Fotografía: Margarita Kabakova

Una de las periodistas que mejor escriben se llama Svetlana Alexievich.

Es la autora de, como mínimo, dos libros extraordinarios: “Voces de Chernóbil” (1997) y “El fin del Homo sovieticus” (2013)

Escribe tan bien que en 2015 se ganó con toda justicia el Nobel de Literatura. Los del jurado dijeron que se lo habían dado “porque su obra es un monumento al valor y al sufrimiento de nuestro tiempo”.

Svetlana nació en Ucrania en 1948, pero es bielorrusa. Se crió en Minsk, la capital de ese país que hasta 1991 era conocido como Rusia Blanca y que cambió de nombre con la independencia, después de la bancarrota de la Unión Soviética, en 1991. Aunque es algo exagerado decir que cambió de nombre, porque “biel” significa “blanco” y “rus”, “ruso”.

Bielorrusia es un país muy joven pese a los siglos de historia que arrastra desde que era parte más o menos indistinta de la convulsionada Eurasia. Bielorrusia (o Belarús) es tan joven que desde que se constituyó como república democrática tuvo un solo y único presidente, Aleksandr Lukashenko, del que ni siquiera se puede decir que sea ancianísimo, ya que nació en 1954, y menos todavía, lamentablemente, se puede decir que sea democrático.

Una de las cosas que más fastidian a Lukashenko es que lo llamen por su apodo, Cucaracha Gigante, o simplemente Cucaracha. Le dicen así por un cuento infantil ruso que se titula “Tarakanishche” o simplemente “Taraka”, que significa, por supuesto, “cucaracha”. Es la historia de una cucaracha nauseabunda que asume el poder sobre la humanidad y sobre el resto de los seres vivos mediante amenazas e intimidaciones y que finalmente es capturada y devuelta a su condición de insecto por un pajarito muy humilde: un gorrión.

Los siete triunfos de Lukashenko en las urnas fueron cada vez más holgados y más sospechosos. El primero fue en 1994 y el último en 2025, en ciclos de cuatro años, excepto el inicial, que tuvo prórroga (1994-2001). El secreto de su éxito es que, cada vez más, se ha convertido en un “le pertenezco, patrón” del premier ruso, Vladimir Putin. Permitió el uso de su territorio para la invasión a Ucrania y el despliegue de armas nucleares, y ha dicho que no titubearía en usarlas llegado el caso.

En 2005, cuando comenzaban a arreciar las protestas, dijo que a los opositores les retorcería el cuello “como a un pato”. En 2020, las Naciones Unidas registraron 450 casos documentados de torturas durante las protestas por el fraude electoral. Los expertos también recibieron informes de violencia contra mujeres y niños, incluidos abusos sexuales. Lukashenko negó todo: dijo que los detenidos agrandaban ellos mismos sus heridas y que las chicas se pintaban las nalgas de azul para que parecieran moretones.

Cualquiera que lea cualquier página de un libro de Aleksiévich se da cuenta enseguida de que es una mujer que no podría coincidir en nada ni con la forma ni con el fondo de las acciones y opiniones de su presidente. Además de notarse, ella hizo constar expresamente su oposición al régimen desde siempre. Claro: cuando le dieron el Nobel el gobierno bielorruso no tuvo más remedio que esbozar una felicitación entre dientes, pero el disimulo se acabó cuando ella se convirtió en el miembro más notable del Consejo de Coordinación opositor durante las protestas contra Lukashenko. Desde allí pidió al mundo que presionara al mandatario para que iniciara “un diálogo nacional con su pueblo”.

En las elecciones presidenciales de 2020, Aleksiévich apoyó públicamente a la candidata opositora, Svetlana Tijanóvskaya, que por supuesto fue aplastada por la máquina electoral oficialista. El 12 de agosto de ese año, dijo que las mujeres “son la vanguardia de la sociedad” e hizo una dramática apelación al temible Lukashenko:  “¡Vete antes de que sea tarde, antes de que hundas al pueblo en un terrible abismo, el abismo de la guerra civil! ¡Vete!”.

Previsible pero insensato, el dictador no le hizo caso. Todo lo contrario: el régimen citó a declarar a Svetlana porque había llamado dictador al líder. Ella fue, y a la salida del juzgado dijo que no había hecho nada ilegal y que por esa razón se había negado a firmar una autoincriminación. Además, le dijo al diario italiano La Repubblica: “Lukashenko le ha declarado la guerra a su propio pueblo. La forma en que los camisas negras, como la gente llama a la policía antidisturbios, tratan a los manifestantes es brutal e inhumana”.

Aleksiévich abandonó Bielorrusia en septiembre de 2020 con ayuda de diplomáticos extranjeros y desde entonces vive en Berlín.

Fotografía: Margarita Kabakova

¿Te gustó este contenido? Compártelo en tus redes sociales:
Publicaciones recomendadas

Deja un comentario