
Christopher Olah y el Papa León XIV Foto: Alberto Pizzoli para agencia AFP
Tiemblen, apocalíptico: ya se comienzan a ver señales de que no es tan segura como creían la desaparición de la especie humana y su reemplazo por máquinas que resuelven las cosas por sí solas y que pronto decidirán deshacerse de esa enorme molestia que somos.
Es una fake aquello de que el mundo que vendrá será inhumano y que no hay nada que hacerle Ya se le ven las patas a esa distopía. El reemplazo masivo de empleados por máquinas de inteligencia artificial anunciado por el Standard Chartered Bank de Londres en mayo de 2026 fue amortiguado con disculpas sentidas de su director, Bill Winters, ante la indignación que causó su argumento de que la medida solo afectaría al “capital humano de bajo valor”.
Y se están viendo incluso reacciones violentas, como el cóctel Molotov lanzado en abril del ’26 contra la casa del director ejecutivo de Open AI, en San Fancisco.
Pero hay dos hechos todavía más impresionantes. El primero, la encíclica de León XIV, “Magnífica humanidad”, o “Magnifica Humanitas”, excepcionalmente anunciada en persona y en público por el primer papa norteamericano. Con su medio tono habitual (que no debería ser tomado por timidez), dijo: “La inteligencia artificial debe ser desarmada. La palabra es fuerte, lo sé, pero elegida deliberadamente, porque este momento necesita palabras capaces de llamar la atención, despertar conciencias e indicar caminos a seguir para la humanidad”.
Y dijo más: “Cuando un poder de tal magnitud (el de las grandes corporaciones tecnológicas) se concentra en pocas manos tiende a volverse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”.
El segundo hecho notable tiene que ver con el público invitado a la inédita presentación papal de su primera encíclica. En especial, tiene que ver con una persona de ese público: Christopher Olah, un canadiense de poco más de 30 años que a los 18 ingresó en el equipo de Google Brain. Allí desarrolló los modelos de lenguaje que alimentan el cerebro de los chatbox y estudió cómo “piensan” los “sujetos” como Claude y Chat GPT. O sea, y para seguir con las siglas en inglés, cómo funcionan los LLM (Large Language Models).
«Seguimos encontrando cosas misteriosas, incluso inquietantes, en la inteligencia artificial”, dijo Olah. Y aunque sigue metido en el negocio, dice que el mundo necesita “críticos competentes que les digan a los laboratorios cuándo se equivocan y voces morales que no se dejen doblegar por los incentivos económicos”.
Olah trabajó en Open AI del 2018 al 2020. Ese año esa empresa estadounidense sufrió una fractura que fue el escándalo del año en Silicon Valley. La encabezaron los hermanos italianos Darío y Daniela Amodei, en desacuerdo con la falta de responsabilidad social en la que, a su juicio, estaba incurriendo la compañía. “La mayoría de la gente subestima lo radical que podría ser el potencial de la IA, así como creo que la mayoría de la gente subestima lo graves que podrían ser sus riesgos”, dijo Darío Amodei.
Fundaron entonces su propia firma, Anthropic, y Olah se fue con ellos. Pese a que eran empresarios que pedían a gritos más control del Estado, no les fue mal. En mayo de 2026, el valor estimado de Anthropic era de 965.000 millones de dólares.
Cuando habló después del papa Prevost en el Vaticano, Olah dijo que era urgente controlar a la IA en tres grandes asuntos: que no se pierdan puestos de trabajo, que los beneficios del nuevo logro tecnológico sean para todos y no solo para tres o cuatro magnates y que se siga con mucho cuidado la evolución del pensamiento de las máquinas, no sea cosa de que se vuelvan demasiado independientes.
