Hace ya mucho tiempo que el periodismo de espectáculos dejó de ser inteligente, serio, crítico o pretencioso. Ahora es muchísimo más entretenido. Consta de escándalos, gritos, insultos tremebundos, traiciones, amores y chismes de famosos de todo tipo. ¡Y la gente no solo se divierte a lo loco sino que también reconoce, identifica y premia a los aspirantes a estrellas y estrellitas bajo la ruidosa carpa del circo!
Louella Parsons. Foto: Lowell Sun, 3/12/ 1941 Dominio público
La especialidad se afianzó en la Argentina en la segunda mitad del siglo XX, algo después que en los Estados Unidos. Hay que nombrar a aquellos héroes, los pioneros que hicieron una industria del arte de encontrar la paja en el ojo ajeno.
La Tía Valentina (Valentina Gestro de Pozzo, (1914-2011), Lucho Avilés (1938-2019), Susana Fontana (1937-2010) y, pónganse de pie, el gran Luis Pedro Toni (1934-2025) Ellos abrieron la senda que transitarían después los herederos: Jorge Rial, Luis Ventura, Viviana Canosa, Marcelo Polino…
Pero de aquí a la eternidad la reina, la madre mundial de todos los chismes, es y seguirá siendo la estadounidense Louella Parsons (1881-1972; ¿notaron que la chismología suele llevar a sus cultores hasta más allá de las nueve décadas?)
Louella había comenzado como reportera en el Chicago Tribune cuando casi nadie escribía sobre el mundillo del cine. El magnate William Randolph Hearst –a quien Orson Welles caricaturizó en “El ciudadano”- compró el diario a comienzos de la década del ’20. Como no le gustaba el cine, la echó. “¡¡Afuera!!” Después se enamoró de Marion Davies, una actriz mala, pero rubia y mucho más joven que él. Y le empezó a tomar el gustito. Al cine, y sobre todo a la Davies.
Tenaz, Louella siguió a Hearst a Manhattan y consiguió trabajo en otro diario de Hearst, el New York Morning Telegraph. Al enterarse del romance de su patrón, elogió desde allí sistemáticamente cada película en la que actuaba Marion. De paso, mechaba comentarios admirativos sobre Hearst. Buscaba que el magnate los leyera, y lo logró. En noviembre de 1924, él la invitó a su yate y la sentó a su lado en el banquete de cumpleaños del director Thomas Ince, el inventor del western. Esa fiesta terminó después de medianoche, y terminó en tragedia. Otro invitado célebre Charles Chaplin, había estado coqueteando con Marion. Celoso, Hearst le quiso pegar un tiro en la cabeza justo cuando Ince jugaba con el sombrerito bombín de Chaplin, de modo que se equivocó y al que mató fue a Ince. Escondida, Louella lo había espiado todo. Cambió su silencio por un jugoso contrato de por vida, según se ve en la película de Peter Bogdanovich “El maullido del gato” (2001). Bogdanovich investigó a fondo el trágico episodio y hasta el día de hoy nadie lo ha desmentido.
Louella Parsons fue fiel a Hearst. Gracias a sus artículos, consiguió que prohibieran “El ciudadano” en 17 estados norteamericanos cuando se estrenó la película, en 1942. Fue columnista estrella en la cadena de más de 400 diarios que tenía Hearst, y desde su puesto de combate influyó sobre la vida y el destino de las estrellas de Hollywood durante por lo menos 30 años.
Su estilo eran los chismes venenosos que dejaba caer como al descuido. No era directa para revelar escándalos: los insinuaba con malicia. Aparecían entre líneas en las noticias de los próximos estrenos, pero eso era a menudo suficiente para promocionar o destruir carreras. A veces no daba ni siquiera el nombre de los amantes clandestinos, pero sembraba pistas suficientes para que nadie se equivocara. Su poder era inmenso. Sus víctimas la odiaban. Cuando murió, arteriosclerótica, en 1972, la actriz Joan Crawford fue al entierro “sólo para asegurarme de que no se levante del cajón”.
Hedda Hopper y Louella Parsons en 1948. Archivo International News Photos Esta imagen se reproduce bajo la doctrina de Uso Legítimo (Fair Use) con fines estrictamente educativos, históricos e informativos, sin ningún tipo de explotación comercial.
Louella fue la jueza suprema hasta 1938, cuando le apareció una competidora. Se llamaba Hedda Hopper. En su vejez, Hedda describió así a su rival periodística: “Con el imperio de Randolph Hearst a sus espaldas, Louella ejercía el poder de una Catalina de Rusia. Hollywood leía cada una de las palabras que escribía como si se tratara de una revelación divina desde el monte Sinaí. Las estrellas, los directores y los productores estaban aterrorizados cada vez que abrían el periódico. Todos temían el infierno de su conocido ‘tratamiento silencioso’ o, peor aún, sus desmanes y sus críticas. Con una sola línea interrumpía producciones, obligaba a casarse a amantes ocasionales que querían salvaguardar sus carreras cinematográficas o a divorciarse a matrimonios bien avenidos. Una sola crítica negativa y una debutante de talento se veía obligada a hacer la maleta y volver a su pueblito del Medio Oeste; una crítica positiva, y las alfombras rojas comenzaban a bailar bajo los pies con la rapidez de la luz».
He aquí un ejemplo de la prosa de Louella Parsons: “Ayer un diario dijo que la actriz Lillian Gish se iba de viaje a Francia para actuar en un gran film sobre Juana de Arco, que dirigiría David W. Griffith. Otro diario publicó que se iba a Londres para una producción especial, pero hay un tercer rumor sobre los planes de la joven que hemos jurado no revelar. Esta aventura es la razón verdadera de su partida, y la publicaremos muy pronto…”
Sophia Loren (sentada a la izquierda), Hedda Hopper (de pie con el sombrero blanco y levantando los dedos), Louella Parsons (sentada en el centro), la princesa Conchita Pignatelli (de pie a la derecha).
Foto: Ralph Crane / The LIFE Picture Collection vía Getty Images (1957) Esta imagen se reproduce bajo la doctrina de Uso Legítimo (Fair Use) con fines estrictamente educativos, históricos e informativos, sin ningún tipo de explotación comercial.





