“Un diario sin tiempo”, es el eslogan de una publicación con olor a papel y a tinta que yace en un kiosco porteño. Lo hojeamos y descubrimos que no es estrictamente un diario, sino que sale cada dos meses. Tampoco desconoce la dimensión temporal, porque compramos la edición número 9, que debe haber sucedido a otras ocho. Cuesta 6000 pesos (un 40% más que los diarios que sí salen todos los días) y se llama El Cable Diario.

No es la única sorpresa para quien cree tener entre manos un medio gráfico tradicional: “Acá no te vas a informar, sino a desinformar; vas a poder reposar, asentar y hasta macerar las ideas, sensaciones, recuerdos y sentimientos que te habitan. Podrás leerlo en cualquier lugar y en cualquier momento. Pero también podrás no leerlo sin perderte de nada”, enuncia en sus páginas, sin firma. La declaración de su inutilidad puede provocar desilusión, pero también es cierto que lo mismo sucede con algunos programas de TV y no tienen el coraje de admitirlo.
Las notas son más una pieza artística que un texto que respete la pirámide invertida (ir de lo más importante a lo menos importante) o las cinco W: who (quién), what (qué), where (dónde), when (cuándo) y why (por qué), que se enseñan en las clases de periodismo.
La editorial de este diario-no diario es una productora de eventos, con el mismo nombre de El Cable.
Hay pocos detalles sobre la empresa en la publicación y en las redes. Aparece que comenzó como un “club cultural” en el barrio de Colegiales poco después de la pandemia y que fue la idea de cuatro amigas que se conocieron en la Universidad de Buenos Aires. El Cable Diario circula por bares y boliches de la Capital y, al menos, en un kiosco de diarios sobre la Avenida Santa Fe, donde lo encontramos.
Su contenido tiene guiños -más que guiños, un coqueteo explícito- al persistente hábito de la lectura de los periódicos en papel. Lo curioso para lectores anticuados es que El Cable Diario se siente obligado a explicar algunos detalles obvios asociados a la actividad analógica de informarse. Por ejemplo, propone una página de avisos clasificados y los define así: “Los anuncios clasificados son mensajes publicitarios en diarios impresos para ofrecer o solicitar productos o servicios. Suelen ser breves”. Fueron la columna vertebral de los diarios más importantes hasta hace veinte años y hoy hay que presentarlos como a perfectos desconocidos porque su versión digital los ha dejado, literalmente, pintados.
Pero el colmo de la sobreexplicación aparece en la tapa, como una orden, revelando ese deseo constante y tácito que crecía junto con la pila de diarios en una esquina de la cocina: “Este diario debe ser usado para hacer asado”, delata.



