Fotografía: Mauro Alfieri

La revista digital se llama Seúl pero no trata de Corea del Sur sino como metáfora. Apareció hace cinco años con una clara consigna política: capitalismo de mercado y democracia liberal.

Su fundador, Hernán Iglesias Illa, estampó ese slogan en la revista y, oteando la amenaza de una nueva hegemonía kirchnerista, se parapetó en la trinchera de una inminente batalla cultural. Seúl sería “una resistencia contra la ofensiva populista”, según su propio relato.

Pero lo que llegó en 2023 fue exactamente lo contrario: emergió una expresión política que redoblaba la apuesta de lo que Seúl pretendía defender. Sin un enemigo en el frente, la revista digital se transformó en una caja de resonancia de la discusión interna entre halcones y palomas de Juntos por el Cambio, el partido de centro derecha al que la La Libertad Avanza le había arrebatado las banderas.

La política es medular en Seúl ya que prácticamente nació de una costilla del PRO, la expresión política de Mauricio Macri y una de las tres patas de Juntos por el Cambio. Allí fue donde Iglesias Illa volcó sus años de militancia partidaria, primero en la campaña presidencial y luego en la Casa Rosada.

Entrevistamos a Hernán Iglesias Illa en el centro porteño, en una flamante oficina que hace también de estudio de grabación. Una calcomanía promocionando a Macri, Mauricio, en el 2014 está pegada en la computadora portátil Mac que Iglesias compró ese mismo año. El tiempo fue menos cruel con la máquina y su insignia que con el partido político del ex Presidente.

Seúl hoy es una web, un newsletter, podcasts y videos y un anuario impreso como revista. Hernán Iglesias Illa llama a este tipo de medio que se distingue por defender abiertamente determinadas ideas políticas little magazine, un modelo que él conoció en los Estados Unidos, donde vivió diez años. En el editorial del último anuario reconoce que a Seúl lo acusan de ser “cómplice” del actual gobierno libertario, pero en la entrevista confiesa que el apoyo a Javier Milei no es tan uniforme ni siquiera entre los cuatro editores que definen los temas a tratar cada semana.

Seúl tiene 1500 suscriptores, 15.000 lectores, cuatro auspiciantes constantes y varios más en su anuario, el único producto en papel que produce un periodista que se forjó en las redacciones de diarios, que lee un libro (impreso y tangible) por semana, que escribió cuatro y ayudó a Macri a redactar su biografía, Primer Tiempo (Planeta, 2022).

Hernán Iglesias Illa regresa con Seúl al periodismo, donde había iniciado su carrera hace 30 años. De periodista de El País de Madrid, editor del Wall Street Journal of Americas y prolífico colaborador free lance en América Latina, en 2014 se pasó a la política. Integró el equipo de campaña de Cambiemos, la alianza del PRO, el radicalismo y la Coalición Cívica. En ese momento aun despuntaba el vicio de periodista llevando un diario de campaña, que se publicó y se llamó Cambiamos (Sudamericana, 2016). Pero cuando su bando logró arrebatarle la Presidencia al peronismo que gobernaba desde 2003, Iglesias Illa se concentró en la comunicación del nuevo mandatario hasta 2019, cuando éste volvió a entregar el mando, a su pesar, de vuelta al peronismo.

Esa fue la chispa que originó Seúl. Y también porque se había cansado de la política, reconoce. “Con los periodistas no me aburro nunca; con los políticos, la mitad de las veces sí”, dice. ¿Aún con los “ensobrados”? “Yo prefiero hacer como si no existieran”, admitirá en la entrevista.

¿Cómo empezaste en el periodismo?

A los 20 y pocos años tenía dos trabajos. Era pasante en TyC Sports y en Télam. Después me contrataron en uno y me hicieron colaborador en el otro.

En TyC Sports hacía mucho fútbol. En un momento quisieron implementar un teleprompter y nos pusieron a escribirlo a los que éramos los becarios, Ángela Lerena y yo. Le escribíamos a Alejandro Fabbri y a todos los veteranos.

Yo siempre había tenido la cosquillita de irme a estudiar afuera. Me anoté en la Maestría de El País y entré. En enero de 98 me fui a Madrid. Se anotan 400, entran 40 y alrededor de 10 logran quedarse en el diario. Fui uno de esos. Primero en la sección Sociedad y después en Deportes. Fue una experiencia decisiva para mí, porque realmente yo veía una dureza del oficio que no veía en Argentina en los diarios. En el Master, primero te traían un cable y había que escribir una breve. Cuando dominabas la breve, pasabas a la media columna. Cuando dominabas la media columna, pasabas a la columna. Una cosa medio Karate Kid. Los españoles envidiaban mucho como escribían los argentinos, que le poníamos algunos giros raros, pero yo agradecía esa cultura periodística española un poco más seca, más concreta, mejor estructurada.

Quería volver a la Argentina, pero primero hice un viaje por América latina. Viajamos durante cuatro meses con Lucas Llach, Iván Petrella y Nico Cassese. Justo fue el boom de las puntocom y escribí para una empresa que se llamaba Viaje Ya. Me pagaban por las crónicas que hacía en una laptop y las mandaba desde los cibercafés con un diskette.

Cuando volví a Argentina en 2001 entré en El Cronista, que justo había sido comprado por los españoles. No me destaqué mucho. Había que publicar una nota por día, aunque la nota no sea tan buena. Yo prefería escribir dos notas buenas por semana que cinco más o menos todos los días.

Después conocí a mi mujer y me fui a Nueva York sin nada. Me pedían cosas en La Nación, en Perfil, pero querían pagarme literalmente 40, 50 dólares y Nueva York es una ciudad muy cara. Laburé mucho para México, una revista de economía quincenal que se llamaba Expansión que pagaba, por lo mismo, 500 dólares. Ya escribía para las revistas grandes de América Latina, Gatopardo, Orsai. Pero no alcanzaba. Estuve muchos años como freelancer, que es un ejercicio de fortaleza mental. En New York yo necesitaba 4.000 dólares por mes y el primero de cada mes yo tenía asegurados 1.500 y después… esperar que el teléfono suene o empezar a proponer. Te vas acostumbrando.

Después trabajé en el Wall Street Journal of Americas, que me sirvió para pararme económicamente y entrar en el sistema de Social Security. Pero es un laburo de traductor y no es muy interesante. Lo que tiene de bueno es que hasta las 10:59 de la mañana no tenés que pensar en el trabajo y después de las 19.01 no tenés que pensar en el trabajo. Pagaban más o menos bien.

Yo tenía algunos problemas con la autoridad y, sin llevarme bien con mi jefa, me anoté en un concurso de proyectos de libros que había sacado Planeta en la Fundación Nuevo Periodismo de García Marquez y gané. Entonces renuncié al trabajo para escribir Golden Boys (Planeta, 2007).

La política llegó por Marcos Peña (jefe de campaña del PRO y futuro jefe de Gabinete de Mauricio Macri). El también escribía para Viaje Ya. Nos conocimos ahí y empezamos a jugar al fútbol. Un día me dijo que había empezado a trabajar con la agencia de publicidad de Doris Capurro para Francisco de Narváez y Mauricio Macri. Ahí empezó él.

¿Te gustaba la política antes de cruzarte con Marcos Peña?
Me interesaba, pero no había hecho demasiado al respecto. Me gustaba leer el diario, las elecciones.

¿Vos ya tenías un acercamiento con la ideología liberal?
Sí, sí. Ya era bastante liberal en sentido económico pero progre en los valores sociales. En Nueva York era muy común, pero en la Argentina no.

¿Cómo te pasaste a la comunicación política?
En un momento había terminado mi tercer libro, había pasado mis 30s en New York, había escrito en los medios que quería escribir y había alcanzado el tope de tarifa por nota. Como había escrito en un blog que se llamaba Los Trabajos Prácticos, que fue uno de los primeros blogs antikirchneristas intelectual, me había hecho un perfil opositor no simplón al kirchnerismo.

Marcos Peña siempre me decía de hacer cosas juntos. Todavía en 2013 había una idea del círculo rojo de que Macri iba a ser candidato del peronismo. Hasta Roberto Lavagna estuvo a punto de ser candidato del PRO. Un día, Marcos me dijo “vamos a ir por la nuestra, estamos armando un equipo de comunicación y queremos que vengas”. También me llamó Pancho Cabrera, que estaba haciendo la Fundación Pensar. Así que aterricé con un pie en el PRO y otro en la Fundación, que era la usina de temas para Macri.

¿Cómo te identificabas en ese momento, como periodista?
Una parte importante del interés de hacer la campaña presidencial de Macri era escribir sobre esa campaña. Marcos Peña lo sabía. Estaba en mi cabeza todo el tiempo. Yo iba a una reunión y dos tercios de mi atención estaban en la reunión y un tercio estaba en lo que iba a contar después de esa reunión. Era muy difícil porque la editorial quería un diario inmediatamente después de las elecciones, así que una o dos veces por semana veía las notas que tenía y escribía las entradas casi como después salieron en el libro.

En Semana Santa 2015 me fui solo a un hotel durante cinco días a poner en orden todo y después seguí escribiendo las crónicas hasta terminar el libro a fin de año.

¿Cuál fue el efecto entre la tropa cuando publicaste el libro?
Bastante bueno. Los radicales participaron bastante poco de la campaña. Se enojó el grupo de Emilio Monzó, que hacía la parte política de la campaña. Nosotros hacíamos la parte de comunicación y el libro era un diario con lo que yo viví, no podía contar todo.

En los primeros partidos de fútbol de Olivos (Macri presidente instaló esa costumbre), Nico Massot, aliado de Monzó, me dio una patada y me dijo, «Esto por el libro.» Lo dijo en joda pero era un poco en joda y un poco no.

¿Creías antes de volver que Macri iba a ganar?
No. En 2013 le dije a Irina, mi mujer, que nos íbamos a Buenos Aires por dos años porque quería escribir un libro sobre la campaña presidencial y que después volvíamos. Pero empecé a conocer a la gente de la Fundación Pensar, como Miguel Braun, gente que yo realmente respetaba intelectual y políticamente y que se había metido en el PRO. Me parecía muy interesante estar ahí, estaba muy de acuerdo con ellos.

Por eso no quise hacer un libro cuando estuve en el gobierno, quise estar al 100% y que los demás no sintieran que yo estaba ahí para escribir. Uno de los primeros proyectos que hicimos fue el libro El estado del Estado: preguntamos a cada área qué habían encontrado. Lo armamos durante meses, pero igual el gobierno no lo empujó demasiado.

¿Te costó esa nueva función dentro del gobierno?
Como era un rol nuevo, me costó al principio encontrar mi lugar, pero me hice un equipo chiquito, de cinco o seis muy buenos, y de a poco fuimos encontrando nuestro lugar: teníamos relación con los ministerios y traducíamos el lenguaje técnico al idioma de la comunicación. Consensuábamos con ellos las ideas estratégicas, cómo se iba a comunicar, sobre todo qué iba a decir el presidente sobre tal medida, tal obra, tal cambio.

¿Qué habilidades traías del periodismo?
La velocidad para hacer las cosas. No a reuniones eternas o de comité. Agarrar un documento de 30 páginas y hacer una página en medio día. Sintetizar, conceptualizar, encontrar qué es lo importante, dónde está la noticia.

¿Cómo era tu relación con los periodistas?
Siempre me fue bien con los periodistas. Lo que pasa es que yo odio las internas y muchas veces los periodistas te buscan para que digas algo malo de tu vecino de oficina. Lilita (Carrió, líder de la Coalición Cívica) decía algo, entonces los periodistas iban corriendo a Casa Rosada a ver qué nos parecía eso. La mayoría le decíamos que no pasa nada, que Lilita ya había dicho estas cosas 50 veces. Dos horas después, el título era “Bronca en Casa Rosada por la palabra de Lilita”. Les digo: «¿Quién te dijo eso?». “Uno me dijo”, me contestaban.

¿Viste cosas del periodismo que no te habías dado cuenta mientras eras parte de la manada?
Sí, pero muchas justificadas por la presión de tener que escribir. El que está acreditado en Casa Rosada y tiene que mandar material dos veces por día, muchas veces no tiene tema. Hablé con el editor de Política de La Nación y me dijo, «Es así: Si nueve me dicen que no les molesta la frase de Lilita pero uno me dice que sí, yo titulo que sí”. Eso a mí me parece mal. Y también es una superficialidad. Yo proponía notas a los periodistas sobre temas de cambios de política pública, que son cosas que me parecían profundas, y nunca tenían el tiempo o el interés para hacerlo.

Soy medio escéptico del tema de la influencia de la pauta publicitaria en el ejercicio cotidiano del periodismo. Entiendo el conflicto histórico que hay entre la redacción y los dueños. No es que los dueños les pueden decir a los periodistas qué escribir todo el día, eso no existe. Por ahí en unos medios chicos, en el que el dueño es el periodista, algunos programas en la radio y en la tele. Yo prefiero hacer como que no existieran. Entre sembrar la duda sobre todos y la ingenuidad de que no es ninguno, prefiero lo segundo.

Sí me quedó una sensación del periodismo con un sesgo a la negatividad, al sensacionalismo, un poco a la superficialidad, a la cosa rápida. Los diarios grandes agarran los temas y los sueltan. A los tres días se los olvidaron completamente. Solamente los columnistas de opinión tienen permiso para salir del día a día y su marco es de máximo una semana. En Estados Unidos laburan a dos velocidades. O sea, laburan rápido y seis días después te hacen la nota definitiva sobre un tema, donde recolectan todo, lo mastican y dejan lo que está realmente probado.

Otra cosa es el abuso del off the record. Un off ya es una nota y eso no debería ser así. Eso favorece a los políticos: están tan sedientos los periodistas que cualquier funcionario va y te instala una nota, no hay mucho filtro ahí.

¿Aceptarías volver a ser funcionario?
No, de hecho en 2023 trabajé en la campaña de Jorge Macri y en la de Patricia Bullrich y a los dos les dije, «No voy a ser funcionario”. Son etapas. Me había cansado un poco de la política y realmente quería volver al periodismo. Ya casi no tengo ninguna relación con la política.

¿Cómo identificas ahora a Seúl?
Seúl cumplió 5 años y nació como un proyecto de batalla cultural, como dirían los mileístas. Parecía que habría una nueva hegemonía kirchnerista y Seúl nació como una resistencia a eso. No somos Corea del Centro, el programa de María O´Donnell y ErnestoTenembaum, somos capitalismo y democracia. Hablábamos de abrir la economía, de bajar los impuestos, contra Tierra del Fuego, hablábamos de los 70 de una manera no dogmática.

La Nación decía poco. Compartimos muchos lectores y muchos venían para leer lo que La Nación no publicaba. Después la revista se transformó en una caja de resonancia del debate interno de Juntos por el Cambio. Halcones y palomas, bullrichistas y larretistas. Escribía Fernando Iglesias (duro) y escribía María Migliore (blanda).

En mis 10 años en Estados Unidos me gustaba mucho lo que llaman little magazines, que son revistas políticas militantes de ideas. Hay revistas conservadoras y hay liberales. Tienen pocos suscriptores, en sus números, 10.000, 15.000, 20.000, pero son muy influyentes en el debate de ideas, influyen en la política, influyen en otros periodistas.

En 2020 había ayudado a Macri a escribir su libro Primer Tiempo. Y ahí yo tenía este sueño de la revista. En Seúl hubo unos miles de dólares para pagar un diseño y nada más. Fue un proyecto mío, no del PRO. A los 6 meses de la revista empezamos a cobrar suscripciones, que son apoyos en realidad. Somos una revista gasolera pero pagamos, lo que podemos, a todos los autores y los ilustradores.

¿Cómo se llevan con el gobierno libertario?
Cuando ganó Milei, nos liberó. Pensemos las alternativas: si ganaba Sergio Massa (peronismo), eran otros cuatro años de estar enojados editorialmente todo el tiempo y a mí no me gusta estar levantando el dedito. Y si ganaba Patricia Bullrich (Juntos por el Cambio), en cuya campaña yo había trabajado, donde conocía a casi todos, hubiese sido muy difícil para Seúl. ¿Cómo hacés una revista de ideas no partidaria si conocés a todos?

Así que Milei nos liberó. No conozco a nadie de la parte política del gobierno. Conozco a casi todo el Ministerio de Economía, porque son todos de mi época. Entonces por ahí nosotros apoyamos bastante el plan económico, porque sé que la gente que lo hace de buena fe, que son capaces. Excede un poco la parte teórica. O sea, apoyamos lo bueno y criticamos lo malo. Pasamos a ser Corea del Centro y los que eran de Corea del Centro ahora son recontra opositores, Corea del Norte.

¿Cómo se hace Seúl?
Tenemos los lunes una reunión en esa mesa (ocupa el centro de la nueva oficina). Somos un equipo de cuatro editores. Después hay un productor de Seúl Radio, una administrativa y un chico de redes sociales. Somos siete. Cobran un sueldo part time, un millón y medio de pesos. Todos tienen otro trabajo.

La línea editorial está internalizada entre los cuatro. Por lo general hay consenso. Alguno de los editores se volvió muy oficialista y otro está bastante harto del gobierno. Son cosas de personalidad que fueron pasando, no es que fueron planificadas. Y pueden cambiar también. Son estados de ánimo.

El crecimiento va a ser audiovisual, aunque yo lo detesto. Quiero tener el estudio siempre armado para grabar más cosas porque hoy se consume mucho eso. Pero el texto tiene que estar, te da credibilidad.

Para nosotros e importante cuidar las formas. Podemos insistir un poco más porque pagamos las notas. ¿Es importante para el lector? Si queremos tener 200.000 suscriptores, no. Pero no queremos eso. Nosotros ahora tenemos pagos 1500 suscriptores. Con 4000 ya podemos hacer todo lo que queramos. Porque si queremos tener un buen producto, no podemos publicar tres cosas por día. Ahora publicamos por semana, 10, 12 cosas. Si pasamos a publicar 30 por semana, ya serán menos cuidadas. Si hacemos un portal de noticias de 70 por día, menos.

¿Usás la IA?
No mucho. La uso para estrategia de redes sociales. Ahora le pregunté cómo hacer un canal de whatsapp para los suscriptores y me da modelos. Temas de diseño. Yo tengo un newsletter los jueves y el miércoles le paso el borrador y me da erratas y por ahí alguna sugerencia editorial. Pero no hacemos un uso muy profundo porque sirve para escalar laburo y no tenemos una escala tan grande de trabajo. Yo estoy en favor de incorporar cualquier cosa, pero no encontré todavía la manera de que eso pase con la IA.

¿Vos sentís como que volviste al periodismo más puro en cierta manera?
Antes los periodistas entraban y salían de la política más abiertamente. Yo trato de no ser percibido como alguien partidario, pero el tema es que estoy bastante de acuerdo con Macri, más que con el PRO. Lo que me diferencia del PRO es que para mí son más importante las ideas que el partido. Esta bien si el gobierno viene a implementar las ideas que nosotros, el PRO, no pudimos hacer porque no quisimos, no pudimos. Pero la gente que es más de partido, te dice: «Los partidos políticos viven de tener poder.» Yo no soy de esos.

Yo también me di cuenta de que no era un político porque no tenía la cultura del cafecito permanente. Soy medio ermitaño, me gusta sentarme a leer, juntarme con gente del periodismo. Mi tribu siempre fue el periodismo. Siento que son los periodistas los que son como yo, los que me entienden, los que tienen el mismo sentido del humor. No los políticos. Charlando con periodistas nunca me aburro. Con los políticos, la mitad de las veces sí.

El único conflicto con los periodistas es la profundidad de la información que tengo de muchos temas y sobre el grado de dificultad para hacer las cosas. El periodista de política tiene una visión un poco más superficial, a veces. Pero es lo que soy.

¿Con quién compite Seúl?
Con todo: con las redes, con el Mundial, con los diarios. La competencia es por la atención. Pero yo no intento viralizar. Lo que hacemos comercialmente es para conseguir suscriptores. En Instagram nos va muy bien. Twitter cambió el algoritmo, antes éramos fenómenos, éramos muy el espíritu tuitero, ahora los tweets con links están castigados.

Yo quiero suscriptores.. Si entre los lectores puedo aumentar un poco los suscriptores, con eso estamos. Ese es mi mundo. Podría ir a empresas y que pongan un aviso. Tengo cuatro anunciantes privados, que es un poco un favor que me hacen, porque quieren estar bien conmigo. Un modelo que estamos estudiando y al final no lo hacemos es que solamente los suscriptores pueden leer algunas notas, un pay wall. Algo que cambiamos este año es que si querés leer una nota vieja, tenés que dejar tu mail. Eso nos dio muchos mails, una base.

No me interesa tener un canal de streaming. Tengo una vida con bajo nivel de estrés: quiero que le vaya bien a Seúl, pero no me nace trabajar 10 horas por día ni tener 40 empleados. Seúl crece un poquito cada año. Yo soy un poco cagón con la guita, nunca he hecho algo que no pudiera financiar y eso da un crecimiento más lento pero estable. Me gustaría volver a escribir libros también.

¿Sentís que Seúl es un nuevo periodismo?
En la Argentina, sí. Es como una especie de suplemento Ideas sin el diario al lado. Queremos que el lenguaje sea más directo, sea irreverente, llamar la atención, aunque ahora es más difícil porque ahora muchas de nuestras ideas iniciales se pasaron al mainstream: decir abrir la economía, el gobierno está abriendo la economía; decir que el wokeísmo está mal, el wokeísmo ya perdió mucha fuerza.

Creo que nosotros somos una expresión de una tendencia de los medios financiados por su público en contraposición a los medios tradicionales financiados por el tráfico, por publicidad. Eso genera un problema, que es escribir para los suscriptores que tienen mucha homogeneidad ideológica.

Cuando nos desviamos, nos ponen un límite. Nosotros, por ejemplo, somos muy pro Israel y alguna vez publicamos alguna cosa más desconfiada de Israel y ahí, ¡pumba! los mails son inevitables. Está bien, son las reglas del juego. Antes el problema de los medios era ser amistoso con sus anunciantes, públicos o privados, y ahora es serlo con sus suscriptores. Pero antes La Nación hacía enojar a YPF y perdía mucho, ahora hace enojar a 2000 suscriptores y no es tanto. Es más sostenible.

Nosotros tratamos de ser respetuosos y rigurosos. No le pegamos a nadie. Y les pido a los autores que pongan un link que respalde lo que dicen, le da seriedad. Me gustaría tener cosas más reporteadas, pero es más caro. El periodismo de opinión es más barato.

¿Qué sabés de tu audiencia?
Hay promedios, pero que son de pocos. De la mayoría no sabemos nada. Esos promedios dicen que la mayoría tiene de 35 años para arriba, 40% masculino y 60% femenino. Estamos en todo el país porque a fin de año mandamos un anuario en papel, que es un buen negocio porque las empresas ponen publicidad. La mitad de los suscriptores están en el AMBA y la otra mitad en el resto del país.

¿Qué opinás de las fakes news?
Soy medio desdramatizador de las fakes, las hubo siempre. Los medios le echan demasiado la culpa a las redes, pero son parte del ecosistema. No tengo una mirada apocalíptica. Las fake news se empezaron a instalar en 2014, 2015, los demócratas contra Trump. Después, típica cosa que pasa, la izquierda bautiza un concepto y lo peor de la derecha se lo devuelve: Trump le empezó a decir fake news a cualquier cosa que no era fake news.

Pero también los medios se hicieron muy militantes. Yo no escondo nada, mi revista dice “capitalismo de mercado y democracia liberal”, que es una expresión enorme pero en la Argentina todavía tiene sentido, porque todavía hay un peronismo muy kirchnerista que está fuera de eso.

En Seúl hago lo que quiero, que no es no es este espíritu escéptico y tan negativo sobre el mundo en general. El gobierno cree que a los periodistas alguien les paga por decir tal cosa. No es así. Y los periodistas creen que por ser imparciales tienen razón y eso tampoco puede ser. Tienen un sesgo negativo, pero es parte de un ADN y tiene su lado bueno.

Día del estreno del nuevo estudio de Seúl Radio. Con PabloTouzon
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