
Foto: Pilar Bustelo / La Nación
Armada con una sonrisa casi constante, Canela lleva más de 60 años transitando los medios. Radio, televisión y libros han sido los espacios donde dejó la huella de su modo discreto y su curiosidad insaciable.
Los formatos fueron cambiando -y ella también, reconoce-, pero preserva la cualidad que más valora: la credibilidad.
Reconoce, en el entorno, “la politización de la farándula y la fanduralización del periodismo”
Frente a la cámara de televisión, esperó la señal y se presentó: “Hola, soy Gigliola”.
-El nombre, no el apellido- le chistaron desde la cabina de control.
-Soy Gigliola- insistió.
La gigliola es el lirio, la flor que nace después de la tormenta, y aquel parto, el undécimo de su madre, había ocurrido tras una caminata bajo la nieve, en Vicenza, Italia. Pero a los que trabajaban en el estudio televisivo de Córdoba, Argentina donde ella se estaba presentando no les importaba esa historia. Aunque lo que hacían era un programa infantil, no estaban de humor para los trabalenguas.
-Hola, soy… Canela- cedió la conductora.
Tenía 20 años y desde entonces llevó ese seudónimo a las emisoras nacionales, a las entrevistas con grandes personalidades, a las notas por todo el país, a los libros y al periodismo de Cultura, donde se convirtió en una referente de credibilidad, la cualidad que más valora.
Gigliola Zecchin, la hermosa mujer de 83 años, es la que nos abre la puerta de su departamento, la que firmaría los libros que nos llevaríamos al irnos, la que insistiría -hasta obligarnos- en regalarnos un budín delicioso que había preparado con una receta del gran pintor Guillermo Roux. “Se lo llevan. Esta es mi casa y aquí mando yo”, nos dijo, sin que ese tono firme alterara su sonrisa beatífica.
Sospechamos que en esa conjunción está el secreto de por qué, como confiesa sin jactancia, la gente no suele negarse cuando ella pide algo.
«Soy locutora nacional y no había cumplido todavía 20 años cuando comencé a trabajar en el canal de la Universidad de Córdoba. Era un canal sobrio, que se ocupaba mucho de la cultura y que quería un programa para niños. Los locutores podíamos decir las marcas, teníamos voces bien entrenadas. Había un guión, en la radio y también en la televisión, que recién estaba apareciendo.
“Yo hice poco periodismo escrito. Lo mío fue la comunicación, que incluye el periodismo, la investigación y la difusión cultural. Pero siempre en lo audiovisual. Escribía mis guiones y el productor iba decidiendo el rumbo general de acuerdo con los gustos de la audiencia. Por eso no me causan tanta sorpresa las redes sociales: porque ya entonces había una tendencia a orientar el producto según el público, que no decide, pero sí construye».
¿Cómo te has adaptado a los diferentes formatos y a las habilidades necesarias para cada uno?
Cuando comencé, la única habilidad necesaria era no tener miedo. Y no lo tuve porque nunca había visto televisión. Había hecho un pequeño ciclo de radio con Laura Devetach como guionista. Había sido compañera mía en la facultad y ya era una buena escritora. Era la única que hablaba de literatura para niños. Poco después se hizo célebre con su libro de cuentos “La torre de cubos”.
Fue prohibida en los gobiernos militares.
Sí, pero eso vendría después. Mi comienzo en televisión fue con un señor que me dijo: «Esta es una cámara. Cuando se encienda la luz, usted va a hablar, porque hay una persona que la mira en una pantalla en otro lado.” Yo obedecí. Soy una persona obediente, salvo que me contradigan en algo esencial. Vengo de una familia de hoteleros y la base de un buen hotel es la comunicación. En mi casa todos -hasta yo, que era la más pequeña de mis diez hermanos- teníamos que hacernos cargo y atender a cualquiera que nos pidiera o preguntara algo.
“En el primer staff estábamos Juan Carlos Mesa (no me gusta decirle “Gordo”), Sergio Villarruel y yo. En la calle me saludaban y yo pensaba: ‘Era verdad que me estaban viendo’. El programa era una cosa muy primitiva. Se hacía con una sola cámara y muy pocos recursos. Un día yo estaba conduciendo aquel programa para niños y en un corte comercial que aprovechaban para anunciar otros programas, porque no había publicidad comercial, me dicen: ‘Tiene que leer esto al aire.’ Fue mi primer acto periodístico, y era el anuncio de que habían asesinado al presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy. A mí me encantaba Kennedy, pero no tuve ni tiempo para emocionarme.
“Los conductores no nos animábamos a opinar. Cuando vine a Buenos Aires, años después, el único espacio de información en la televisión era ‘El repórter Esso’, que conducía Armando Repetto. Además, estaba Pipo Mancera (José Nicolás Mancera, primero crítico de cine y después conductor de los famosos “Sábados circulares”). Él hacía entrevistas, sobre todo del mundo del espectáculo. Eran los diarios los que comunicaban. En la televisión, el locutor sólo leía las noticias.
“Como conductora, yo era una carita. Una carita y un cuerpo… Había una guía para el director, para el productor, para el asistente y para mí. Había un micrófono con una jirafa y un señor agachado, pequeñito, que te decía lo que tenías que hacer.”
¿Te sentías parte de la farándula?
Nooo. Cierta vez me invitaron a la fiesta de los personajes del año que hacía la revista Gente, y como no me dejaron ir con mi esposo, Héctor Duhalde, no fui. Yo creo que eso corre, se comenta, al final todos saben que yo no soy apta para la farándula. Había llegado a Buenos Aires en 1966 y me casé en 1967. Cuando vi el aviso de que tomaban una prueba para Canal 13, fui con mi marido. Porque él no me soltaba: tenía pánico del “ambiente”, le parecía que le iban a robar a la mujer que había traído trabajosamente de Córdoba.
“Hice un primer programa para niños y ahí me encontró Pedro Muchnik, de la productora Teleprogramas Argentinos, que me convocó para hacer “Buenas tardes, mucho gusto”. La anterior conductora, su hija Annamaría Muchnik, se había ido a vivir a España. Primero intentaron reemplazarla con un varón, pero no funcionó: a las mujeres que seguían el programa no les gustó.
“Como yo trabajaba en el canal, Muchnik me contrató. Aprendí conducción y a participar de algunos diálogos con entrevistados, pero yo no me daba cuenta de que eso era hacer periodismo. Hice la primera entrevista que dio en el país el cantante Julio Iglesias, por ejemplo. Me decían que él cantaba muy bien y que había sido futbolista. Me hicieron escuchar un disco suyo y me dijeron que tenía que hacerle algunas preguntas. Lo hice, pero yo me consideraba conductora, no periodista. También tenía que hablar en cámara con el doctor Florencio Escardó, que era médico e intelectual. Él y su mujer, Eva Giberti, en distintos segmentos, hacían sus columnas.
“Yo tuve dos embarazos mientras conducía ‘Buenas tardes, mucho gusto’, y por eso se me identificó siempre como madre de familia. Había gente que me escribía cartas y me decía: ¿No le da vergüenza mostrarse con esa panza delante de una cámara? Las mujeres embarazadas no se exhibían mucho. Creo que fui la primera mujer embarazada en televisión. Nos vestíamos con una carpa: el famoso jumper y un moño que disimulaba la panza. Durante el programa, Escardó hablaba del orgullo de estar embarazada. Imaginate: tenerlo a Escardó para que me alentara en público y a Doña Petrona para la cocina… El barman Manolete me enseñaba a preparar cócteles. ¡Justo a mí, que tenía cero cultura alcohólica!
“En la última etapa de ‘Buenas tardes, mucho gusto’, entre el bebé que tenía en casa y el otro que estaba por nacer, no fui tan eficaz. Además, había problemas internos, faltaba un productor y Blanca Cotta, que era luminosa y muy inteligente, había sido mal despedida. Ella era como un ángel tutelar para mí.
“Después hice un programa cortito, ‘Con Canela’, durante el gobierno de Isabelita (Isabel Martínez de Perón, entre 1974 y 1976). Fue un ciclo que duró unos cinco meses, donde entrevisté a figuras importantes del mundo del espectáculo y del arte: Antonio Berni, Olga Ferri, Gina Lollobrigida, Luciano Pavarotti, Plácido Domingo…
¿El periodismo seguía siendo “otra cosa” para vos?
Yo en realidad soy muy curiosa. Me tocaron entrevistas con personas que eran muy famosas y yo no sabía que eran famosas. Hice papelones alguna vez. No muchos, porque tenía cierta intuición y el deseo de saber quién era el otro.
“El gerente de Canal 13 me convocó para estar tres meses en la conducción del noticiero. No estaba a la altura, porque no sabía lo suficiente de historia argentina. Llamaron a Mónica Cahen D´Anvers, que era actriz en la telenovela ‘El amor tiene cara de mujer’, y hablaba muy bien inglés y francés. Fue un momento bisagra, en el cual yo decidí que no era apta para los programas políticos. Después, hace pocos años, tuve la idea de hacer un programa que se iba a llamar ‘Mujer política’, porque ya me sentía no solo en condiciones de hacer entrevistas sino también de hablar de la mujer, que estaba ingresando raudamente al campo de la política. No llegué a hacer ese programa, pero en cambio hice ‘El periodismo que viene’.
“De mi autobiografía, (La niña que no vio los besos, Edhasa, 2025), uno de los comentarios que me han hecho es que es un libro político. Todo libro de infancia en realidad es un libro político, porque denuncia el momento en el que se vive, denuncia el vínculo afectivo entre los padres, denuncia el sistema educativo. En general, es un saldo de cuentas con el pasado.
“Luego la política empezó a ser parte del show: la politización de la farándula y la farandulización del periodismo.
“Durante un largo tiempo, no sé cuánto, yo participé en distintos programas como columnista. Aprendí a hacer notas de exteriores. Leía el diario de pe a pa. Si no lo podía leer por la mañana, lo leía a la noche. Leía La Nación, que era el diario que compraba mi marido.
“Mi familia política me apoyó muchísimo en mi historia, pero toda la vida me solventé a mí misma. Hacía publicidad. La hacía como Canela, el personaje que me había creado. Fue la publicidad la que me sostuvo. En dos sentidos: primero, aprendí a ser perfeccionista en la preparación de la escena, del lugar, y a ser muy cuidadosa en la dicción. A ser menos juguetona. Hice avisos olvidables, pero siempre dignos. Por ejemplo, nunca hice publicidad de artículos de limpieza, porque yo no limpiaba la casa. Me parecía falso. Pero sí hice avisos de cocina. No era buena en las negociaciones hasta que un día me ofrecieron un contrato para hacer una publicidad y me dijeron: ‘Le vamos a abonar dos mil…’. Yo pensé que eran dos mil pesos, pero eran dos mil dólares, que era mucho más, cinco o diez veces más de lo que yo pensaba. ‘Entonces, esto es lo que valgo’, me dije. Tendría entonces 32, 33 años.
“Yo estaba en Canal 11 haciendo notas olvidables sobre el mundo del espectáculo, y pasé a Canal 7, donde me ofrecían hacer el programa que yo quisiera, como lo quisiera y con la gente que quisiera. Me pareció fantástico e hice ‘La luna de Canela’. Nació de una experiencia teatral que había hecho para la empresa Unilever y para la que había llamado a Agustín Cuzzani, el dramaturgo de ‘El centroforward murió al amanecer’. Él había escrito, con mucho ingenio, la historia de un reloj cucú que había perdido un minuto y que salía a buscar ese minuto perdido. Me quedé con la idea del pajarito. Cuando hice ‘La luna de Canela’, Cuzzani ya se había muerto. Creo que le robé la idea. Ahora me doy cuenta…
“Quería las mismas condiciones para el cuento que contábamos los viernes que para las grandes novelas. ¿Qué hice? Fui al Teatro San Martín y contraté a todos los actores que estaban trabajando ahí. Por muy poca plata, por el bolo que se paga por actuación: Cecilia Rossetto, Roberto Carnaghi, toda esa generación. ¿Quién escribía el cuento? Pinti, Enrique Pinti.
“Entré también en ‘La gallina verde’, el programa de Radio Belgrano. Con Andrés Redondo, Kive Staiff… Estábamos juntos toda la mañana. Uno hablaba de ciencia, el otro de política internacional, el otro de política nacional y me daba cuenta de cómo tomaban el toro por las astas de cada tema y daban su opinión. Yo buscaba en el diario y las revistas los temas posibles. También veía la televisión, escuchaba la radio italiana y compraba los diarios italianos. Lo que me costaba era dar mi opinión, así que lo resolvía contextualizando.
“En la época de Alfonsín, me contrataron para la Secretaría de Turismo, porque yo venía de hacer ‘Café con Canela’, donde viajé por todo el país. Las cámaras para exteriores habían llegado con VideoShow, el programa de Cacho Fontana, y fueron una locura. En ‘Café con Canela’ yo era conductora y periodista. Había tenido la lucidez de invitar a Clara Zappettini como directora, y una de las productoras era María Rosa Grandinetti. Yo era también la guionista. Canal 7, el canal público, tenía siete salas, dos de ellas muy grandes, del tamaño de un teatro, para dar cabida a la gente, que venía a ver los programas en vivo. Con las cámaras de exteriores esas salas fueron quedando vacías. No se usaron más. Ese fue un cambio rotundo.
“Con Café con Canela recorrí las capitales de la mayoría de las provincias y algunas otras ciudades del Interior. A Misiones fui tres veces. Llegué hasta la Antártida. Hicimos todas las provincias, menos Corrientes, con la que nunca nos pusimos de acuerdo. Nosotros teníamos que conseguir que la provincia se interesara, que nos pagara la estadía. Teníamos que conseguir un canje para los pasajes. En ese programa usé lo que había aprendido en ‘La gallina verde’ y pude ejercer el periodismo plenamente.”
¿Tuviste problemas con los militares? Porque eras una cara muy conocida en ese momento…
No. Me invitaron a hacer un micro de Economía para hablar de lo bien que estábamos y me negué rotundamente. Nunca hice nada para ellos. Me tocó conducir un programa que coincidió con el mundial de fútbol de 1978. Venían los españoles y nos preguntaban por los desaparecidos. Nadie decía nada en voz alta, esquivaban la respuesta. Cuando estaba en Radio Mitre vino un muchacho, me acuerdo que era pelirrojo, a preguntarme si yo quería participar de la carta que se publicó en Página/12. “No, yo no puedo poner en riesgo a mis hijos de ningún modo -le dije-. Te voy a dar el dinero que corresponda, pero no quiero que mi nombre aparezca…”
“Ya había estado en la Universidad de Córdoba en contacto con el origen de la guerrilla. Habían sido compañeros nuestros los primeros que murieron en Tucumán. Pero yo venía de la guerra y la posguerra europea. Para mí, la violencia estaba fuera de mis posibilidades. Mi familia había vivido el fascismo en primera persona. Teníamos un hotel y nos vigilaban mucho. Por eso yo tengo una cierta proyección de mi imagen como una persona más de derechas que de izquierdas. Todo el tiempo estoy haciendo equilibrio para ver cómo me puedo aproximar medianamente a lo que creo que es justo.
“En tiempos del proceso militar fuimos con mi esposo a Europa y vimos en Italia la estación de tren de Roma totalmente empapelada con las caras de los desaparecidos. Entonces yo tomé partido en el sentido de que si alguien me interrogaba nunca iba a decir nada de fulano. Al contrario: ayudé a mucha gente a esconderse, en la medida en que pude.
“La palabra ‘desaparecidos’ se usaba de la frontera para fuera, nunca en el periodismo nacional. Con Marta Prada, que era la subdirectora de Billiken, hacíamos un programa aparentemente inocente, pero allí contamos la historia de un rey sin camisa que había elegido ser pobre. Entonces, estábamos hablando del poder. Yo iba a una escuela y grabábamos las respuestas de los chicos cuando les preguntábamos qué pensaban que era el poder. Nadie entendía que también la literatura infantil es política. No se podía entrevistar a valiosos autores argentinos porque estaban marcados por la censura. Pero nosotros traíamos cuentos inéditos. No se los podía censurar porque no habían sido publicados. Entonces, hacíamos un reportaje a la escritora Silvia Schujer, por ejemplo, sobre un libro inédito fantástico.
“Qué decir del alivio que fue la vuelta de la democracia. La guerra de las Malvinas, que costó tantas vidas, contribuyó a que el proceso militar se terminara. Fue un momento oscuro, muy oscuro. Mi aporte ideológico, si cabe, y también periodístico, comenzó con ‘Café con Canela’.
“Ya en democracia, el periodista Bernardo Neustadt me invitó a la radio para coconducir dos horas de la mañana, creo que era por Radio Mitre. Él pretendía el horario central de la tarde, el horario del regreso a casa, después del trabajo. Pero no se lo daban y él estaba de 6 a 9 de la mañana. Yo acepté encantada, pero duré un mes, porque después le dieron el horario de la tarde. Ni siquiera se despidió de mí, ni me pagaron el sueldo. Bueno, esas cosas suceden. No fue la única vez que no me pagaron. Hay desórdenes en el ambiente. Ante estas cosas, mi respuesta era tomar distancia cuando algo no me parecía justo. Me iba, y a otra cosa. Lo hice en la vida muchas veces.
¿Y cómo fue el trabajo para el Estado, en la época alfonsinista?
Me había convocado Francisco Manrique, que fue secretario de Turismo del gobierno de Raúl Alfonsín. Me dijo: «Usted es la periodista que recorrió todo el país. Y además habla italiano”. (Yo también hablaba, más o menos, inglés. Ahora estoy estudiando de nuevo). Y entonces me mandó a Italia con una misión horrible para mí, porque tenía que controlar si nuestros funcionarios allí robaban. Y sí: robaban. Pero no pasó nada: nunca se armó la reunión para que yo pudiera dar mi versión, por ejemplo.
“Me di cuenta de cómo funciona el mecanismo interno de cualquier situación política: los que gobiernan son los empleados de siempre. Los que vienen tratan de imponer nuevas normas, nuevas reglas, pero los que ya están conocen la interna y están en condiciones de robar y de ver si los que llegan son también aptos para la corrupción. Eso es lo que yo aprendí trabajando para el gobierno. Estuve dos años, mis únicos dos años como funcionaria oficial. No soy funcional al poder.
“Con los años, yo me di cuenta de que ya no era apta para la televisión. Había aparecido Xuxa, había aparecido esta cosa de dirigirse a los niños con mucha sensualidad, con mucho coro, con bailarines. Lo respeto: es un trabajo enorme, pero no es para mí. Entonces, le llevé un cuento mío a la editora de Sudamericana Gloria Rodrigué y me dijo: ‘Lo editamos, pero además te vamos a invitar a que leas el material para chicos, porque no tenemos quien lo haga.’ ‘Pero mirá que yo no sé nada de la edición de libros’, le dije. Me contestó: ‘Eso te lo enseñamos en tres meses y en seis meses sacás el primer libro de una nueva colección’. Mi contrato era para sacar ocho libros por año, y en seis años saqué 250. Diez colecciones. Fue una escuela maravillosa. Fui subiendo de a medio escalón por vez.
“Ahí edité a María Elena Walsh, la primera edición de ‘Desventuras en el país-jardín-de-infantes’. Con muchas reuniones, elegimos los artículos que integran ese libro. Puse el conocimiento de lo audiovisual en la estética de mis colecciones. Tuve que asumir que a la televisión abierta no iba a volver, porque para coconducir o ser columnista no me interesaba y para conducir, con mi modalidad era imposible. Cuando mi hija estaba cursando la carrera de periodismo, yo aprendí cosas de ella y me di cuenta de que la carrera no tenía ninguna praxis. No había práctica. Entonces se me ocurrió el programa que fue para mí la invención más grande. Lo hice durante seis años en Todo Noticias (TN) y se llamaba ‘El periodismo que viene’. Una escuela abierta de periodismo, donde los alumnos de distintas universidades, escuelas y graduaciones competían ante un jurado de periodistas profesionales para ver quién hacía mejor su trabajo. Mi hijo me ayudó: él fue el que me dio la idea. Yo la llevé adelante con mi propia productora. Tuve una ganancia básica, pero fue una experiencia fabulosa. Muchos de los alumnos que habían ganado una pasantía en el canal como premio fueron después mis jefes.
“Cuando terminé con el programa, le dije al gerente de TN, Carlos D´Elía: ‘Mi mayor deseo es hacer un noticiero de cultura’. Me contestó: ‘¿Sabés la cantidad de noticieros de cultura que me proponen?’. ‘Yo te desafío –insistí-. Vos dejame hacer el programa dos meses’. ‘Pero mirá que no tenemos presupuesto. Nada’, me dijo. Yo tenía que hacer la producción, hasta en lo comercial. Tenía que conseguir anunciantes. Era horrible eso, horrible.
‘Estuve una semana pensando el nombre del programa. Tenía que ver con lo popular y lo cultural, pero la palabra popular, prohibida, la palabra cultural, prohibida. Puse todas las palabras que remitían a eso juntas y armé el título ‘Colectivo imaginario’. Debo admitir que cuando yo hablo por teléfono y pido algo es muy raro que me digan que no. Debe de ser porque más allá de lo que yo puedo haber hecho o no, tengo credibilidad. Eso se construye con el tiempo.”
¿Quién hace hoy día periodismo cultural?
Ahora se hacen muy buenos reportajes. Cristina Mucci se dedica a la literatura y además tiene una historia que le permite hacer un seguimiento continuo de los escritores. Pero yo creo que no hay un programa como ‘Colectivo Imaginario’, porque no hay una conductora como yo. Yo juego cuando conduzco. Imagino que quien me está mirando es un niño grande o es una persona que no está interesada en el arte. Tenía un público fiel, como el que tiene un podcast. Una población reducida que seguía el programa porque me seguía a mí o a los autores que yo había editado, o a los artistas. Me gustaba hablar también de los fracasados. Aprendí a espectacularizar la información, a hacerla carnal, vivaz. El mundo de la cultura estaba interesado en el programa.
“Desde el punto de vista económico era muy difícil, porque cada vez más los canales hacían programas de su propia producción y los gerentes eran los que firmaban y cobraban la publicidad. Por eso digo que la corrupción es como una inundación. Está en todas partes, y yo nunca en mi vida cobré una nota. ¿Sabes las veces que me llamaban y me decían: ‘¿Cuánto sale una nota en tu programa?’. Yo les contestaba: ‘No sé si sabés con quién estás hablando…’ Desde 2019 sólo escribo. Gané el premio mayor de literatura para niños en la Argentina por ‘La hoguera’. Es como el Nobel argentino para niños. Me sorprendió totalmente. Pero la gente de la cultura con la que hablo sigue extrañando ‘Colectivo Imaginario’. Lamentan que se haya perdido. Sin embargo, al canal no se le movió un pelo cuando decidí terminar de hacerlo.
¿Para que sirve el periodismo cultural?
Es como si me preguntaran para qué sirve la cultura. Todos somos integrantes de la cultura. Todo es cultura. Comunicarla sirve para que la gente tome conciencia de que es sujeto de la cultura, incentivarla a aprender algo, a comprender y, eventualmente, a rechazar lo que no le gusta.

Canela con una de sus hijas en brazos en los tiempos de «Buenas tardes, mucho gusto», con Doña Petrona
Foto: Mauro Alfieri


