“Justo cuando empezaba a amanecer, me quedé dormida. No pasaron muchos minutos hasta que me despertaron bruscamente y me ordenaron levantarme. Abrieron la ventana y me desnudaron. Tiraron algo de ropa al piso y la que parecía ser la enfermera jefe, la señorita Grady, me dijo que agarrara lo que me daban y que me callara. La miré. Recibí una enagua de algodón oscuro y áspero y un vestido blanco de percal barato con una mancha negra.”

Elizabeth Jane Cochrane. Dominio público
Eso escribió en septiembre de 1887 Nellie Bly desde el manicomio de la isla de Blackwell, actualmente, isla Roosevelt, en el East River neoyorguino.
Nellie estaba internada allí, pero no era loca, sino periodista, lo que puede ser más o menos lo mismo. Su jefe en el New York World, Joseph Pulitzer, le había asignado como primera misión en el diario que se internara diez días en el asilo psiquiátrico y que contara después cómo le había ido. El húngaro Pulitzer, cabe aclarar, fue el creador del periodismo sensacionalista y el inventor de la técnica de los cronistas infiltrados que asumían los riesgos de hacerse pasar por lo que no eran. Como se había vuelto rico, creó en 1917 los premios de los que aún hoy se enorgullecen los periodistas serios que los obtienen.
Más allá de su género (hombre, mujer o lo que sea), Nellie Bly fue la primera periodista infiltrada. Su artículo “Diez días en un manicomio” tuvo una repercusión enorme y desató denuncias e investigaciones sobre el trato que se les daba a los enfermos mentales.
“Nos mandaron al baño, donde había dos toallas ásperas. Observé a pacientes con erupciones cutáneas extremas en la cara secándose con las toallas, y luego vi cómo las mujeres con la piel enrojecida se giraban para usarlas. Me metí en la bañera y, antes de que terminara de asearme, trajeron un banco. La señorita Grupe y la señorita McCarten entraron con peines en las manos. Nos dijeron que nos sentáramos en el banco y peinaron el cabello de 45 mujeres. ¡Ay, qué peinado! Nunca antes había entendido lo que significaba la expresión ‘te voy a dar un buen peinado’, pero entonces lo supe. Me tiraron del pelo, todo enredado y mojado. Después de protestar en vano, apreté los dientes y aguanté el dolor.
“(…) Después de que los pacientes terminaran las tareas domésticas, nos dijeron que saliéramos al vestíbulo y nos pusiéramos chales y gorros para dar un paseo. No habíamos caminado mucho cuando vi, saliendo de cada pasillo, largas filas de mujeres custodiadas por enfermeras. ¡Cuántas eran! Observé con avidez el paso de las filas y un escalofrío de horror me invadió al verlas. Ojos vacíos y rostros inexpresivos, y sus lenguas proferían disparates sin sentido. Pasó un grupo y noté, tanto por el olfato como por la vista, que estaban terriblemente sucias. ‘¿Quiénes son?’, le pregunté a una paciente cercana. ‘Se las considera las más violentas de la isla’, respondió. Algunas gritaban, otras maldecían, otras cantaban o rezaban. Formaban el grupo de seres humanos más miserables que jamás había visto.”
Nellie Bly no se llamaba Nellie Bly, sino Elizabeth Jane Cochrane. Fue Pulitzer el que le puso el seudónimo, inspirado en una canción de Stephen Foster, el autor -entre otras- de “¡Oh, Susana!” Las melodías de Foster eran pegadizas, pero sus letras estaban un par de escalones por debajo: “Nelly Blay tiene una voz/ como de paloma./ La oigo en el prado/ y la oigo en la arboleda./ Nelly Bly tiene un corazón/ cálido como una taza de té/ y más grande que la batata/ de Tennessee”.
Unos meses después de su aventura en el neuropsiquiátrico, Nellie le dijo a Pulitzer que estaba dispuesta a batir el record del novelista Julio Verne y que daría la vuelta al mundo en menos de 80 días. Nellie venció las resistencias machistas del dueño del periódico (“Es peligroso para una chica sola”), salió el 14 de noviembre de 1889 y volvió a Nueva York 72 días, seis horas y once minutos después, el 25 de enero de 1890.
Pasó por Southampton, Londes, el Canal de la Mancha, París, Brindisi, Ceilán, Malasia, Singapur, Yokohama y San Francisco. Gracias a sus crónicas (a veces tardaban varias semanas en llegar) se volvió toda una celebridad. En Francia la recibió el propio Verne, que la alentó, aunque no le dio esperanzas de que pudiera concretar la hazaña.
Los artículos de Nellie Bly contienen párrafos extraordinariamente perspicaces. “Anclamos en Suez, donde algunos afirman que los israelitas cruzaron el Mar Rojo. Algunas personas que se preocupan mucho por los hechos concretos, las cifras justas y la historia antigua compraron fotografías que muestran que, en ciertas fases de la marea, la gente, incluso hoy en día, puede vadear el mar allí sin ningún riesgo para su vida ni su comodidad.”
Famosa ya y después de haber navegado muchísimo, Nellie se casó en 1895 con un millonario providencialmente llamado Robert Seaman, es decir “hombre de mar”, y dejó por un tiempo el periodismo. Pero el hombre murió en 1904, ella se hizo cargo de los florecientes negocios que había dejado, los arruinó y, ya sin banca, volvió a remar entre papel y tinta para ganarse la existencia. En las notas de esta segunda etapa, se volvió abanderada del voto femenino y después, corresponsal en Europa durante la Primera Guerra Mundial, en 1914.
Nellie murió de neumonía ocho años después. Tenía apenas 57, lo que demuestra que antes la gente hacía muchísimas más cosas en menos tiempo.

Imágenes: Biblioteca del Congreso (Dominio público)

«¡Ella rompió todos los récords!», tituló el diario que patrocinó su viaje.
Imagen: Biblioteca del Congreso (Dominio público)

El diario lanzó un juego de mesa siguiendo el viaje de Bly




