La periodista Silvia Naishtat, especializada en temas económicos, cuenta cómo cambió “el gran diario argentino” desde su apogeo económico en la década del 90 hasta un presente de bajos sueldos y menor influencia social.

Gracias a Internet y a la inteligencia artificial, la competencia por la exclusividad perdió sentido y las noticias se democratizaron, pero a costa de perder el vuelo y el brillo de otros tiempos.

Hace 37 años que Silvia Naishtat trabaja en Clarín. Va todos los días menos los viernes y sábados, que son sus francos desde que entró al diario, en 1989. Tanto se ha acostumbrado a esa rutina que cuando está de vacaciones -tiene seis semanas libres al año- los domingos siente una rara melancolía, confiesa, por no estar en la redacción. Ni la pandemia ni el trabajo remoto modificaron el hábito de ir cada jornada laboral al edificio de la calle Tacuarí, en Buenos Aires, donde funciona el diario. Lo que sí cambió fue todo el resto.

Ella observa las transformaciones en el periodismo con el mismo entusiasmo con que captura notas en el ambiente empresario, que es su especialidad. La entrevistamos una mañana de sábado en su casa del barrio de Boedo y nos contó que en ese mismo cuarto estaba cenando la noche anterior con amigos cuando vio en su celular un mensaje acerca de la posible venta de una empresa argentina a un grupo mexicano. Pidió a su marido que la cubriera durante unos minutos y fue a la cocina a llamar por teléfono a cuanto contacto tuviera para confirmar si la noticia era real. Viernes a la noche, y en su día franco. Silvia cuenta que regresó a la reunión hasta que vio en el celular el mensaje de la mejor fuente posible: el dueño de la empresa, que le confirmaba la información. Así que se escabulló nuevamente, redactó la noticia para la versión online del diario y volvió otra vez a la mesa, para continuar con su velada. “Feliz -agrega-. El proceso de hacer una nota me pone feliz”.

Naishtat ha escrito tres libros en colaboración con otros periodistas -uno con Pablo Maas y dos con María Eugenia Estenssoro– y hace radio con Ernesto Tenembaum, pero Clarín es el centro de su actividad. Desde esa atalaya ha sido testigo del poder decreciente de los medios ahora llamados tradicionales. Hasta el gobierno de los Kirchner, en 2003, en el periodismo se acuñaban las amenazas, nunca consumada, que hacían temblar a los poderosos: “Ningún presidente resiste tres tapas de Clarín”.

Hasta el avance de los medios digitales, la reputación de las personas públicas dependía en buena parte de lo que se imprimiera en esos paquetes con precinto amontonados en los kioscos durante la madrugada que luego circularían por las calles y rutas, por los hogares, las oficinas, los cafés y los millones de ojos que leerían el diario papel, propio o prestado.

“Era un diario muy fuerte -admite Naishtat-. Recuerdo haber ido a cubrir algo de una empresa cualquiera y, que si estaba llegando tarde, me llamaran: ¿Venís? No podemos empezar la conferencia sin Clarín. Era habitual. Hoy, olvidate. Ni te llaman para avisar. Si les pregunto cómo se atreven a dejar a Clarín afuera se matan de risa. Hemos perdido mucho. Hoy los empresarios leen La Nación.

Antes estaban obligados a leer también Clarín. Hoy ya no sé. Si salen en La Nación sus pares le dicen: “Che, te vi”.

Reconoce el estilo de Clarín como el de un diario de batalla. “Tiene espacios de reflexión, por supuesto, pero el resto es título caliente”. Sin embargo, describe la personalidad de ese medio con una mirada casi candorosa, teniendo en cuenta los modos ásperos con que se mueve la empresa: “Yo creo que la historia de Clarín es la historia de una gran amistad”.

Lo explica: “Son tres contadores del interior. Héctor Magnetto, José Antonio Aranda y Lucio Rafael Pagliaro. Se conocen en la facultad, en La Plata. Cuando se reciben, cada uno toma su rumbo. Toman empleos diferentes. Magnetto es secretario privado del ex presidente Arturo Frondizi, como militante del desarrollismo. Cuando en 1969 muere Roberto Noble (había fundado Clarín en 1945 y terminó sus días militando para el partido desarrollista), lo convocan a Magnetto al diario”.

El que lo recluta es Rogelio Frigerio, la otra espada fuerte del desarrollismo, que ayuda a la viuda de Noble a sostener la empresa que había heredado de su marido.

“Magnetto llama a sus dos amigos -sigue Naishtat- y se distribuyen los roles. Es una amistad que perdura. Hasta donde nosotros sabemos en la redacción (que es muy poco, porque son herméticos), se reúnen todos los miércoles. ¿Qué pasa en esas reuniones? Nadie lo sabe. Están en otro piso, pero la sensación es que hay algo muy sólido. Nunca trascendió una pelea. Y fueron expandiéndose muchísimo.”

Además de accionista en muchas otras empresas, el Grupo Clarín es dueño del diario, Radio Mitre, Canal 13, la señal TN de noticias y la empresa de comunicaciones Telecom. Recientemente también compró Telefónica de Argentina.

“Clarín premia la permanencia: te dan una medalla a los 20, a los 25 y ahora también a los 50. Los tres socios tienen más de 50 años en la empresa. Los dos Ricardos, Kirchbaum y Roa, director y subdirector del diario, también están hace mucho y escriben dos columnas muy importantes y muy leídas, una el sábado y otra el domingo.”

No teníamos una imagen tan amigable de Clarín, tal vez porque lo asociamos a las fotos de los camiones hidrantes en la puerta cuando hay despidos masivos…
Ustedes están hablando de la razia del año 2000… Sí, me acuerdo. Yo ya estaba en el diario. No había vivido la razia anterior, cuando sacaron a todos los desarrollistas, en los años 80. Echaron a todos menos, por supuesto a Magnetto y a sus dos amigos. Hubo otra razia importante en los 90, cuando echan a Marcos Cytrynblum. Es decir, sacan al director y a todos los jefes de sección. Y después está ésa que ustedes dicen, en el 2000. Yo entré en el 89. Magnetto no se lo bancaba más a Cytrynblum. Había una disidencia muy importante por cómo manejaba el diario, una concepción distinta de la de hoy. No estaba bien visto que el dueño y los accionistas controlaran la Redacción. No había relación entre dueños y redacción, ni entre la redacción y la parte publicitaria. Estaba totalmente tabicado. Cuando lo echan a Cytrynblum, llega Roberto Guareschi como secretario general de Redacción. Justo ahí había entrado yo.

¿Te llevó Guareschi?
No, fue casualidad. Yo había estudiado Agronomía… A ver: nací en Córdoba. Mis padres eran abogados. Ya murieron. Mi madre era abogada de dos sindicalistas importantes, Agustín Tosco y René Salamanca. Mi padre hacía derecho civil y comercial. En el 75 se puso muy feo, les pusieron una bomba en nuestra casa. Estaba el general (Luciano Benjamín) Menéndez. Papá y mamá se tuvieron que ir. Se fueron a Francia. Yo ya me había casado. O sea, no estaba allí. Vivo en Buenos Aires desde 1977.

“Un amigo de la Facultad de Agronomía, Héctor Huergo, director del Clarín Rural, me recomendó a Julio Nudler, un gran periodista de Economía que estaba armando una redacción para La Razón de Jacobo Timerman. Año 1984.

Timerman había venido a hacer un diario en apoyo del entonces presidente Raúl Alfonsín. Le dan la plata y compra La Razón. Alfonsín no tenía mucho apoyo, porque Clarín estaba en contra. La Nación sí lo apoyaba, pero Clarín era el diario más popular.

“Yo había ganado una beca para el INTA (Instituto de Tecnología Agropecuaria), pero Nudler me convenció de que no fuera, de que me quedara en el diario. Me acababa de separar y tenía un hijo chiquito. Así que entré a La Razón.

“Fue divino. Fascinante. Timerman no quería los pequeños guetos que se suelen formar en las redacciones y nos sentó a todos juntos. Yo tenía al lado a Homero Alsina Thevenet, espectacular crítico de cine. No saben lo que era escucharlo. Él me ayudó muchísimo, porque yo no tenía ni idea de redacción. Nunca había hecho ni un taller de literatura. Sólo leía mucho, pero de ahí a escribir… Del otro lado lo tenía sentado a Ernesto Schoo.

“El plan de Timerman era que el tipo de Economía no escribiera: ‘Hoy el precio del girasol subió tanto’, sino que contara historias. Venía con la idea del periodismo norteamericano. Los de La Opinión decían que era tremendo (Timmerman fundó y dirigió el diario La Opinión entre 1971 y 1977), pero acá era una persona buena, venía muy golpeado. El aprendizaje que tuve en ese diario fue extraordinario. Timerman elegía un hecho y le daba una gran cobertura. Se le ocurrían columnas geniales sobre libros y obras de teatro.

“Pero a pesar de que la nuestra era una sociedad muy ávida de diarios, salir a la tarde, como La Razón, no daba. Entonces Timerman decidió que saliera a la mañana, y fue mortal, porque los grandes diarios nos boicotearon.

“Timerman hizo entonces un acuerdo con Canal 7, que entonces era ATC, y mandó al equipo de Economía ahí. En la época de Alfonsín, los radicales se repartieron el poder y al grupo más juvenil del partido, la Junta Coordinadora Nacional, le tocó ATC. Recién llegada la democracia, el canal estatal tenía en su plantel a muchos periodistas que habían sido complacientes con la dictadura y a mucha gente de los servicios. Se necesitaba una renovación. Empezaron por la parte de Economía y nos mandaron a Nudler, a Jorge Vasconcelos y a mí. Duramos uno o dos años. Después me fui a la revista Expreso.

“Conocía a Laura Muchnik, hija de Daniel, que dirigía la sección Economía de Clarín. Él me metió en el Rural de Clarín. Entré en 1989 como colaboradora y en el ‘90 lo echan a Daniel, con la razia donde se fue Cytrynblum. Su reemplazante, Guareschi, no había leído el Rural en su vida, y yo estaba condenada a quedar enterrada ahí. Pero un día me mandaron a Philip Morris para hacer una nota sobre el Fondo Especial del Tabaco. Lo vi a Juan Munro, que era el presidente. En esa época todo el mundo fumaba en los despachos, en todos lados, y yo vi que en el despacho de Munro no había cigarrillos, no había humo, no había un solo cenicero, no había nada. Entonces empecé a escribir la nota al estilo Timerman, diciendo eso: que el presidente de Philip Morris no fumaba.

“Al día siguiente los de Philip Morris llamaron al diario descolocados. Habían pensado que sería una nota bien seca: ‘El Fondo Especial del Tabaco pondrá tanta plata y la ayuda a los productores será tanta…’ El sábado a la mañana me llama Guareschi. ‘En Philip Morris hay despelote con la nota que vos publicaste. Me dicen que tenían una campaña pautada con el diario. Yo les acabo de decir que se metan la campaña en el culo. Y vos el lunes dejás el Rural y pasás a la sección Economía.’

“Ese Clarín no existe más. ¿Qué hubiera pasado en la época actual? La nota hubiera salido primero en la web. Al instante me hubieran llamado de Philip Morris y me hubieran dicho: ‘Por favor, disminuí eso, nos estás haciendo un daño tremendo’, o ‘acá hay malicia’. No sé, algo así hubiesen dicho. Y muy probablemente la habríamos corregido. Cambió la correlación de fuerzas. Absolutamente. Antes el poder estaba más de nuestro lado. Clarín no dependía de los avisos destacados porque vivía de los clasificados. Tenía tal cantidad de publicidad en los años ‘90 que tuvo que inventar una segunda sección, lo que después se llamó Zona. Los domingos vendía 1.200.000 ejemplares. No tenía dónde meter los avisos

“Hoy Clarín no se puede dar ese lujo. Puede enfrentarse, puede convencer y puede negociar, pero Clarín depende de los avisos de una manera que nosotros no imaginábamos en ese momento. Entonces hay una frontera más permeable.

Esto no quiere decir que vos no puedas escribir mal de una empresa, ni muchísimo menos. Pero te cuidás más, hay una cosa interior. La frase común es ‘Con esto tampoco me voy a ganar el Pulitzer’. Entonces puedo suavizar. Y se perdió la chispa. Al menos, en Economía.”

¿Cómo es la redacción hoy?
Es una redacción que tiene planteles reducidos. Cuando los diarios se hicieron digitales hubo una revolución tremenda en las redacciones, porque lo que prevalece es salir primero. No importa la calidad. Es tremendo, porque no hay tiempo para la reflexión. Prevalece el apuro por llegar. Son notas escritas con los pies, con lo urgente.

«Por ejemplo: alguien tiene el datito de que viene al país una marca china. Hay furor por esa marca china que vende ositos de peluche. Uno se da cuenta de que toda la nota tenía sólo ese datito y de que el resto estaba hecho con el chat GPT. Es una nota fría. Porque ¿cómo hubiéramos empezado la nota nosotros, los de la vieja guardia? Hubiéramos ido al local de esa empresa china para ver por qué hay tanto furor, qué estrategias aplicaron, por qué eligieron venir a la Argentina. Ahora no hay nada de eso. El Chat GPT se alimenta sólo con ese dato y te arma una nota.

“Uno trata de preservar la firma, pero muchas veces yo saco notas que van sin firma, porque no tengo tiempo para hacer una elaboración del tema. Tengo dos columnas fijas en Clarín, ‘El color del dinero’ y ‘Secretos empresarios’. Son una manera de buscar algo más allá de lo que pasa, algo distinto. Me refugié en las historias de empresarios porque, hay que decirlo, Clarín es un diario muy machista. No porque las mujeres no tengamos lugar, pero son los tipos los que hacen las grandes columnas. Por lo general los que salen en el friso de la tapa son todos hombres.

¿Cómo hacés tu trabajo en el día a día?
Les cuento algo de la última semana: habló el economista Ricardo Arriazu en la convención de los constructores. Era un tema fuerte para ir a cubrir, porque es el economista más escuchado, etcétera, etcétera. Estábamos todos: Clarín, Nación, Infobae… Los pibes jóvenes son tremendos. Escriben a toda velocidad, en un segundo, porque la inteligencia artificial les hace la desgrabación, por supuesto, y trabajan sobre eso. Lo mandan y te ganan. Yo hice lo mismo con lo que dijo Arriazu. Mandé la nota rápido. Pero después la mejoré un poquito. Le agregué lo que había hablado con otra gente, qué les había parecido lo que habían escuchado, y mandé un primer despacho. Y a la tarde le agregué más cosas todavía. La nota que finalmente sale en el papel tiene una distancia respecto de la de la web, que es lo que el tipo dijo y dos datitos más.

¿Y te parece que todavía hay un lector interesado en esa segunda versión?
No. Están menos de medio segundo leyendo el diario. Son puros títulos fuertes y destacados, porque la gente lee eso y, a lo mejor, un poquito más.

¿Qué se ganó y qué se perdió?
Bueno: primero, me parece que la noticia está democratizada. ¿Cuánto dura la primicia? Es muy raro que vos te guardes una nota para el papel del día siguiente. Una vez que la subiste en la web nadie se entera si la tuvo antes Clarín o Nación. Me parece que el valor está en verificar y en agregar. Ahora: si el lector lo valora, honestamente no lo sé. Tiendo a pensar que no. Al menos, el público masivo.

“Hay un público más sofisticado. Y después está el círculo rojo. Uno se pregunta ¿por qué Clarín mantiene el papel si vende 10.000 ejemplares? Y, porque los diarios importantes del mundo tienen su edición en papel. Y vendiendo esa mínima cantidad, la edición es rentable, porque el ahorro en papel es muy grande y el ahorro en el staff es enorme, porque hacemos todo. Yo trabajo para el papel, pero también para la web. Han disminuido mucho los errores en las notas, porque salen primero en la web. Todo el mundo tiene alertas, por lo menos en el ámbito donde yo trabajo. Se enteran de que salió la nota y te llaman inmediatamente: «Che, te equivocaste acá…»

“Pero el acceso a los empresarios disminuyó. Antes vos llamabas por teléfono. Era clave conocer los nombres de las secretarias. Miriam era la secretaria de Pascual Mastellone, el de La Serenísima. Subía la leche, no les pagaban a los tamberos y llamabas a Miriam: ‘¿Puedo hablar con don Pascual por esta noticia?’ ‘Bueno, bueno, quédese tranquila, voy a tratar de comunicarla’. Y te comunicaba con Pascual. Hoy tenés acceso al jefe de relaciones públicas, que está ahí para contarte… la nada misma.

El presidente de la Nación habla de los periodistas ensobrados. ¿Cómo lo ves?
Tal vez en los ‘90 hubo algo de sobres a periodistas. Después todo eso se reconfiguró en lo que es una industria, que son los programitas de las radios. La empresa les paga para tener, de alguna manera, una relación con los que los hacen, para que no los ataquen o para que lo piensen dos veces si los van a atacar, para que tengan cuidado. No les dan sobres, sino que se conectan con una agencia que supuestamente contrata al periodista y es la que vende los avisos en un programa de radio. Esas agencias se quedan con el 50 por ciento de lo que la empresa le da al periodista, sabiendo que su papel es importante porque tienen que marcar la distancia con el periodista en el intermedio.

“Yo creo que no se los puede calificar de ensobrados, pero el periodista que sabe que tal empresa lo está bancando en su programa se cuida. ¿Y esto por qué es así? Porque cuando yo entré en Clarín en los ‘90, nosotros firmamos un convenio de exclusividad con el diario. El diario te exigía: “Vos lo único que haces es Clarín”. No a todos. Guareschi estableció que 200 personas de las mil que éramos en la redacción tuviéramos contrato de exclusividad con el diario. Después todo eso estalló por los aires porque el diario no podía ajustar los sueldos, no podía decir ‘yo te pago las cuentas’. Hoy gano el diez por ciento de lo que ganaba en los años 90.

“Yo me sentía mal con ese tema de los auspicios a los programas de radio y una vez, charlando con nuestra colega Mónica Gutiérrez, me dice: ‘Mira, Silvia, si te apoyan muchas empresas, entonces es como Clarín con los clasificados. No tenés que censurarte.’ El tema es tener muchas empresitas que apoyen el programa, y no salir una misma a vender el aviso publicitario, porque ahí te involucrás en una tarea horrible. Todos tienen su programita de radio o de televisión. Puede que les den un trato, digamos, edulcorado a los que los auspician. Pero yo confío en los periodistas. La mayoría no son ensobrados.”

Silvia Naishtat en un evento sobre el desafío de innovar en un contexto de crisis, organizado por Infobae
Foto: Máximiliano Luna
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