
Foto: Gentileza Hugo Alconada Mon / Redes sociales
Es considerado el mejor periodista de investigación de la Argentina y su reputación se extiende en los principales medios gráficos del mundo. En su trabajo, Alconada se vale de un disciplinado método y de un criterio estricto para decidir con quién vale la pena hablar y a quién ni siquiera vale la pena devolverle el saludo.
En este último grupo sólo hay una categoría de personas: los periodistas corruptos.
“¡Huguito!” El cajero y el mozo reciben al unísono al hombre que entra en la cafetería. Hasta la llegada del famoso periodista de investigación Hugo Alconada Mon, ambos empleados nos habían tratado con la descortesía habitual que se impone en el microcentro porteño. Cuando el recién llegado se sumó a nuestra mesa, levantaron nuestro pedido de tres cafés con diligencia exagerada.
Alconada explicará enseguida el cambio de clima: en ese bar cualunque, como en otros similares, “Huguito” realiza algunas de las entrevistas que después publica en el diario La Nación, que suelen hacer volar por el aire a funcionarios y que causan taquicardia a los empresarios. “Los muchachos del bar son supergenerosos: en la planta alta ponen un cartel que dice ‘Baños clausurados’ para permitirme trabajar tranquilo.”
No es la única oficina improvisada que tiene en el bajo porteño: “Acá enfrente hay otro bar con entrepiso, y allí ponen una soguita para que no venga nadie a interrumpirnos. Y en un par de hoteles me dan habitaciones o salas muy discretas para que yo me pueda reunir con quien quiera. Las reservas no están a mi nombre y nadie me pregunta a quién vengo a ver. ‘Vos pasá’, me dicen”.
Pero acá, en la planta baja de esta cafetería, ni carteles ni sogas nos separan del resto de los parroquianos. Varios lo reconocen y lo observan sin disimulo. Es evidente que el entrevistado será él y que no ha venido a cosechar secretos ajenos, como los que lo han convertido en ganador del premio Moors Cabot, del Pulitzer y del Konex de Platino. Hugo Alconada es colaborador del New York Times y de El País de Madrid, y es referencia del Financial Times, de The Economist, del Washington Post y del Wall Street Journal. Además, integra la Fundación Gabo (por Gabriel García Márquez) en Colombia y el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por sus siglas en inglés). Varios de los diez libros que ha publicado se transformaron en best sellers.
Todo gracias a un riguroso método de trabajo y a una pequeña ayuda de los amigos, como los empleados súbitamente encantadores de esta cafetería: “Es mucha la gente que me ayuda en mi trabajo. Pila de personas. Hay contadores que se sientan conmigo a analizar los balances de una empresa que estoy investigando, policías que me supervisan en temas de criminalística y abogados que me han asesorado gratis. Uno de esos abogados de doble apellido que para contratarlos tendría que embargar mi casa me llamó para decirme que si me llegaban a denunciar -no a demandarme, sólo a denunciarme- me iban a defender gratis. ¿Por qué? Porque creen que estamos haciendo lo correcto, que el periodismo es un servicio público y es la forma en que ellos pueden, aunque suene grandilocuente, poner un granito de arena por el país”.
Alconada también tiene una “pequeña ayuda” de los enemigos: “Yo los saludo sin problemas y les doy la mano a narcos, asesinos, sicarios y coimeros. Les digo ‘sentante y charlemos’, porque sé a qué atenerme. Es fea la palabra, pero tienen códigos. Si me dicen ‘entrá, que yo te cuido’, el tipo me va a proteger. Y puedo estar en medio de una zona liberada, a la que no entra la poli bonaerense ni mamada, tomando cerveza tranquilo, porque sé que la persona que me dijo que me iba a cuidar me va a cuidar”, afirma.
A los únicos a los que les niega el saludo es a algunos colegas. “Me duelen las generalizaciones, pero el presidente Javier Milei toca una cuerda correcta cuando habla de ensobrados. El nivel de corrupción que hay en nuestro oficio es galopante. El nivel de cinismo, el nivel de hipocresía, es notable. Milei verbaliza lo que muchos en la comunidad piensan.”
¿Y vos qué pensas?
Yo también lo pienso. Hay muchos colegas a los cuales yo no les doy la mano: arreglan por la espalda, te utilizan. Yo respeto y admiro a Mirtha Legrand, porque la Chiqui tiene palabra. Cuando volaban las piñas, la Chiqui me bancaba mientras que había muchos colegas que decían (mira el cielorraso de la confitería) “está nublado”. “¿Me estás hablando de que está nublado mientras que lo importante es ESTO?”, pensaba yo.
“La Chiqui tenía más criterio periodístico que muchos supuestos periodistas. Decía: ‘Esto es noticia, traigámoslo a la mesa para este fin de semana’. ¿Saben la cantidad de periodistas que no me llamaron durante los años del kirchnerismo, los de Cristina y los de Néstor, y sobre el final, cuando ya Cristina no tenía poder, cuando ya se estaba yendo a su casa, empezaron a llamarme y me decían: ‘Hugo, ¿podés venir a mi programa?’ Y lo mismo con el gobierno de Macri. Si yo empezaba a hablar de las causas contra Macri, miraban para arriba y decían: ‘Está nublado’. Cuando dejó de tener poder, volvían a llamarme: ‘Hugo, ¿podés venir que queremos hablar de las causas de Macri?’.»
¿Cómo te preservás de la corrupción?
El circuito es chico y nos conocemos todos. Más o menos, se sabe quién es quién, quién acepta y quién no. Se sabe que yo no voy a fiestas, no voy a conciertos, no voy a reuniones del Día del Periodista, no voy a cenas, no acepto regalos de cumpleaños, no acepto los regalos del Día del Periodista ni de Felices Fiestas. Nada.
“Me han contado que incluso hay tablas de Excel entre los que manejan la comunicación corporativa en las que figuran nombres, fechas de cumpleaños, si la persona acepta o no regalos, si acepta o no sobres y hasta de qué equipo de fútbol es simpatizante. Si yo fuera de Temperley y Temperley jugara la final del campeonato, seguro que me llamarían y me dirían que tienen entradas para mí…
“Cuando volví de los Estados Unidos (Hugo Alconada Mon fue corresponsal de La Nación en Washington de 2005 a 2009), vino alguien que yo conocía del secundario a sondearme al Café Roma (quedaba a metros del viejo edificio del diario, en la calle Bouchard 557). Me dijo: ‘Yo represento un grupo de empresas’, nunca me dijo cuál, ‘y ese grupo de empresas quiere apoyarte en tu reinserción en la Argentina. Si en algún momento querés hacer una maestría, nosotros te podemos dar el dinero por adelantado. Y si después hacés la maestría o no la hacés, eso lo manejás vos, a tu tiempo…’ Mi respuesta fue: ‘No te bajo los dientes de una trompada porque te conozco del colegio secundario, pero avisale a la gente que te mandó que al próximo boludo que venga a decirme eso sí se los bajo’. ‘Clarísimo, Hugo’, me dijo, y nunca más lo vi.”
Pero podrían inventar una mentira sobre vos para manchar tu reputación.
No lo puedo descartar. C5N pertenece al empresario Cristóbal López… (Alconada descubrió en 2016 una maniobra impositiva por la cual el empresario retuvo unos 8000 millones de pesos que debía haber derivado al Estado). Llegué a contar 16 fake news sobre mí en C5N. No hablaban de mis notas: hablaban sobre mí, y eran todas mentiras. Un día no les di más bola, porque pensé que si lo hacía me iba a enfermar.
“Cuando voy a subir a un ascensor, si las personas que se suben conmigo no me gustan, abro la puerta y me bajo. Les digo ‘suban ustedes’. Porque si después una de esas personas dice ‘Alcohada me tocó’ o ‘Alconada me miró de manera libidinosa’, ¿cómo carajo explico que yo no hice nada?
“Soy el único estúpido en la provincia, o en el país, que realmente respeta lo de la tolerancia cero de alcohol al volante. Vamos a tomar cerveza a City Bell con mis amigos y yo voy en tren desde La Plata (ciudad en la que vive). A tal punto es ridícula la situación, que yo tributo todo. El único titular de la AFIP (la antigua Administración Federal de Ingresos Públicos, actualmente ARCA, Agencia de Recaudación y Control Aduanero) que terminó condenado en la historia de la Argentina por un acto de corrupción fue Ricardo Echegaray, por una investigación mía. Imaginate: más vale que todos mis impuestos los tenga al día. Debo de ser el único idiota en América Latina que paga impuestos incluso por los premios que recibe. Hace poco gané el premio de la Sociedad Interamericana de Prensa y ya pagué el impuesto.
“Trabajo para La Nación, para El País de España, para Gabo, escribo libros y doy charlas. A todos les envío una factura. Me pagan y yo tributo. Puedo contar todo. Digo que no a las charlas en las empresas, excepto cuando me llaman del área de compliance y yo no investigué nunca a esa compañía. Igual, si me quieren tirar mierda, me la van a tirar.”
(En una empresa, el área de compliance es el departamento que se encarga de asegurar que la organización, sus directivos y sus empleados cumplen con las leyes vigentes, los reglamentos externos y las políticas internas o códigos de ética. Su meta principal es prevenir riesgos legales y financieros.)
¿Dirías que los periodistas ensobrados son la mayoría?
Yo creo que los periodistas somos parte de la comunidad y tenemos los mismos vicios y las mismas virtudes que el resto. Vivimos en una sociedad donde el 40 por ciento de la economía es informal, donde la tendencia es a evadir y donde si tenemos que pagar una coima para evitar que nos apliquen una multa, la pagamos. La anomia es un principio, no la excepción. Lo mismo pasa en todas las profesiones. Para mí, uno de los libros más importantes que se han escrito en los últimos 50 años sobre la Argentina es el de Carlos Nino, “Un país al margen de la ley”. Y tendemos a ser cada vez más tramposos.
“Cuando yo escribí el libro ‘La raíz de todos los males’ (Editorial Planeta, 2018) traté de concentrarme en casos concretos, es decir, no en la teoría, sino en un sistema montado para la corrupción y la impunidad. El de los políticos, el de los empresarios, el de los sindicatos, el de los medios, el de los policías y los servicios de inteligencia. Logré reunirme con el jefe de recaudación de uno de los tres principales candidatos a la Presidencia. Esa persona me mostró la recaudación completa, no la que declaran ante la Justicia. La verdadera, que es entre 11 y 20 veces más alta que la real. Me abrió la laptop, me mostró el Excel y cuando vi la cifra final, que en este caso era once veces más de lo declarado en la Cámara Nacional Electoral, me salió del alma preguntarle: ‘¿En qué carajo gastan tanta guita?’ ¿Saben cuál fue la respuesta? ‘En ustedes, Hugo’ -me dijo-. Los gastos más grandes de una campaña electoral son la impresión de boletas electorales y el dinero para movilizar a los fiscales y a los periodistas.
“Como ya había logrado sacarle el dato a ese candidato particular, los recaudadores de las otras dos campañas grandes me revelaron los números verdaderos y me confirmaron que el mayor de los rubros de gastos éramos nosotros, los periodistas. En 2025 también me reuní con los jefes de recaudación de las campañas. Me confirmaron que la dinámica sigue siendo la misma. A tal punto que uno con el que me encontré en el Park Tower, en Retiro, me dijo, recuerdo su adjetivo calificativo: ‘Hugo, hasta el último bloguero pedorro del último pueblo pedorro me pide guita para publicar una foto pedorra del candidato en ese pueblo. Le tenés que poner a todos, Hugo; si no, no salís. Hay un periodista que me pidió tanta guita que con esa plata se compró la emisora de radio que tiene ahora’.
En octubre de 2025, Hugo Alconada Mon dio un discurso al recibir el doctorado honoris causa en la Universidad Maimónides. Cuando llegó a los párrafos que reproducimos abajo, se le quebró la voz y se le llenaron los ojos de lágrimas:
“Tenemos motivos para la esperanza, porque abundan los hombres y mujeres que honran el oficio en redacciones grandes y pequeñas, en Buenos Aires y en los rincones más lejanos del país. Gente que prioriza el interés público por encima, incluso, de su seguridad laboral o física. Daniel Enz, en Entre Ríos; Irene Benito, en Tucumán, y Germán de los Santos, en Rosario, son apenas tres colegas, entre muchos, que quiero destacar. Porque marcan huella. Por eso, viéndolos trabajar a ellos, la respuesta a los desafíos que afrontamos quizás esté frente a nuestras narices. Quizá la salida no sea tan enigmática. Quizá consista en recuperar nuestra esencia. Volver a lo básico.
“¿Qué quiero decir? Uno: volvamos a preguntar y verificar. Siempre. Volvamos a las cinco W: who, what, how, when y why: quién, qué, cómo, cuándo y por qué. Volvamos a apoyarnos en datos sólidos, no en opiniones vacías.
“Dos: elevemos los estándares y la transparencia. Ser rigurosos, honestos. Verificar fuentes, reconocer errores y preservar nuestra independencia frente a cualquier poder: no solo el político; también el empresarial, sindical o de cualquier otro tipo. ¡Vamos! ¡Que el presidente de la AFA, por ejemplo, tiene hoy y desde hace décadas más poder que muchos gobernadores y hasta presidentes!
“Tres: practicar la templanza, el sentido común y el escepticismo sin cinismo. Porque como escribió en El País el profesor de Ética y Filosofía Política en la Universidad Autónoma de Madrid, Diego Garrocho Salcedo: ‘El gusto por desafiar las propias certezas es un reflejo imprescindible para ejercer tanto la filosofía como el periodismo’.
“Cuatro: fortalecer el periodismo de profundidad, sea o no de investigación, pero sí de calidad. A pesar de los riesgos, seguimos siendo esenciales para fiscalizar al poder y revelar lo que otros quieren callar u ocultar, sabiendo que nuestro oficio es como correr una maratón, no una carrera de 100 metros llanos. Es intentarlo cada mañana, sabiendo que lo más probable es que nos vaya mal, que no accedamos a ese documento clave o a la fuente decisiva, pero intentarlo igual. Porque a veces se da. Porque cuando ocurre no es por magia. Es por método. Es por constancia. Lejos de la visión romántica que muchos tienen, nuestro trabajo tiene más de picar piedras que de reuniones a las tres de la mañana en el subsuelo oscuro de un estacionamiento.
“Por último, el quinto punto que quiero remarcar o, mejor, recordarnos, es que el periodismo es un servicio público. Informar no solo transmite hechos: ayuda a comprender qué significan y cómo nos afectan esos hechos. No basta con transmitir qué pasó; debemos explicar por qué importa.”
En tu discurso en la Universidad Maimónides te emocionaste al hablar de otros periodistas de investigación que has conocido. ¿Por qué?
Por respeto y admiración. Son gente admirable, gente admirable… Yo sé lo que ellos han vivido. He tenido la enorme fortuna de conocer gente valiosísima en situaciones de presión extrema y de verla reaccionar bien. Porque muchas veces se dice ‘si algo te pasara…’, pero otra cosa es cuando pasa de verdad algo tremendo y alguien reacciona de manera virtuosa. Esa persona es valiosa. Cuando yo conocí a esas personas, les dije a mis hijos: ‘Si yo en algún momento falto, ustedes se pueden apoyar en ellos’. Es gente que ha vivido situaciones durísimas y que en lugar de entrar en la zona oscura y doblarse muestran lo mejor de ellos. Los he visto moverse así durante los últimos 15 o 20 años.
Has mencionado un escudo protector que tenés, a diferencia de otros colegas.
Sí: yo sé que si algo me pasara, llamarían desde Cartagena de Indias, desde Nueva York, desde Washington, desde Madrid o desde Munich y dirían: ‘Ojo, miren que Alconada es nuestro’. Ése es mi escudo.
“La única vez que Paolo Rocca, el presidente de Techint, estuvo procesado fue por una nota mía. El diario La Nación estuvo en algún momento en una situación financiera complicada y estuvieron evaluando pedir dinero a distintos empresarios. Yo sé por gente de la empresa Tenaris que cuando La Nación lo contactó a Paolo Rocca, él dijo: ‘Sí, yo les presto el dinero, pero quiero stock options, acciones’. Ahora, con Paolo Rocca en el directorio, no me tienen que decir en el diario: ‘Hugo, mirá…’ Yo ya lo sabría. No lo tomo a mal: es parte de la dinámica.
“Yo sé que algunos de los empresarios y banqueros más grandes del país me tienen entre ceja y ceja. Yo sé que si un día me voy del diario y alguno de esos empresarios me demanda, tengo que invertir todo mi patrimonio en defenderme, porque ya no tendría a los abogados del diario. Entonces, el escudo protector es saber que si me tengo que ir de La Nación, las puertas de El País, no es que estén abiertas: ya estoy adentro. Me muevo con dos puntos de apoyo. Si uno de esos dos puntos flaquea, tengo el otro.
“Los periodistas que destaco hacen investigaciones en el interior del país sin una cobertura como la mía. Yo escribo sobre quien sea, pero a Paolo Rocca nunca me lo crucé en mi vida. Si escribís desde Paraná, Entre Ríos, al personaje que criticás te lo cruzás en la panadería del barrio. Es espantoso. Por las investigaciones de Daniel Enz, un periodista excepcional, el ex gobernador Sergio Urribarri está detenido por corrupción y hay pedófilos presos. La presidenta del Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos renunció como titular de la Asociación de Mujeres Magistradas de la República Argentina por una investigación de Enz. Irene Benito se mueve con custodia personal desde hace 30 años. Hay cosas de su vida personal que no voy a contar, pero aquellas personas que ella ha investigado la han tratado de lastimar a ella, a su pareja y a su hijo. Es una sociedad ultraconservadora la de San Miguel de Tucumán…
¿Vas a programas o a canales que tienen una ideología muy diferente de la de La Nación porque pensás que eso es parte de tu escudo de protección?
Además de eso, lo hago para generar, por lo menos, una gota de duda en el relato que han escuchado. Tanto si me invitan tipos de derecha como si me invitan los de Futurock. Si defiendo mi posición de por qué Cristina está bien condenada, tal vez haya alguien que diga: “A lo mejor lo que me contaron en ‘6, 7, 8’ no es tan así”.
¿Investigarías una información si demostrara que Cristina Kirchner es inocente?
A ver: mi trabajo es buscar información, contrastarla, verificarla y publicarla. Aun contrariando los deseos del lector. He escrito cosas que malquistan a los lectores del propio diario La Nación. Tal vez haya sido una leyenda, pero en el diario se decía que fui el autor de las notas que más suscriptores habían generado y también de la nota que más renuncias a las suscripciones había causado en la historia de La Nación. Han escrito que me tenían que echar por montonero o por facho de la derecha. Por una misma nota me han dicho que laburaba para el Mossad, la agencia israelí de inteligencia, y que era del Opus Dei. Ahora, según la gente de La Libertad Avanza, soy un zurdito agente del servicio inglés. Nunca pude averiguar por qué lo del espionaje inglés…
¿Puede ser eso una secuela de la grieta?
Hay muchos, no todos, que no quieren saber. Es como si vos detectaras que el marido de una amiga le es infiel. Lo viste a los besos, se lo contás a tu amiga y ella defiende a su pareja. No quiere saber.
Si tenés varias puntas para investigar, ¿cuál priorizás?
A veces podés priorizar y a veces te toca. Por ejemplo, si me mandás a las Malvinas a cubrir los 40 años de la guerra, yo voy a contar lo que en mi buena fe veo. Si en Puerto Argentino veo que putean a los argentinos, lo voy a escribir, no voy a decir que había un tipo con la banderita argentina.
“A mí me gusta salir a correr, y lo hice también cuando estuve en Puerto Argentino. Toda la isla me había visto y todos sabían que yo era periodista. Un tipo me gritó: ‘¡Dowling!’ Otro tipo pasó y me dijo: ‘¡Dowling!’ ¿Quién carajo era Dowling? Busqué en Internet ‘Malvinas, Dowling, Falkland’. Nada… Al día siguiente, salí a correr de nuevo y al primer ‘¡Dowling!’ paré al que me lo había dicho. Y me contestó: ‘Si tenés coraje, ¿por qué no escribís sobre Dowlling?’ Hago la historia corta: el mayor Patricio Dowling era el jefe de contrainteligencia argentina, el hombre del ejército argentino que intentaba detectar quiénes colaboraban con las tropas inglesas. En su intento de identificar a los kelpers que colaboraban con los militares británicos, violó todos los derechos humanos y todas las convenciones de guerra.
“El título de mi nota fue algo así como ‘La bestia negra de las Malvinas’, y fue la que más renuncias de suscriptores causó. La gente no tenía ganas de que le contaran, a 40 años de la guerra, una de las vacas sagradas de la Argentina, que se habían violado allí todos los derechos humanos. Entonces, ¿qué tenía que haber hecho? ¿Hacerme el boludo? ¿Decir ‘qué lindos los pingüinos’? Hay que escribir lo que ocurre, posta. Lo que se vive. Me lo gritaba la calle. La pregunta que yo me hago es qué carajo pasó en los anteriores 39 años con todos los periodistas argentinos que llegaron a las Malvinas? ¿Nunca nadie escuchó hablar de Dowling?
Pero también te podés equivocar, interpretar mal lo que pasa…
Todo el tiempo, todo el tiempo. En La Nación había un cartel que decía que había que hablar con los mencionados ANTES de publicar la nota. “When you doubt, leave it out”, decía Ben Bradley, el del Watergate. “Si dudás, dejalo pasar…” Sólo publicar lo que tenés cerradito. Aunque sepa que algo pasó, yo no lo publico si no tengo cómo sostenerlo. ¿Dónde están los papeles? Hay investigaciones que las tengo verificadas por seis fuentes, pero no las publico. Si no puedo cantar vale cuatro, no canto truco. Si no tengo el ancho de espada, no puedo llegar hasta el vale cuatro.
“¿Puedo cometer errores? Por supuesto. Lo que intento es bajar el umbral del error. Me ha pasado estar sentado con una persona que me dice: ‘Yo estoy seguro de que esa cagada no me la mandé, así que traje a mi contador y a mi abogado’. Ellos me muestran todo y me dan copias de las pruebas. Yo se las paso a mis contadores y abogados de confianza para que las revisen.
“Otra vez me pasó que un empresario tenía fondos transferidos a su nombre. Parecía un caso de lavado de activos. Me reuní con él y me dijo: ‘No es lavado: es evasión’. Así que volví al diario y dije: ‘Tenemos una cuenta en negro por varios millones de dólares. Y es evasión, porque me lo confirmó el mismo titular de la cuenta…’ Pero a pesar de tantas precauciones, he cometido errores y lo que he hecho en esos casos es retractarme en el acto, admitir que me había equivocado.
¿Usás inteligencia artificial?
Sí, cada texto que escribo lo someto a la inteligencia artificial. Gemini te permite armar “gemas”. Las “gemas” son instrucciones o preguntas, como “prompts”, pero mucho más elaborados. Le puedo decir: “Quiero que te desempeñes conmigo como un editor de investigación periodística con 25 años de experiencia que trabaja para La Nación. especializado en corrupción, narcotráfico, fraude cooperativo, ética y transparencia. Tomá como referencia los artículos publicados por Hugo Alconada Mon”. Y le pongo mi link. La nota la escribo yo, pero se la paso a la IA. Si tengo un PDF de un escrito, le pregunto: “¿Qué sugerencias o correcciones le harías a este texto?” Me contesta, por ejemplo: “Sugiero incorporar el número del expediente…” Es como un primer editor. Te puede ayudar a procesar el material de una manera más veloz. No es que te reemplaza: te complementa.
“En mi libro ‘Topos’, sobre los espías rusos, la investigación es mía y el texto lo escribí yo, pero después de terminarlo subí el PDF y le pregunté a la IA: ‘¿Qué errores encontrás? ¿Qué contradicciones?’ De las 20 devoluciones que me hizo, tomé 16. Escribí el texto de contratapa y le pedí que hiciera lo mismo en dos mil caracteres con espacio. Francamente, creo que la contratapa que había escrito yo era mejor, pero tomé cosas que me parecieron buenas.
¿Usás versiones pagas de IA?
No, uso las versiones gratuitas de Gemini, ChatGPT y Notebook LM. Pero el trabajo es mío. Lo que hace la IA es el complemento. Lo remarco porque no hay que caer en la tentación y pegar una derrapada. Primero, porque la inteligencia artificial carece de mirada periodística y puede considerar valioso algo que no lo es, y después, porque también la IA comete errores.
“Le pasé, por ejemplo, el contenido de todos los teléfonos celulares de la causa de los brokers de seguro de Alberto Fernández. Le pedí a Notebook LM que los procesara y me pegó dos Rubenes distintos. Si yo no hubiera leído el material antes y no hubiera sabido que un Rubén no tenía nada que ver con el otro, ¡la derrapada y el juicio que me habría comido! Por eso digo: la IA no te reemplaza, te complementa. Entonces le dije ‘Haceme todo el análisis excluyendo todo lo que haya sobre los Rubenes’. De ellos me encargué yo.
“En el caso $Libra, que sigo desde hace meses, me puse a trabajar con toda la documentación oficial: el dictamen de la fiscalía, la resolución del juez, el PDF de la querella. Todos documentos con autenticidad verificada. Le dije a la inteligencia artificial: ‘Analizame tal cosa, analizame esta otra, combinalo con esto, ojo con esto…’ De repente, me tira que hay que tomar en cuenta el informe de la FinCEN, la Financial Crimes Enforcement Network, la unidad antilavado de los Estados Unidos. ‘Se me escapó eso’, pensé.
‘¿De qué informe de la FinCEN hablás’ -le pregunto.
‘Buena pregunta- me dice.
‘Pasame el link’- le digo.
‘Otra buena pregunta’- me responde
‘¿Me mentiste?’
-‘Sí…’
“Si no hubiera estado atento, si no hubiera conocido el tema, esa mentira me hubiera costado la carrera. Hubiera sido un gran quilombo…”
Podés encontrar a Hugo Alconada Mon aquí:


