“¡No, no, ésa es una famosa periodista italiana!”, escuchó Oriana Fallaci la voz de un reportero alemán. Él intentaba protegerla de los paramilitares que habían irrumpido en la terraza desde la que observaba una manifestación de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, en la ciudad de México.

Oriana Fallaci en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco (Ciudad de México) momentos antes de que iniciara el mitin estudiantil del 2 de octubre de 1968
Fotografía: Jesús Díaz Contreras

Era octubre de 1968 y en pocos días más empezarían los Juegos Olímpicos, los primeros en América latina. La advertencia del colega alemán no funcionó: le dispararon tres tiros, la arrastraron por las escaleras, le robaron todo lo que tenía y la dejaron tirada en la calle, dándola por muerta. Sobrevivió de milagro y sólo le quedó una leve cojera desde esos 39 años hasta los 77, cuando murió de cáncer.

Fue la única vez que Oriana Fallaci, que era realmente una famosa periodista italiana, fue herida de gravedad, a pesar de que toda su vida estuvo entre guerras. Así lo contaba en la crónica: “En mi vida vi muchas cosas feas. Muchas. Nací en una tiranía, crecí en una guerra y durante gran parte de mi existencia fui corresponsal de guerra. Durante años (en Vietnam fueron ocho) viví en el frente. Seguí batallas, sufrí tiroteos y cañonazos y bombardeos, di testimonio de la crueldad y la imbecilidad humana. Sin embargo, en tiempos de paz nunca vi un exterminio tan infame, tan cínico, tan bien organizado como el de la plaza Tlatelolco. Nunca”.

Es su estilo rotundo, sin duda, pero es una de las pocas crónicas que no se refiere a la cobertura de una guerra incluida en “La vida es una batalla de cada día”, un libro que compendia algunos de sus artículos (Editorial El Ateneo, 2018).

La periodista Oriana Fallaci y el estudiante del Conservatorio de Música Manuel Gómez, el 2 de octubre de 1968, en el edificio Chihuahua, Tlatelolco
Fotografía: Jesús Díaz Contreras

Nacida en Florencia en 1929, a los 14 años Oriana colaboraba con su padre en la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. “En aquellos años -escribe- aprendí a odiar las guerras, las bombas, los fusiles, todo lo que disparara. Aprendí a comprender su condición absurda, su estupidez, su locura.” Sin embargo, nunca dejó de perseguirlas: Hungría (1956), los conflictos raciales de Detroit (1967), Vietnam (entre 1967 y 1975), Palestina (1970), Bengala (1971), los movimientos políticos de Grecia (entre 1973 y 1976), Líbano (1982), Kuwait (1991). No sólo estaba en el territorio donde se jugaba la vida, sino que entrevistaba a los dirigentes involucrados en los conflictos, siempre en oficinas con escritorios.

Fallaci había empezado su carrera periodística escribiendo sobre moda, cultura y Hollywood en los años ´50 para el semanario L´Europeo. Cuando ese medio decidió enviarla a una guerra la convirtió en la primera mujer corresponsal de Italia y trazó el camino que seguiría el resto de su vida.

Fallaci no sólo porque a partir de entonces cubriría guerras, sino que las contaría así: “Mucho depende de la cantidad de sangre derramada, de la mierda salpicada: si la primera supera a la segunda, se cantan himnos y se levantan monumentos; si la segunda supera a la primera se habla de escándalo y se celebran ritos propiciatorios. Pero establecer la proporción es imposible, porque con el tiempo la sangre y la mierda toman el mismo color”.

“¡La guerra no es necesaria! -escribía en los años 80- No es siquiera una maldición inevitable. Les digo yo lo que es la guerra: la actividad más idiota, más ilógica, más grotesca del ser humano; el crimen legitimado más abyecto, más inaceptable, que pueda ser cometido por los bastardos que nos mandan; el último recurso de los imbéciles que no saben resolver las cosas con el cerebro porque no tienen cerebro. Y por eso hacen guerra. No, no la hacen. Mandan a los otros a que la hagan. Como le dije al general Galtieri durante la Guerra de las Malvinas, los que deciden las guerras nunca las hacen. No las ven ni con el catalejo. Mandan a los demás”.

Fallaci entrevistó al presidente militar argentino Leopoldo Fortunato Galtieri en 1982, justo antes de la derrota en la guerra contra Inglaterra, para la revista española Cambio 16, que ya no se publica. Primera pregunta, como para romper el hielo: “¿No le sucede nunca preguntarse si valía la pena, decirse: a lo mejor hemos cometido un error? En una palabra, ¿usted no se arrepiente jamás?”.

No, Galtieri no se arrepentía y todos los argentinos lo lamentarían poco después.

En busca de tranquilidad y para hacerse tratar por el cáncer que se le había detectado, Oriana se fue a vivir a los Estados Unidos. “Estaba en mi casa -escribe en “La rabia y el orgullo” (Editorial El Ateneo, 2001)-. Mi casa se halla en el centro de Manhattan, y alrededor de las nueve advertí la sensación de un peligro que quizás no me había alcanzado pero que me concernía. La sensación que tienes en la guerra, o mejor en combate, cuando percibes a flor de piel la bala o el cohete que silba. Entonces estiras las orejas y gritas a quien está cerca de tí: ‘Down, get down. Al suelo, échate al suelo’. La rechacé. No estaba en Vietnam, me dije, no estaba en una de las tantas y malditas guerras que desde mi niñez han atormentado mi vida. Estaba en Nueva York, por Dios, en una maravillosa mañana de septiembre: 11 de septiembre de 2001.”

Los atentados a las Torres Gemelas hicieron que interrumpiera su tratamiento médico para volver a escribir. “Como hacía en la guerra, en Vietnam, por ejemplo -contó al saber que el cáncer ya no tenía remedio- cuando decidía seguir a las tropas en combate y sabía que podía morirme, pero en una suerte de apuesta apuntaba a no morir. Me decía: lo-logré-la-última-vez-y-lo- haré-de-nuevo. Bueno, perdí la apuesta”.

Colonia, 1987 Fotografía: GianAngelo Pistoia con licencia Creative Commons Attribution 3.0
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