Los premios Pulitzer son como los Oscar del periodismo, pero tienen un aura más grave y formal. ¿Y por qué? Por el mismo error conceptual que ha prestigiado a la figura más bien abominable del químico sueco Alfred Nobel, el inventor de la dinamita.
El húngaro Joseph Pulitzer (Makó, 1863-1951), llegado a los Estados Unidos con una mano atrás y otra adelante, se dedicó a la prensa y llegó a ser dueño de uno de los dos diarios más vendidos a fines del siglo XIX, The New York World. El otro diario fue The New York Journal. Su dueño, el californiano William Randolph Hearst (1863-1951) fue a la vez inmortalizado y caricaturizado por Orson Welles en la que tal vez sea la mejor película de todos los tiempos, “Citizen Kane”, o sea “El ciudadano”.
Tanto Pulitzer como Hearst crecieron y prosperaron gracias a lo que después se conocería como “prensa amarilla”: escándalos, chimentos, tremebundas historias policiales, falacias manifiestas y otras delicias por el estilo.
¿Y por qué ese color? La historia es ésta: en 1890 el dibujante y guionista Richard F. Outcault trabajaba en el semanario “Truth” (“Verdad”). Hacía allí unas viñetas con escenas satíricas de la sociedad neoyorquina, con su luces y sombras, sobre todo las sombras. En ellas solía aparecer un chiquilín mal entrazado y no muy agraciado, no al menos para los estándares de ese momento histórico.

Tres años después, en 1893, Pulitzer lanzó el primer suplemento dominical en color, lo contrató a Outcalt y le sugirió que pintara al chico de amarillo. Fue un éxito, y además tuvo la ventaja de que no había que darle muchas vueltas al título: se llamó “The Yellow Kid” y fue, tal vez, la primera tira de humor gráfico de la historia.
Otros tres años más tarde, rojo de envidia y ciego de furia, Hearst hizo su propio suplemento color, le ofreció el doble de sueldo a mister Outcalt y se lo llevó al Journal.
Ahí empezó la guerra. Pulitzer no se resignó a perder a su chico amarillo y contrató a otro dibujante para que lo copiara. Y la verdad es que no fue cualquier dibujante, sino un pintor de talento y buena escuela que era casi un homónimo de quien muchos años después sería el creador de “La guerra de las galaxias”: un tal George Luks (1867-1933).
Para no hablar del todo mal de Hearst, hay que admitirle un mérito: le sugirió, o le propuso, o más bien le ordenó al transfugado Outcalt que a las frases y chistes que el Yellow Kid llevaba escritas en su camisón amarillo les añadiera globos de diálogo, tanto para él como para los otros personajes. El primero apareció el 16 de febrero de 1896: gracias al globito, un loro escondido en un gramófono decía, medio en latín y medio en slang, “Sic ‘em, Towser”. Quería decir: “Ataca, Towser”, porque así llamaban a los perros cazadores que tiraban con fuerza, zarandeaban y finalmente destrozaban a sus pequeñas presas.

Colección de la Academia de Arte Cómico de San Francisco, Biblioteca de Investigación de Dibujos Animados de la Universidad Estatal de Ohio
Esta viñeta ha pasado a la historia del medio, porque mostraba un globo de diálogo mediante el cual un loro exclama: «Sic em towser!»
Así, los dos diarios que competían por el dominio de la plaza neoyorquina publicaron –más o menos- la misma historieta y el mismo personaje. Una consecuencia interesante de esta situación fue el debate periodístico que generó, con gran revuelo: ¿es el personaje propiedad de su creador o del editor que lo publica? Otra consecuencia fue que el amarillo, gracias a las andanadas que se dedicaron mutuamente estos dos periodistas amarillos, Hearst y Pulitzer, se transformó en el adjetivo calificativo que definió para siempre el subgénero.
Fue tanto el barullo y tan intenso el ruido que un par de años después todo el mundo se hartó y simultáneamente las dos historietas paralelas, madre e hija, se dejaron de publicar en 1898. Toda una moraleja, ¿no es verdad?, de lo que ocurre con estas gallinitas cuando se les exigen más huevos de oro de los que pueden poner sin agotarse.

