguna investigación mía de que se pagan coimas en las licitaciones de obras públicas’. Nadie levantó la mano. Porque todos sabían. Todos sabíamos, porque todos sabemos que la política se financia con aportes de empresas que muchas veces no están ni siquiera declarados. La gente se pregunta cómo es posible que los políticos terminen su función y no trabajen más. ¿Cómo puede ser? Yo tengo que declarar ante la Justicia mañana a la mañana. Si al mediodía me llaman del diario y me dicen: ‘Ya no trabajás más aquí’, tengo que salir a buscar empleo, porque sin mi sueldo ni siquiera puedo pagar las expensas. O sea: yo soy empleado. Pero los políticos dejan sus cargos y no trabajan nunca más.

Siempre se sospechó que había sobornos y coimas en la adjudicación de obras públicas, pero lo diferente en esta causa es que no se trata de operaciones financieras difíciles de entender, sino de mecanismos directos y bastante simples.
Claro: no estamos hablando de sociedades en una isla del Pacífico, ni de triangulaciones y criptoestafas. No: era un flaco que pasaba en un auto, bajaba otro con una valija y le daba la valija con la plata. Hay muchos empresarios arrepentidos y muchos más que reconocen haber pagado, aunque dicen que fueron aportes electorales. Eso es reconocer un pago. Lo que buscaba yo, y lo que encontré, era un esquema recaudatorio.

¿Cuántos procesados tiene la causa?
En total estamos hablando de más o menos 160 procesados. (El cálculo varía según las fuentes y los rubros acusatorios que se tomen en cuenta.) Y ésta es una parte. Hay más partes que van a surgir de otras cuestiones. Esta primera parte tiene que ver básicamente, mayoritariamente, con la contratación de obra pública.

¿Cómo explicás que tantos empresarios hayan hablado?
Eso fue, quizás, lo más fantástico. Que fuera relatado por los propios protagonistas. Es como si hubiera habido una ventana de tiempo en la que se rompió ese mundo, esa cofradía, esa omertá que existió siempre en derredor de la obra pública.

¿Y por qué se rompió?
No fue por miedo a mí. Fue porque le tenían miedo a la Justicia. Es gente que no está acostumbrada a la Justicia. Digamos que no funcionan con el miedo a la Justicia que tenemos los demás mortales. Por una simple razón: porque para personas que tienen mucho dinero un problema es un problema cuando no lo pueden arreglar con plata. Si no, es un costo. Y gran parte del empresariado argentino que trabajó toda la vida cerca del Estado como pagador vio a la Justicia y a los problemas judiciales como un costo.

Esto tampoco parece hablar muy bien de la Justicia.
No habla bien de la Justicia, porque no puede ser que si todos sabíamos que el contratista del Estado es el gran aportante de las campañas políticas solamente se discuta si hubo o no corrupción en este caso. Entonces, lo que ocurrió fue que en un determinado momento se abrió una ventana de tiempo y los empresarios le tuvieron miedo a la Justicia. Iban a declarar y veían que sus pares que habían pagado quedaban detenidos. Sus abogados les decían: “Yo no les puedo asegurar que si declaran no queden detenidos.» Estamos hablando de los mejores abogados de la Argentina. Los más caros. Hubo empresas que incluso hicieron un pequeño concurso de estudios de abogados. Entonces, la opción era hacer un acuerdo con la fiscalía. Esa fue una estrategia judicial.

¿Los grandes empresarios tuvieron miedo de la Justicia?
¿Qué creen que le pasa a cualquiera que va a declarar a la Justicia imputado por un delito? ¿No tiene miedo a quedar preso? Obviamente que sí. Y bueno, ¿cuál es la diferencia?

Pero eso no explica que confiesen un delito que no han cometido porque un juez o un fiscal les dice: “Si no dicen esto, van presos”.
Eso es lo que dicen ellos. No es lo que realmente pasó. Eso es lo que dicen ellos en una instancia indagatoria. Pero el derecho penal funciona con el temor a perder la libertad. La historia penal del planeta se construyó con el temor a perder la libertad.

Vos hablás de las fortunas que deben haber cobrado los abogados a los que te vas a enfrentar mañana en tu declaración en Comodoro Py. ¿Qué obtuviste vos, en comparación? Entre otras cosas, también sos abogado, ¿no es cierto?
No obtuve nada. Nada.

¿El diario no te dio respaldo legal?
Me apoyó en todo lo que me puede apoyar una institución como el diario, pero no me ofreció su estudio de abogados. A mis abogados me los procuré yo por mi cuenta, con gente de confianza.

Es delicado, porque si la causa se cae y vos te caés con ella, también se cae el diario.
Es que nada tiene por qué caerse. Yo solamente denuncié un hecho. ¿Cuál es el delito de hacer una denuncia? Si te roban la bicicleta, ¿qué haces? Una denuncia. ¿O salís a buscar a la persona que te robó para hacer justicia por tu propia mano?

¿Tu investigación te trajo consecuencias indeseables?
Bueno: a mí me robaron veinte veces después del caso. ¿Quieren que les cuente todas las que pasé? En enero del 2020, un mes después de que asumiera el gobierno de Alberto Fernández, me robaron tres veces. Me robaron la camioneta, les robaron a mis hijos. Me robaron a mano armada. Me preguntaron por la calle si yo era Cabot y cuando estacioné me robaron la rueda de auxilio. Me hicieron mil cosas. Y lo peor son las amenazas constantes. “Vas a ir preso. Te vamos a matar”. Todo el tiempo. Por WhatsApp, por las redes sociales. Es muy violento vivir con eso.

¿Tenés seguridad personal?
No, nunca tuve. Fue una decisión que tomé a conciencia, porque si yo estoy custodiado y alguien me quiere hacer algo, ¿adónde va a ir? A mis hijos. Entonces pensé: si me quieren hacer algo, que me lo hagan a mí. Siempre preferí ser yo el anzuelo. Sigo viviendo como vivía antes. Voy a seguir andando por la calle, y si mañana me pasa algo que me pase a mí, no a mis hijos.

¿Alguna vez te agredieron físicamente?
No, físicamente no, pero sí de otro modo. Eso es mucho peor que una paliza.

¿Nunca te arrepentiste de tu noticia bomba?
No, nunca, porque soy periodista, y los periodistas solemos actuar con una inconsciencia muy grande. La pasión por la noticia nos lleva a forzar límites, y yo soy, literalmente, un apasionado de lo que hago.

Pero esa pasión no te inhibió de esperar casi siete meses desde que recibiste los cuadernos hasta la publicación de la primicia. Una cosa de superhombre para la ansiedad de cualquier periodista.
Pero yo también tenía miedo físico, por mí y por mi familia. De ahí la cautela. Por eso acudí a la Justicia. Tal vez, sin la denuncia la Justicia no hubiera hecho nada. Tal vez yo hubiera escrito un libro de ficción, para protegerme. Es contrafáctico. También puede haber sido cobardía. No soy un superhombre y estaba lidiando con gente de muy pocos escrúpulos y mucho dinero, gente capaz de accionar todas las herramientas que puede tener a mano.

Estuviste ante jueces muchas veces. ¿Te despierta una sensación similar lo de mañana, esta declaración frente a los notables abogados de los empresarios y funcionarios sospechados?
No es similar porque no hay ningún juicio con semejante cantidad de gente. O sea: no hay ningún juicio con 80 afectados y con 80 defensas. No hay, no existe. En la causa Vialidad, que fue muy grande, eran apenas diez u once los imputados. Mañana va a haber 80 estudios de abogados. Será un teatro, en una sala para 200 personas, donde estará el tribunal, la fiscal, los 80 abogados, no sé si irá también algún imputado. Y yo.

¿Y cómo te preparaste vos?
Como les digo, es muy difícil prepararse para una situación así. Yo estoy absolutamente tranquilo con lo que hice. No tengo nada que esconder.

¿Vas a ir con un abogado?
No puedo, porque yo no soy imputado, sino simplemente un testigo. Como testigo, tengo la obligación de decir la verdad, cosa que ninguno de los imputados tiene en todo el proceso. Y no puedo tener abogado, cosa que también todos tienen. Es una situación muy asimétrica. Uno jura decir toda la verdad, pero después de ocho años hay cosas de las que me acuerdo y otras de las que no me acuerdo. Yo soy como el testigo que ve un robo en la calle y le preguntan: “¿Lo viste al ladrón cuando salía corriendo de ese edificio?” “Sí, lo vi.” “¿Y qué pasó después?” “No sé, yo vi que salía corriendo…”

¿Tenés confianza en que el juicio se resolverá rápido?
Debo confiar en que la Argentina sabrá procesar un juicio de este tamaño, pero faltan muchas instancias: la Cámara, la Casación, la Corte Suprema. Se me está pasando la vida con esto, pero pienso que faltan muchos años todavía.

¿Qué pensás de las sospechas de que la corrupción sigue en el gobierno de Milei?
Es posible que ningún gobierno esté exento de tener funcionarios corruptos, pero el problema no es el funcionario corrupto, sino el sistema. Lo que más me frustra es que la política argentina no haya sabido generar un nivel institucional que evite que esto se repita. Mientras tanto, podemos discutir si el gobierno anterior, éste o el que vendrá son más o menos corruptos. Pero no es una cuestión de números. No importa si éste se llevó cinco y el otro diez mil. La política tiene que generar una estructura para que se la investigue cuando es poder.

¿Estaríamos cerca de eso?
Yo soy tremendamente crítico. Gran parte de los imputados que van a estar sentados mañana frente a mí se están quedando con negocios que llegan hasta 2050. Y para mí eso es una enorme frustración. O sea, estamos hablando de gente poderosa. Éste es el poder estable, no es el poder político de turno. Hoy se están quedando con concesiones viales para 35 años. O sea, yo voy a morir transitando por las rutas que hará esta gente. Y yo fui contra ese poder, no contra el poder político.

Pero el sector político afectado fue el kirchnerismo.
Eso es relativo, porque el primer arrepentido del caso fue el primo del presidente en ejercicio cuando salió la nota. (Se refiere al constructor Angelo Calcaterra y a su primo Mauricio Macri.) O sea, no es que yo haya ido contra el kirchnerismo. Ésa es una lectura pequeña y, en algún punto, miserable. No fue una cruzada contra los “kukas”. Yo fui contra el poder establecido. Entonces, yo tenía mucho miedo.

¿Por qué no saliste al cruce de las acusaciones de haberlo inventado todo?
Tuve buenos consejeros, gente que me apoyó mucho. Por ejemplo, mis colegas Nelson Castro y Jorge Fernández Díaz. En su momento, Jorge fue uno de los que más me insistieron en que contestar era una pérdida de tiempo y de energía. Me llamaron de muchos canales y yo trataba de administrar el no. Pero una vez me llamaron de la producción de Santiago del Moro, que en ese momento hacía “Intratables”, y yo dije: “Bueno, bancame que cuando salga del diario voy a ir”. Obviamente salí tarde, a las diez y media de la noche, y el programa empezaba a las nueve. Cuando llegué me enteré de que había estado el abogado de uno de los imputados hablando pestes de mí. Me preguntaron si quería decir algo, y yo dije: «No tengo nada que contestarle, porque él es una palabra rentada. El imputado le pagó para que hiciera su trabajo y él lo hace ante la Justicia y en los medios. Si yo le pagara el doble de lo que le paga su defendido, posiblemente dijera que soy rubio y de ojos celestes”. (Cabot es un pampeano más bien morocho.)

¿No te duele que hablen pestes de vos?
Lo que más me dolió es que de los periodistas que fueron críticos conmigo nunca ninguno me haya llamado.

¿Los que estaban en el bando opuesto?
Bueno, no lo sé. Digamos. Yo no hablo de bandos. Yo digo que las cosas más crueles que leí fueron opiniones de periodistas.

¿Y qué pasa cuando te los encontrás por la calle?
No me cruzo con mucha gente, porque soy muy solitario y no participo mucho en la vida social en general. Este tema me llevó a ser muy cuidadoso, a poner una pared muy grande con todo el mundo, a ser muy reservado, a defenderme solo, porque sé que finalmente mañana voy a estar solo cuando preste declaración. Nunca le pedí nada a ningún colega. El que me llamaba, bien y el que no, también. Lo que sí les digo es que nunca me llamó ninguno de los que dijo equis cosas de mí. Y cuando digo nunca es nunca.

¿Seguís cubriendo la causa Cuadernos?
No la pude cubrir nunca más después de los primeros días. Cuando la causa se hizo pública, a todo el mundo le pesaba hablar conmigo. Entonces empecé a perder con mis colegas, que tenían mejor información que yo. Los implicados, los jueces, los fiscales y los abogados ya no querían hablar conmigo porque les generaba mucho compromiso. Puedo escribir un análisis, obviamente, pero no le conozco la cara al periodista que hoy se ocupa del tema en La Nación. No sé quién es. Si me lo cruzo por la calle, no lo conozco. Nunca habló conmigo. Nunca. Pero me he acostumbrado a que se hable de mí y nunca me llame nadie para decirme: “Che, mirá, Diego, me dijeron tal cosa…” Por supuesto, el director, Fernán Saguier, y el secretario general de Redacción, José del Río, siempre estuvieron cerca. Pero son muchos más los que me criticaron.

¿Podrías citar a alguno?
Lo voy a contar porque está publicado: Carlos Pagni dijo que la causa estaba bancada por los Eskenazy. A su manera, claro. Todo borroso. “Habladurías…”

¿Te afectó para el resto de tu trabajo periodístico?
No, yo trabajo igual, digamos. Me gusta contar historias y aportarles una estructura periodística. Me gusta, pero no sé hasta cuándo. Es posible que después de mañana, el día 6 de mayo, empiece a mirar la vida de otra manera. No hay nada que me guste tanto como el periodismo. Pero a veces hay que soltar. Porque ¿toda la vida me voy a bancar quedarme en el medio de una disputa en la que no tengo nada que ver? Seguramente, voy a empezar a pensar distinto cuando pase este momento.

¿Qué te dicen en las redes sociales?
Miren, yo voy a entrar al ex Twitter ahora mismo para que ustedes vean lo que me llegó hoy. (Efectivamente, lo hace, en vivo y en directo, y encuentra un par de cientos de mensajes.) Por ejemplo, un tal Gabriel Arroyo pone, hace seis horas: “A vos tendrían que imputarte por generar causas y pruebas falsas operando políticamente”. Un tal Eduardo Orfanelli: “Mínimo, deberías estar preso por la estafa de los cuadernos”. Otro: “Por lo menos, pagá de tu bolsillo todo lo que nos costó a los argentinos esta causa”. Otro: “Con que vaya en cana Diego Cabot me conformo”. Y así todos los días, desde hace siete años. Yo guardo algunos mensajes violentos, que me han hecho llorar. Por ejemplo, que les encantaría verme morir de cáncer. No sé cómo pueden desearme algo tan tremendo.

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